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Cuentacuentos 45 (doble)

Quiero que mi vida sea de esas que se inmortalizan en un libro.

Lo soltó y se quedó tan ancha. Marcos la observó con una mezcla de incredulidad y hastío.

– De hecho, voy a buscar a alguien para que escriba mis memorias.

Marcos suspiró, ¿unas memorias? tuvo ganas de gritarle en su perfecta cara de perfecto y blanco cutis.
Se mordió la lengua para no escupirle lo que realmente pensaba, que sus memorias se podrían resumir en un panfleto como los que se reparten en la calle, que dos cuartillas sobrarían para contar su vida, que no era nadie realmente importante, que tenía 19 años y era modelo, y nada más, que en 19 años lo más interesante que había hecho era caminar a lo largo de una pasarela luciendo unos trapitos que costaban más de lo que valían. Pero no lo hizo.

Se levantó y sin dirigirle ni una mirada salió de la habitación.

No dijo nada porque no merecía la pena.

En su hermana la belleza era su mayor bendición, pero también su maldición, seguramente mientras el salía del salón ella ya habría olvidado que la había dejado con la palabra en la boca.

Su madre la había educado en la idea de que si eras tan hermosa como ella lo era, no hacía falta nada más, y ella había sabido adaptarse a la comodidad de aquella filosofía de vida.

Marcos no era de los que pensaba que las chicas guapas eran todas tontas, conocía a muchas mujeres realmente hermosas que además eran extremadamente inteligentes, sin embargo Lorena lo era, tonta y vacía.

Hacía años que no podía conversar con ella porque para ella no existía nada fuera de su mundo, un mundo de peluqueros, estilistas, maquilladores, y por encima de todos ellos, diseñadores.

Los diseñadores adoraban a Lorena, porque era la perfecta maniquí, tan perfecta que no le sorprendería que acabara convertida en uno un día cualquiera. No daba problemas y se limitaba a lucir las colecciones, no preguntaba, no opinaba y siempre sonreía.

La perfecta mujer objeto, el adorno que todo amante de la belleza querría en su colección.

Subió las escaleras de dos en dos, abrió una puerta despacito y contempló a la mujer que dormía entre las sábanas de una enorme cama, sonrió, allí sí que había una mujer hermosa, por dentro y por fuera, una mujer que había valido la pena conocer, una mujer que había sabido vivir y amar, una mujer cuya vida podría llenar muchos libros.

Viéndola dormir plácidamente, Marcos notó como el enfado se diluía.

Cerró la puerta con suavidad y se dirigió a su cuarto, de las tres mujeres que vivían en aquella casa solo aquella merecía realmente la pena, su abuela.

(Me faltan un par de frases, pero no me encajaban en esta historia, así que las dejo para otra ocasión)

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Cuentacuentos 44: Todo el mundo va…

Todo el mundo va a su bola, menos yo que voy a la mía, será por eso que escribo casi siempre el último día… y será por eso que justamente esta semana no sé qué escribir…

No desesperes, yo estoy aquí a tu lado, para que me busques en momentos como este. No es que no sepas, es que impresiona eso de llevar un año cuentacuenteando.

Y a pesar de todo sigues sin creerme, ¿verdad?, no es eso, es que no se me ocurre nada, la frase me gusta, pero mis neuronas se niegan a hilar palabras.

Que equivocada estás niña, las palabras están ahí, en tu cabecita morena, esperando a que te sientes y las hagas salir.

Siempre soñé con convertirme en fotógrafa, o diseñadora, o escritora, o arquitecta, lo mío es crear, mi hermano, en cambio imaginaba que era un pirata cuando jugaba con su espada de madera. Pero hoy estoy seca, de verdad que no puedo.

Una vez más huía de su pasado la niña, y su inspiración no sabía qué más decirle, después de años sin coger un lápiz, hacía 365 días que había empezado su periplo en aquella iniciativa, y ahora volvía a sentir ese miedo.

¿Recuerdas cuando mirábamos las estrellas? Las dos juntas, que para eso somos la misma, alguna vez empezamos a contarlas, alguna vez imaginamos que mil y una historias podrían nacer de nuestros dedos inspiradas por ellas.

Sí, lo recuerdo, ¿recuerdas tú la primera vez que vimos amanecer? Hacía frío aquella mañana, y sin embargo el calor del sol naciente compensaba el esfuerzo de madrugar.

Era de noche y sin embargo llovía ya la luz por detrás de la montaña, en realidad sería lo contrario a llover, puesto que la luz se deslizaba hacia arriba.

¿Ves? Ya vuelves a hilar palabras con cierto sentido y belleza.

Pues sí, a ver si me sale algo «Tras la repentina muerte de Ángela ya nada volvió a ser lo mismo aunque todo era aparentemente igual».

Buff, a veces eres un poco cursi ¿eh? como Aura.

¿Quien es Aura?

Aura es una mujer que escribe novelitas de esas mal llamadas románticas. Los argumentos suelen ser algo así como «La niña se perdía dulcemente en su vida hasta que el fogoso leñador llegó a sacarla de su insulso cuento de hadas. Al principio ella cree odiarle, pero finalmente, la pasión la hace caer en sus brazos».

A veces eres algo malvada. Pero no nos vayamos por las ramas, esta noche, a las doce en punto acaba mi primer cumpleaños como cuentacuentos, y no tengo nada.

Venga, pues pongámonos, ¿qué soñaste esta noche? quizá eso nos sirva para empezar.

Las cálidas alas de un ángel acariciaban mi rostro esta mañana, pero al final no eran alas, era e. gato que me hacía cosquillas, y claro, al despertarme así no pude pensar en lo que había soñado.

A ver, y si miramos en internet… mira, mira, en un Ikea en Noruega dejan dormir a gente por las noches.

Sobre centros comerciales de noche ya escribimos una vez, ¿no te acuerdas? creo que la frase era algo así «El centro comercial había quedado en penumbra».

Es verdad, pues nada, no podemos repetirnos, ya sabes «Las palabras vuelan, lo escrito permanece» no me acuerdo como es en latín, pero eso, que si luego alguien se da cuenta de que nos autoplagiamos, vaya corte.

Buff, esto va mal, va muy mal.

Venga, cierra los ojos por un momento y respira, piensa en cosas que te gusten.

El sonido de los árboles me tranquiliza, quizá si abro las ventanas y dejo que el sonido del jardín entre…

Sí, aprovechemos, el sábado comenzará las obras el vecino, así que abrir la ventana será un infierno de ruidos y martillazos.

Pobre, ¿sabes que le robaron el otro día en la tienda? Colocaba la trastienda cuando comenzaron a sonar las sirenas, y aunque salió a toda prisa ya tenía el escaparate reventado y faltaba bastante ropa. Me lo contó ayer, pobre, le escuché en silencio porque escupir aquella historia parecía costarle demasiado.

Ahá. Veamos ¿hemos escrito sobre vampiros?

Sí, ¿no te acuerdas de la trilogía que empezaba por «Matar formaba parte de la naturaleza de Laura»?

Es verdad, y la acabamos con aquella que al principio nos pareció difícil «La mirada que le devolvió el espejo no era la suya», creo que no usamos en ninguno de los tres cuentos la palabra vampiro, jejejeje.

No, al principio no fue consciente, pero luego me hizo gracia. Ais… cuantas frases hemos usado ya… y dentro de nada Cuentacuentos llegará a la frase 100…

Oye, yo sigo preguntándome quién será el Señor de las Historias.

Yo también pero creo que la magia reside en no saberlo.

¿Y si escribimos algo triste?

Ya hemos escrito varias aunque algunas más que otras, «A veces mi alegría se convierte en desgracia» fue una, ¿recuerdas que no sabíamos como acabarla?

Sí, y se te ocurrió ponerle una nota de humor después de tanta tragedia.

También intentamos con la magia, aunque no salió demasiado bien, ¿como empezaba?

«Al cerrar los ojos despertó la magia que llevaba en su interior» o algo así, mejor no acordarse.

¿Ves como a veces no soy capaz? aunque siempre que estoy atascada recuerdo tu sonrisa de niña esculpiendo la mía desde dentro, obligándome a reírme de mí misma.

La inspiración se acuerda de esos momentos, cuando confusa, se despierta entre sueños y la ve perdida, con los dedos en el teclado, sin saber como seguir, y entonces le da el empujoncito necesario. A veces le tiemblan las manos cuando tiene que elegir entre un tema u otro, pero la inspiración sabe que puede hacerlo.

Venga, no te agobies, también podemos dejar la frase y hacer una historia con dos la semana que viene.

No, eso lo hago cuando no me queda más remedio por falta de tiempo. Todavía recuerdo la primera historia que hicimos así, empezaba por «A las ocho menos cinco se apagaron las luces» y acababa con «Brotaba pintura de entre sus dedos».

Me gusta esa historia, nos quedó redonda, ¿eh?

Desde luego eres modesta hasta decir basta.

Mira quién habla…

A ver más noticias: «Un hombre logra evitar el robo de su chalet.El silencio de la noche fue su aliado al alertarle las pisadas del intruso en la grava del jardín.»

Esta no me gusta, a ver, cosas del corazón: «Le conocí a través del messenger, y apenas dos días después de mi cumpleaños, él me dejó el regalo más romántico en mi e-mail…»

Buff, no leas tonterías, anda, eso no me va a ayudar. A ver qué echan en la tele, me rindo por un rato, luego lo intento. Mira, un documental sobre Jack el Destripador, ¿qué dicen? «La última imagen que quedó plasmada en su retina fue la de su asesino, sólo las víctimas en sus últimos momentos supieron quién era el despiadado Jack». ¿Y en este otro? Anda, mira, hablan de dibujantes, fíjate en ese dibujo, los hombros del ángel se estremecen mientras llora, ¿no te parece raro que los ángeles lloren?

Apaga eso, ponte a escribir ¿o quieres que pase como con el homenaje a la letra?, lo dejaste, lo dejaste y al final no escribiste nada.

No me riñas, tú tampoco lograste sacar nada de aquello.

Una enorme sonrisa asomó a sus labios, la había pillado y lo sabía, su inspiración era muy orgullosa, y aquel traspiés en su trayectoria no le gustaba.

Venga, recordar cosas alegres para poder escribir. ¿Te acuerdas de los regalos que me mandaba papá desde Suiza? Yo sí, recuerdo uno en especial, era mi cumple y al llegar del cole había un paquete para mí. Había soñado con ello mil veces y allí estaba, entre mis manos temblorosas la primera caja de Lego que tuve, llena de piezas de colores, arbolitos, muñequitos…

Érase una vez una niña feliz con su caja de Lego.

Mira que eres tonta, ¿todavía estás enfadada por lo de antes?

No hay mayor desprecio, que no hacer aprecio.

No seas rencorosa, anda. Venga, sonríe. Como cuando salió nuestra frase aquella semana «Nunca he sabido hacer el equipaje», al principio tenía pensado algo triste, pero llegaste tú a echarme una mano y al final nos salió algo bastante personal.

Sí, ahora pelotea.

Pero si sabes que te adoro, como todo lo importante, ocurres de repente, llegas cuando te necesito, y no solo para los cuentos, ya lo sabes.

A ver, que siempre tengo que ayudarte. Mira alrededor y dime lo que ves.

A ver, por ejemplo el título de aquel libro llamó poderosamente mi atención en la librería y por eso lo compré.

¿Qué más? Inténtalo, ¿o al final me vas a decir que la fábrica de sueños cerró por vacaciones?

Aquella flor me la regaló el chico aquel tan tímido, el que una noche me dijo «Hola, ¿Bailas conmigo?», estaba tan nervioso mientras bailábamos que ni siquiera tuvo tiempo de despedirse cuando se dio cuenta de que iba a llegar tarde a casa.

Te conozco demasiado bien, algo ya estás tramando para la historia, ¿a que sí?

Para esta no, porque la frase no le pega, pero tengo ganas de escribir alguna erótica, la última vez que lo intenté fue con la historia al revés, y al final no quedó tan bien como me habría gustado.

¿Y ciencia ficción? Nunca lo hemos probado, o fantasía «Luke, yo soy tu padre…» uf, no me sale…

Jejeje, mira que eres payasa.

Por la puerta aparece una bolita de pelo atigrada, el gatito correteó juguetón entre sus piernas, para volver a salir disparado por el pasillo, quizá hacia el lavadero, que parecía la habitación del deseo del animal, llena de cuerditas, redecillas, pinzas… y mil y un objetos susceptibles de convertirse en su juguete. A veces, nada más despertar, se gira y lo descubre a su lado mirándole con sus preciosos ojos verdes.

¡Creo que ya sé qué escribir!

¡Muy bien, pues adelante!

Pues eso, que hoy es mi Cumpleaños en Cuentacuentos, y no se me ocurrió mejor forma de festejarlo que hacer una historia que incluyese todas las frases que sirvieron de inspiración a lo largo de estas 52 semanas.

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Cuentacuentos 43: Nada más despertar…

Nada más despertar, se gira y lo descubre a su lado.
Sonríe.

Un rayo de sol ilumina la ventana, y la luz dibuja cuadraditos luminosos en las sábanas blancas y en su cara.
El sol de la mañana hace que la habitación blanca reluzca desdibujando cualquier sombra que pudiese estar oculta en un rincón.
La única nota de color son unas rosas amarillas.

Sus dedos aparecen por debajo del edredón y acarician los contornos de lo que ve a su lado.
Con cariño.

Apenas se mueve, concentrada en lo que está viendo, sus dedos trazan líneas, con cuidado, como si tuviese miedo de que un movimiento brusco pudiese romper en mil pedazos el momento que está viviendo.
Vuelve a sonreír.

Sus labios se mueven, aunque a penas se escucha más que un murmullo.
Parece una canción.
Una nana.

Fuera, en el alféizar de la ventana se posa un jilguero.
Mira curioso hacia el interior de la habitación, y empieza con su concierto matutino, llenando la habitación con sus trinos.

Sonríe por tercera vez, pero sigue sin moverse, y en sus ojos parece faltar algo.

Desde fuera de la habitación, a través del cristal de la puerta, dos hombres la contemplan.
Uno, con barba descuidada, y mirada triste, el otro, con bata blanca y un expediente en la mano.

– Parece tan feliz, Juan.
– Ya, pero su felicidad es producto de su fantasía.
– ¿Sigue con sus delirios?
– Cada mañana lo mismo, despierta «viendo» a vuestro hijo a su lado, le acaricia, le canta…
– La echo tanto de menos…¿Se curará algún día?
– Ojalá pudiese decirte que sí, Luís, de veras, pero no lo sé, el shock de verlo morir fue demasiado fuerte.

Baja la cabeza, derrotado. El doctor le pasa el brazo por los hombros y le abraza.

– Tienes que ser fuerte, hermano.

Se alejan por el pasillo.

– Ese pájaro…
– Cada mañana desde que la trajiste aquel día, viene a cantar a su ventana.

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Cuentacuentos 42: Le escuché en silencio porque…


Le escuché en silencio porque escupir aquella historia parecía costarle demasiado.

Su voz era más grave de lo que yo me había imaginado, una voz que sorprendía viendo el cuerpo del que brotaba.

Era la primera vez que le hablaba con él, aunque le conocía de antes, no físicamente, sino a través de sus libros.

Y ahora le tenía frente a mí, sentado al otro lado de la mesa, improvisando para mí un gran cuento, el mejor de los que yo había leído.

Se notaba que estaba haciendo un gran esfuerzo, aunque dada su edad tampoco es que me sorprendiese demasiado.
A menudo se pasaba la mano izquierda por la frente como secando un sudor inexistente, para luego apretarse los ojos con el índice y el pulgar, y por último cerraba una mano sobre el puño del otra y proseguía con su relato.

Yo le observaba con ojo experto, maravillada por el cuento que me estaba contando, como he dicho, el mejor de todos.

Despacio fue desarrollando la trama de un asesinato, el de un joven escritor, al que el protagonista mataba por que éste le había robado una historia, la que sería su última obra.
Por lo visto, el veterano escritor, sabía algo de lo que nadie más tenía noticia, una terrible enfermedad estaba minando su salud desde dentro, y había concebido aquel último manuscrito como una despedida, del mundo, de su hija y de su vida.
Estaba claro que no iba a permitir que un advenedizo se quedase con su último esfuerzo, y con la paciencia que le habían dado los años había planeado cuidadosamente cómo matarlo.
Sin embargo el viejo escritor era bueno en lo suyo, pero de asesino profesional tenía poco, así que además de ser un crimen difícil de ocultar dada la reciente notoriedad de la víctima, había cometido varios errores imperdonables, así que finalmente, y como un caballero se había entregado a la policía inmediatamente después del asesinato.

En cuanto acabó su relato le pedí por favor que lo escribiera tal cual me lo había contado en unos folios que le entregué.
Le vi escribir con pulcra letra palabra por palabra el cuento que acababa de relatarme, sin abandonar ni por un momento el gesto resuelto aunque ligeramente agotado.
Cuando dos agentes se lo llevaron esposado después de firmarlo, vi que le dirigía a su hija la mirada orgullosa de un buen padre.

Pedí a los dos agentes que esperasen un momento, y mirando a su hija en vez de a él a través del cristal de la sala de confesiones le dije algo que había querido decirle desde que había empezado su fantástico cuento:

«¿Sabe? Siempre he creído que sus obras eran muy buenas porque el final nunca era lo que parecía…»

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Cuentacuentos 41: No hay mayor desprecio que no hacer aprecio

«No hay mayor desprecio que no hacer aprecio«

Me lo decía mi madre cuando llegaba del colegio frustrada porque algún compañero se reía de mí por ser la más bajita de la clase.
Y yo pensaba «Sí, claro».

«No hay mayor desprecio que no hacer aprecio«

Supongo que es lo que piensan las cuatro señoras que sentadas en una terracita ignoran a la mujer que con un cartelito en la mano, y una expresión en la cara mezcla de aburrimiento y desafío, las contempla.
La veo desde lejos, no se mueve, el cartel es de esos que las mafias fabrican en serie, de los que te informan de que tiene nosecuantos hijos y que no tiene con qué criarlos.
Sigue en la misma postura cuando yo paso de largo, en todo ese rato, ninguna de las cuatro señoras la mira, ninguna se digna a decirle siquiera un magro «No».

«No hay mayor desprecio que no hacer aprecio«

En el parque juegan unos niños a la pelota, deben ser hermanos porque van todos conjuntados, mismos colores, mismo modelo de zapatos, mismo caballito en las camisetas.
Se acerca a ellos otro niño, con otros zapatos, otra ropa, les pregunta si puede jugar con ellos.
El mayor de los de la pelota le mira de arriba a abajo, nunca he visto tanto desprecio en unos ojos tan jóvenes.
No le contesta, no le vuelve a mirar, sigue jugando con sus hermanos, que estratégicamente han dado la espalda al nuevo.

«No hay mayor desprecio que no hacer aprecio«

En una fiesta, veo una chica al fondo, conozco su mirada, es triste, yo la he tenido así una vez, hace tiempo, busco en la dirección hacia la que mira. Hay una parejita bailando muy pegados, juraría que hace pocas semanas vi ese mismo chaval abrazado a la chica triste, aunque en aquel momento ella tenía toda la luz de las estrellas en sus ojos. El chaval mira a la chica triste, juro que pude sentir el frío que transmitían sus ojos, juro que la vi estremecerse.

«No hay mayor desprecio que no hacer aprecio«

Finalmente, mamá, tendré que darte la razón.

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Cuentacuentos 40: Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir


Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir
cual de las dos llevarse.
Y además notaba como estaba empezando a sudar copiosamente, como siempre que se convertía en el centro de atención de un grupo de más de cuatro personas.
Y allí, para su desdicha, había unas siete personas pendientes de la elección que iba a tomar.

Había entrado tranquilo porque no había nadie en el establecimiento, y el pedido que tenía que hacer era de lo más sencillo. Solo debía decir qué deseaba llevarse, que lo cogiesen de su anaquel, lo envolviesen, lo cobrasen y listo.

Muy fácil… demasiado fácil.

Nada más llegar al mostrador, detrás de él entró una señora carirredonda, con un peinado muy cardado por arriba, con un señor que se agarraba con una mano la parte derecha de la cara, con una gran mueca de dolor.

Inspiró hondo y se tranquilizó, no pasaba nada.

Entonces y antes de que saliera nadie a atenderle desde la trastienda, volvieron a sonar las campanillas de la entrada, dando paso esta vez a una mujer embarazada con un niño de la mano que no dejaba de quejarse de que le dolía mucho «la pincha» que le había puesto el «meco».

Justo en aquel instante fue cuando entre las estanterías apareció la farmacéutica, como si esperase a que hubiese al menos tres clientes para hacer menos viajes.

Ya notaba como finas perlas de sudor se formaban en sus sienes, pero se dijo a sí mismo que podía hacerlo, era fácil era muy fácil.

Armándose de todo el valor que pudo encontrar entre las partículas de su valentía que se habían dado a la fuga con la entrada de la embarazada, le pidió a la farmacéutica lo que había ido a buscar. La embarazada sonrió, la vio reflejada en el pequeño espejo que había en el mostrador.

Ya estaba hecho, ahora ella lo traería, él lo pagaría y se podría ir de allí.

Y antes de que la mujer pudiese decir nada, volvieron a tintinear las campanillas, y un nuevo cliente entró a la farmacia.

Un señor mayor que ya entraba quejándose de la enorme cola que había, y detrás, el que debía ser su amigo, puesto que trataba de tranquilizarle.

Las pequeñas gotas de sudor se convirtieron en finos hilillos, y cuando la farmacéutica le dijo que si quería una la caja de siempre o si prefería probar una nueva gama que había llegado y que estaban teniendo una gran acogida entre la gente de su edad, notó como la boca se le secaba.

El niño empezó a llorar y notaba en la nuca la respiración entrecortada del hombre del flemón, el anciano seguía protestando, ahora sobre la juventud de hoy en día que no sabía decidirse, y la madre embarazada soltó una risita.

Demasiado fácil, había creído que sería demasiado fácil.

No sabía qué decir, y sentía clavadas en él las miradas de cinco adultos mientras la farmacéutica le mostraba las dos cajas, una en cada mano diciéndole que el sabor de la nueva gama era mucho mejor por lo que a los jóvenes les resultaba mucho más agradable.

Tenía que salir de allí rápido, necesitaba aire.

Fue en el momento en el que volvieron a repicar las campanitas cuando soltó atropelladamente su respuesta, la farmacéutica le miró y le pidió disculpas, no le había oído con el ruido de la calle.

Y lo repitió a grito pelado, presa del nerviosismo, con lo que la joven que entraba en ese momento se quedó asombrada mirándole mientras la embarazada reía ya a carcajadas.

Y una vez hubo salido a toda prisa de la farmacia con su caja en la mano, le dio tiempo a oír a la mujer del cardado mientras se cerraba la puerta:
«Hay que ver la que montan los jóvenes por unas aspirinas, si llega a querer comprar condones no sé qué habría hecho».

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Cuentacuentos 39: La fábrica de sueños cerró por vacaciones

La fábrica de sueños cerró por vacaciones una tarde de verano.
Era algo inaudito, el hecho de que cerrase sus puertas durante quince días había provocado un gran revuelo.
Los ancianos del lugar no dejaban de mascullar sus quejas, y los «En mis tiempos esto no pasaba» y los «Esto es el fin del mundo» se repetían por todas las esquinas.
Y la verdad es que nadie estaba muy seguro de como iba a acabar aquello. Si la fábrica de sueños no producía… ¿como iban a poder soñar?

Todo había comenzado con la llegada de un extranjero. Había traído unas extrañas ideas sobre sindicatos, horarios, salarios dignos y períodos de vacaciones.
Uno a uno se había ido ganando la confianza y el respeto de los trabajadores, que en todas las fábricas habían exigido la mejora de sus condiciones laborales.
Una a una, las fábricas no habían podido evitar el cambio, las huelgas se sucedían, y los disturbios ponían en peligro la estabilidad económica del país.

En todas las fábricas excepto en una, en la de Sueños. Todo el mundo daba por supuesto que aquella factoría no podía permitirse el lujo de parar la producción, alguien tenía que fabricar los sueños, y si cerraban ¿quien lo haría? No se trataba ya de un problema económico, sino de algo mucho más profundo.

Todos se sabían de memoria las viejas historias de cómo habían sido los años de la gran guerra, cuando la fábrica había sido bombardeada. Nadie soñaba, el mundo se volvía más y más gris, y todos habían estado a punto de ceder al desánimo producido por el combate, incluso los niños, que encontraban la alegría en cualquier rincón habían perdido la ilusión. Y todo había seguido así hasta que al acabar la guerra la fábrica fue reconstruida.
Eso no podía volver a pasar, y menos por las patrañas sindicalistas de un desconocido.

La fábrica aguantó la presión unos meses, pero finalmente las amenazas encubiertas de otros empresarios, hicieron que se tomase la difícil decisión, y una tarde se anunció el cierre por vacaciones.
Durante los primeros días el nerviosismo se palpó en cada rincón del pequeño país. Mañana tras mañana se confirmaron los presagios, la gente no soñaba nada, se pasaban la noche en blanco, y en las calles se empezaron a oír quejas.

Al sexto día, media población estaba convencida de que la fábrica tenía que volver a abrir, necesitaban sueños.

Pero al séptimo, ocurrió algo que nadie esperaba, algunos niños comenzaron a soñar, y en la frontera del país, un desconocido extranjero sonrió y cruzó al siguiente país en su lista.

Ufff, a ver qué tal os parece! más en Cuentacuentos donde no necesitamos una fábrica que nos ayude a soñar.

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Cuentacuentos 38: Los hombros del ángel…

Los hombros del ángel se estremecían mientras lloraba, y cuanto más pensaba en ello más lágrimas rodaban por sus mejillas.

Los ángeles no lloran, no dejaba de repetírselo.
Los ángeles son perfectos, no sienten tristeza.

Y sin embargo sus ojos estaban inundados de agua, y además sentía algo muy extraño dentro del pecho, algo que no sabía como explicar.

El ángel pensaba en los humanos; ellos sí podían sentir pena, igual que sentían dolor. La pena, esa maravilla que chorreaba en gotas claras por la cara, o el dolor, aquello que a veces caía en gotas oscuras por un brazo herido. Cosas como esas, que hacían de los humanos un misterio más allá del alcance de una poderosa mente angelical.

Esos seres extraños, tan parecidos a ellos pero a la vez con todas las debilidades propias de los animales… Se decía que Dios los había hecho defectuosos, les había hecho sentir pena y dolor, llorar y sangrar; pero ni siquiera los grandes arcángeles, los más cercanos a Él, habían logrado aventurar por qué lo había hecho de ese modo. No se podía entender que habiendo ya seres perfectos en el cielo, fuera necesaria esa impureza sobre la tierra. Nadie afirmaría que se trataba de un error en la creación, pero ninguno de ellos veía tampoco el acierto.

Ángeles de todos los estratos del cielo habían observado durante milenios a aquellos extraños seres, tratando de penetrar sus mentes, de atrapar sus sentimientos o percibir lo que captaban sus sentidos. Ni los propios ángeles guardianes, los más cercanos a los hombres, eran capaces de explicar la profunda maravilla de su imperfección.

Los humanos eran transparentes a su mirada, pero no menos incomprensibles, y todo ser celestial albergaba en su interior un deseo extraño, casi incómodo, de llegar un día a traspasar el secreto de la humanidad.

Y ahora a él, de pronto, le llovían los ojos, y sentía una presión en el pecho.

Y bien, esta es una colaboración entre esta menda y un nuevo Cuentacuentos, alguien que todavía no tiene carnet de socio pero está en ello.

Yo di la idea y cuatro frases, no conseguía encauzar la historia y él pillo la idea al vuelo, le dio su toque mágico y como si me leyera el pensamiento y lograra ordenar mi caos de ideas, le dio la magia final que habeis leído.

En realidad es su segundo contacto con Cuentacuentos, ya que me hizo el honor de escribir un relato con mi frase, aquí.

Os encantará leerle cada semana, os lo digo yo.

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Cuentacuentos 37 (doble)

Este cuento es la tercera parte de una pequeña trilogía, la primera y la segunda, aunque creo que pueden ser leídos por separado las otras dos pueden aportar algo a esta tercera y última parte de un triángulo. Os lo digo porque creo que pocos las leísteis.

La mirada que le devolvió el espejo no era la suya, o al menos no era la misma que le devolvía antes de aquella noche de sábado, y la primera vez que la vi reflejada al lado de mi imagen, sentí miedo, mucho miedo, del ser que estaba tras de mí, parecido pero totalmente distinto al hombre que había conocido.

Todo cambió aquella madrugada, y todo a causa de Laura.

Por fin sabía su nombre, después de tantas noches sabiendo que él perseguía su escurridiza presencia, por fin podía ponerle un nombre a su pálida cara, Laura, y cuando él me lo dijo, odié al instante aquellas cinco letras.

Tiempo después se preguntó a sí mismo por qué no había sentido miedo cuando la vio parada ante sí, cuando vio el terrible brillo en su mirada. Y mucho después de poder hacerse esa pregunta, seguía sin hallar la respuesta.

También me preguntó a mí si yo podía decirle por qué no había huido cuando la vio.
Y yo no supe qué contestarle, porque en sus ojos, ahora tan distintos de los que yo había conocido, vi que la amaba, la amaba a pesar de lo que ella le había hecho, a pesar de todas las cosas horribles que a causa de ella había tenido que hacer.
Quizá ella tuviese razón al decirle que solo le había dado lo que él había estado buscando.

Me dijo que cuando era un niño imaginaba que era un pirata cuando jugaba con su espada de madera, vi su cara crispada cuando acabó de contarme que se la había hecho su abuelo, y luego escuché con un escalofrío la profunda y hueca risa que soltó, «Yo ya nunca podré ser abuelo».
Quise consolarle acariciando su fría piel con mi mano, queriendo creer que en él todavía había algo de humano, y él me miró directamente a los ojos, y puedo jurar que vi entre los cristales de frío hielo que los poblaban una pequeña llama del amor que un día sintió por mí.

Y después me besó, alcanzando mi boca con esos movimientos imperceptibles que ahora le caracterizan, arañando mi labio inferior con sus afilados dientes, lamiendo luego la sangre que se deslizaba en pequeños hilillos hacia mi barbilla, haciéndome sentir un deseo de él como nunca había experimentado.

Sentí que la furia se apoderaba de mí. Laura, todo por culpa de Laura.

Nunca la he conocido, pero estoy segura de que ella a mí sí, porque a veces, después de sus fugaces visitas nocturnas, noto una presencia inquietante que me observa, parecida a la suya, pero mucho más aterradora, mucho más amenazante, una especie de frío glacial que me toca, me tantea, y me recorre la columna, una especie de aviso.

Creo que la asusta que pueda robárselo. Resulta irónico que lo crea, cuando fue ella la que me lo arrebató a mí de los brazos, la que lo embrujó con su silencioso canto, una noche en la ópera, la que lo va a tener por toda la eternidad.
Y lo cierto es que ya no es mío, no lo tengo ni siquiera en el transcurso de estas visitas nocturnas a mi cama, con las que por unos minutos vuelve a pensar que es humano.

Y todo por su culpa, por culpa de Laura.

(Lo siento, por un ataque de spam he tenido que eliminar la entrada y volverla a poner, al final voy a tener que poner lo de confirmación de caracteres, y eso que no me gusta)

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Cuentacuentos 36 (triple)

«La habitación del deseo». Así se llamaba la exposición.
Me llamó la atención el nombre cuando buscaba en la sección cultural del periódico a qué hora abría la galería que debía visitar para la crítica de arte que me habían encargado.
Pero mucho más sorprendente fue ver la fotografía de la artista. No me habría hecho falta leer su nombre para saber quien era, pero lo hice por pura necesidad de confirmar lo que ya supe en cuanto vi sus ojos mirándome descarados desde la página del diario.

Fue una suerte que estuviese sentado en ese momento, porque noté como mis piernas se aflojaban, y supe que no me habrían podido mantener en pie.

Nunca imaginé que volvería a verla, y mucho menos que la encontraría entre las páginas de un periódico.
Fotógrafa, era fotógrafa, y por lo que decían, muy buena. Esto último no me sorprendió demasiado.

Al final fui aquella tarde, no sabía si sería una buena idea, pero allí estaba, necesitaba volver a verla. Y qué mejor momento que la inauguración, cuando estaría demasiado ocupada con toda la atención que recibiría como para reparar en mi presencia.

La exposición era verdaderamente impactante, llena de sensualidad y pasión. Hacía mucho que no veía nada tan bueno, y no tenía nada que ver que fuera ella, hasta ese punto no había perdido mi sentido crítico.

Mostraba un manejo sorprendentemente maduro del color, pero sobre todo de los contrastes lumínicos.
A la vez que un gran erotismo, aquellas imágenes derrochaban inocencia, lo que no dejaba de ser un contrasentido, y lo qué más gracia me hizo, todas y cada una tenían un título que discordaba enormemente con la fotografía.
Una se llamaba «El gatito correteó juguetón entre sus piernas», y sí, fijándote, al fondo aparecía un gatito, y por el suelo, entre unas piernas de mujer preciosas, enfundadas en unas medias de encaje y unos zapatos de tacón imposible, pequeñas marcas de pisadas de gato.
Leer el título te obligaba a ver desde otro punto de vista la fotografía, con lo que la experiencia era doblemente gratificante.

Fue todo un descubrimiento ver todas aquellas fotos, y supe que la exposición sería un éxito cuando a mi alrededor vi a gente realmente sorprendida y emocionada por lo que veía, y no a los típicos snobs que suelen parlotear incesantemente sobre técnicas y estilos de los que estoy seguro de que no tienen ni idea.

Estaba maravillado por un perfil a contraluz cuando la vi.
Encantadora, con un vestido precioso negro, y recibiendo toda la atención que merecía, tanto como artista, como mujer.
Tenía el mismo pelo ondulado, la misma forma de ladear la cabeza para escuchar a su interlocutor, la misma sonrisa, la habría reconocido entre mil, a pesar de que se había convertido en toda una mujer.

Cerré los ojos, deseando atreverme a acercarme, deseando tener el valor de decirle cuanto me gustaba su obra, deseando poder contarle cuánto la había echado de menos.
Pero me fui, y podéis llamarme cobarde, pero supe viendo sus fotografías, que sólo le causaría un dolor que no necesitaba en su vida.
No podía arreglar lo que había echo mal tantos años atrás, y por eso me fui conteniendo en mi lengua, mi cabeza y mi corazón aquellas cuatro palabras que deseaba decirle: «Yo soy tu padre».