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Cuentacuentos 29: Una enorme sonrisa asomó a sus labios

Una enorme sonrisa asomó a sus labios cuando un travieso rayo de sol le hizo cosquillas en la cara y ya no pudo seguir fingiendo que dormía.
Se sentía maravillosamente, había soñado que su gato le hablaba y le contaba las absurdas aventuras que vivía con los otros felinos del barrio cuando sus dueños no miraban.

Saltó de la cama y se desperezó cuan larga era y como una niña cruzó patinando el pasillo hasta colarse en la cocina. Aquellos calcetines nuevos eran una maravilla para resbalar por el pulido suelo.

Tarareando una tonta melodía abrió la ventana de la cocina, y al hacerlo la asaltó un penetrante aroma a tostadas y café, mmmmm, no bebía café, pero el olor era simplemente delicioso.

Calentó al microondas la leche en su taza favorita, y una vez caliente la endulzó con el cacao en polvo que tanto le gustaba.
Empezó a beberlo apoyada en la repisa, y entonces sintió un cosquilleo en las piernas, allí estaba Simón, el gato, agasajándola con una ración de mimos mañaneros. Luego se sentó a sus pies y la contempló con sus enormes ojos verdes ladeando la cabeza.
¿Veía un destello humorístico en sus alargadas pupilas? mmmmmm tendría que tenerlo más vigilado, quien sabe en qué clase de enredos se metería ese pillastre.

Despues de ducharse abrió la ventana, y recibió otro regalo inesperado, las plantas que tenía en la ventana habían empezado a florecer, pequeñas corolas amarillas que pronto llenarían todo el alféizar.

Rebuscando en su armario para decidir qué se pondría, encontró despues de meses desaparecida, la falda verde que tanto le gustaba. Decidió ponersela y estrenar de paso los nuevos pendientes que se había hecho para una ocasión especial.

Sin duda, aquel día era un día especial, con su mejor sonrisa salió de casa poniéndose las gafas de sol. No había nada que pudiese mejorar aquel día.

Biiip biiip biip…

¿Diga?

¡Anda qué sorpresa!

¿He dicho que no había nada que pudiese mejorarlo?… me equivocaba…

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Cuentacuentos 28: La última imagen que quedó plasmada…

La última imagen que quedó plasmada en su retina fue la de su asesino.
Alguien a quien no conocía de nada.
Alguien que había decidido poner fin a su vida con una frialdad asombrosa.
Mientras la vida se le escapaba a borbotones por la herida sus ojos le miraban con mil preguntas que sus labios no podrían jamas pronunciar.
¿Por qué? ¿Por qué yo?
Un sabor metálico le invadió la boca.

Y él la miraba a los ojos, observando con la curiosidad de un científico como sus pupilas se apagaban, como su cuerpo se iba aflojando sobre el puñal, como la sangre manchaba sus manos, y como un hilillo sanguinolento salía entre sus labios que poco a poco se iban quedando sin color.
Sabía que no podía hablar, la puñalada había sido certera, le había perforado el pulmón y había subido hacia el corazón.

No podían gritar y eso le permitía contemplar como la muerte llegaba a sus víctimas, mirarlas cara a cara y deleitarse con sus expresiones.
Algunos lo miraban con terror deformándoles la cara, otros habían llorado, y algunos incluso le habían dedicado miradas cargadas de odio, mientras que otros simplemente mostraban sorpresa. Pero todos, absolutamente todos, habían muerto en silencio.

Ella era la primera que le preguntaba con sus hermosos ojos, ¿por qué?.

Y su rostro pálido se le gravó en la cabeza, gritándole una y otra vez:

¿Por qué? ¿por qué? ¿por qué?

En sus sueños, en las caras de las cajeras del supermercado, en las presentadoras del telediario, solo había un rostro, el suyo, y sus labios solo dibujaban:

¿Por qué?

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Cuentacuentos 27 (doble)

El silencio de la noche fue su aliado. Hacía días que no conseguía dormir bien, pero aquella noche, bañada en rayos de luna, se sumió en un sueño tan reparador como necesitaba.

Apenas había apoyado la cabeza en la almohada cuando sus ojos se cerraron.

Tuvo muchos sueños, pero ninguno aterrador como venía siendo habitual las últimas semanas.

Todos fueron extravagantes y fantasiosos, todos menos uno.

Se vio en un salón muy acogedor, sentada en un sofá color granate. Sentado a su lado estaba su mejor amigo. Supo que era su casa, por allí estaba su madre, una mujer muy agradable de rizado cabello pelirrojo, a la que a penas conocía, también estaba su abuela, de la que había oído hablar con mucho cariño a su nieto, y algunos miembros más de su familia.

Era extraño, se sentía como en su casa a pesar de estar claramente dentro de una reunión de una familia que no era la suya.

Con un brazo en el respaldo, y una rodilla doblada encima del sofá charlaba animadamente con la madre de su amigo y con él.

De repente, él se incorporó y le dio un beso, apenas una caricia de sus labios en los de ella, la miró con un brillo divertido en los ojos, y fue a la cocina a buscar algo de beber.

La mujer la miró con una sonrisa radiante en los labios, pero no hizo ningún comentario.

Se sintió desconcertada, hasta ese momento en el sueño no había tenido la sensación de que fuesen algo más que amigos, y sin embargo, la había besado.

Seguía notando en sus labios la presión de los de él.

Él volvió, se sentó un poco más cerca de su cuerpo, y le sonrió con la mirada por encima del vaso de zumo, mientras su mano cogía la suya y le daba un leve apretón.

El sueño siguió, de la casa pasó al jardín, y luego a la playa, y un beso dio paso a otro, y luego a otros más. Sin embargo, los detalles no le quedaron tan grabados como los de aquel primero.

Despertó por la mañana recordando vívidamente el momento. Intentó dejar de pensar en ello, pero no pudo, una y otra vez el recuerdo acudía a su mente.

Era la primera vez que aparecía en sus sueños como algo más que su mejor amigo.

Otras veces habían aparecido en sus sueños chicos a los que conocía, con algunos, incluso había tenido sueños eróticos en los que había hecho mucho más que besar, y sin embargo ninguno la había perturbado tanto como el de esa noche.

¿Se estaría enamorando de él? No, no era posible, eran amigos desde hacía bastante tiempo, y aunque congeniaban y se lo pasaban genial juntos, no sentía esa clase de cosas por él, ¿o sí?

No sabía qué pensar, por una parte pensaba que no era más que un sueño, pero por la otra pensaba que si fuese solo eso, no estaría todo el día dándole vueltas a un estúpido sueño, por muy real que éste hubiese sido.

Por la tarde se percató de que en todo el día no había pensado en su chico, era sábado y él no la había llamado para quedar y tampoco ella se había preocupado por él.

Seguramente él saldría con sus amigos, puesto que mañana era su cumpleaños la llamaría para quedar, darían una vuelta, y todo seguiría igual de mal.

Por primera vez en unos días se permitió pensar en lo que les estaba pasando, no era su mejor momento, eso estaba claro, él la evitaba, y ella no hacía más que sufrir por no saber qué ocurría.

Se preguntó si todavía estaría enamorada de él, y se sorprendió a si misma dudando, apenas dos semanas antes lo tenía claro, y sin embargo hoy dudaba, y no era por el sueño, sino por todo lo que había pasado en ese tiempo.

Ya no estaba segura de que él sintiese algo por ella, y siéndose sincera a sí misma, empezaba a creer que la estaba forzando a montarle un numerito para así tener una excusa para dejarla.

Sentada en el jardín, tomó una decisión.

Apenas dos días después de su cumpleaños él le dejó claro que no tenía intención de arreglar los problemas que tenían, en dos días las cosas no hicieron más que empeorar entre ellos, aunque ella evitó en todo momento darle excusas para culparla del fracaso.

Una tarde quedó con él, y le soltó sin preámbulos que quería dejarlo.

Él no mostró el más mínimo dolor por la noticia, si acaso una pizca de alivio. Aún así, le preguntó por qué.

Ella respondió con un escueto “Porque ya no te quiero”.

Entonces sí que se transparentó algo en su cara, sorpresa, también ella se sorprendió, era cierto, no le quería.

Lo que no le dijo es que le dejaba porque un simple beso soñado, la había hecho sentir más viva de lo que él había logrado en todo el tiempo que habían compartido.

Como la semana anterior, mezclo dos frases, no tengo tiempo de hacer uno cada semana, lo siento!!!

Ah! y un pequeño cambio de persona en la segunda frase…

Publicado en Spaces el 05 Marzo 2007

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Cuentacuentos: Concurso San Valentín 2007

Con motivo de San Valentín, en Cuentacuentos se propuso un concurso de historias de amor, el día 14 se publicarían bajo seudónimo las 5 preseleccionadas para que los cuentacuentos hiciésemos nuestra votación.

La mía no fue una de las 5 elegidas, aunque he de reconocer que había mucho nivel.

Aquí os la dejo, por si os apetece leerla.

La lluvia nos cogió por sorpresa. En un momento dado paseábamos por la alameda mientras luminosos rayos de sol lograban burlar la bóveda de ramas y hojas impactando en nuestros cuerpos, y al siguiente, nos empapaba un repentino aguacero.

Al principio corrimos para llegar algún lugar donde guarecernos, luego él resbaló en un charco que quedaba oculto bajo la hierba, y se quedó allí tendido, con una mueca de sorpresa adornando su cara.

Al notar que ya no corría a mi lado me di la vuelta, y entonces lo vi allí tirado, apoyado en los codos, y no pude evitar reírme.

Me miró enfurruñado, pero dadas las circunstancias, más que preocuparme, su cómico aspecto no hizo más que empeorar mi ataque de risa.

Mientras él se levantaba con sumo cuidado, y tras un par de nuevos resbalones que dejaron sus vaqueros totalmente embarrados, yo reía con las manos apoyadas en las rodillas.

Resoplado mientras se incorporaba hizo referencia a lo buena amiga que yo era, y entre dientes añadió un casi inaudible “Te vas a enterar”.

Por el rabillo del ojo lo vi aproximarse. Si para algo me valía nuestra larga amistad, era para detectar con la suficiente antelación cuando tramaba algo.

Le observé acercarse y empecé a retroceder, ya no me importaba la lluvia, y por lo visto, a él tampoco, empezaba un juego mucho más interesante.

En el retroceso mi espalda chocó contra el tronco de uno de los viejos castaños, vi en sus ojos un destello de triunfo durante un fugaz segundo, sonreí y luego salí corriendo por entre los árboles hacia la plaza, quedaba poca gente por allí, pero me di cuenta de que algunos nos miraban con una mezcla de curiosidad y desdén.

No me importó, no era la primera vez que hacíamos algo así, aunque siempre había más amigos sumándose al ridículo.

Eché la vista atrás y vi que me iba a alcanzar de un momento a otro, lo peor era que llegábamos a una calle con bastante tráfico, lo cual limitaba bastante mis posibilidades de sacarle ventaja.

Entonces me paré, inspiré lo más hondo que pude, y me di la vuelta justo a tiempo para ver como también él dejaba de correr y caminaba hacia mi sin dejar de vigilar mis movimientos con los ojos entornados.

Pequeñas gotas de agua surcaban su cara después de gotear desde su pelo, tenía la ropa, además de sucia, toda pegada al cuerpo, sonreí pensando en que yo debía presentar un aspecto muy similar, y él empezó a sonreír también.

No creía haberle visto nunca aquella expresión en la cara, una mezcla de triunfo con algo más que no lograba descifrar.

Contuve la respiración y empecé a retroceder con los brazos extendidos hacia delante y las palmas levantadas mientras negaba con la cabeza. Había dejado de llover, pero no prestaba atención a nada más que a él, y apenas me di cuenta.

Entonces, aprovechando un instante en el que bajé la guardia, me alcanzó en un par de zancadas, me abrazó por la cintura, y después de levantarme del suelo empezó a caminar.

Tardé un par de segundos en comprender qué es lo que pretendía, pero para entonces ya era demasiado tarde, sentí una docena de chorros de agua que me rodeaban, y su cálida voz en mi oído me susurraba “Te lo has ganado”.

El agua estaba fría después de la carrera, pero yo solo podía pensar en lo cerca que estaban sus labios de los míos, solo podía ver sus ojos tan verdes observándome, solo podía sentir su cuerpo mojado pegado al mío.

Azorada por los sentimientos que estaba descubriendo en mí, bajé la vista.

Empezaba a escurrirme y, sin apenas pensarlo, cerré los brazos en torno a su cuello. Noté como su abrazo se hacía más estrecho, y una especie de cosquilleo que revoloteaba en mi estómago enviando oleadas de calor a todas las fibras de mi cuerpo.

Los chorros de la fuente seguían cayendo a nuestro alrededor, pero para mí no existía nada más fuera de aquel abrazo.

Hilillos de agua recorrían su cara, y sus ojos permanecían fijos en los míos, mientras los dos respirábamos entrecortadamente separados por apenas un par de centímetros llenos de diminutas gotitas de agua.

Ninguno de los dos dijo nada, yo cerré los párpados y traté de parar los alocados latidos de mi corazón, pero lo único que logré fue concentrarme más en su cálido aliento rozando mi cara y en mis dedos acariciando su pelo.

Cuando volví a mirarle sus ojos estaban fijos en mis labios, y acercándose lentamente, me besó. Fue poco más que un tímido roce que hizo más evidentes la llovizna que nos empapaba, y acabó acariciando levemente mi labio inferior entre los suyos.

Con los ojos cerrados apoyó su frente en la mía, como si estuviese ordenando sus emociones, luego me susurró “Te quiero”, y dejándome en el suelo empezó a alejarse cabizbajo, arrastrando los pies y dejando tras él un reguero de agua en el pavimento que ya empezaba a secarse.

Permanecí un instante inmóvil, sin saber qué hacer, qué pensar o qué sentir, sin darme cuenta de que seguía dentro de la fuente. Después, solté todo el aire que había retenido en mi interior y como impulsada por un resorte invisible, salí disparada, corriendo sin rumbo fijo y con la cabeza llena de su “Te quiero”, los labios trémulos por su contacto y las manos todavía con su calor.

Nunca he vuelto a sentir una felicidad tan pura y tan intensa como aquella tarde, cuando una lluvia de verano llegó sin avisar y cambió mi vida.

Publicado en Spaces el 24 febrero 2007

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Cuentacuentos 26 (doble)

A las ocho menos cinco se apagaron las luces de varias ventanas del vecindario.
Luis hacía un par de minutos que había desconectado todos los aparatos eléctricos de la casa, y observaba con una taza de café en las manos, como la gente caminaba presurosa por la calle, con bolsas y más bolsas de las rebajas a cuestas.
Estaba cansado, pero todavía le quedaba una larga noche de trabajo por delante.

Entre las luces que se apagaron cinco minutos antes de las ocho, estaba la de su vecina de enfrente. Era curioso, la ventana de su salón estaba a unos 5 metros enfrente de la suya, ya que vivían en una estrecha calle de la zona vieja.

Bebió un trago de café mientras veía como pequeñas y parpadeantes luces doradas se encendían en el salón de la vecina.

Al parecer era bailarina, la había visto muchas noches ensayando a lo largo del salón, vacío de muebles exceptuando el equipo de música, y una barra situada enfrente de una pared forrada de espejos. Se movía con una ligereza como no había visto nunca en mujer alguna, con la naturalidad con la que una cortina se deja mecer por el viento.

A veces dejaba la ventana abierta, y la música con la que bailaba flotaba hasta su piso, llenándole los sentidos.

Hoy la ventana estaba cerrada, aunque las cortinas no estaban echadas. De todas formas Luis supo que no habría música para él cuando la vio colocarse los auriculares de un iPod.

Al rato, y a la luz de las velas la vio avanzar con movimientos lentos por la estancia.
Inspiró la fragancia del café y le lanzó una mirada torva a la montaña de bocetos que se amontonaban en su mesa de dibujo.

Suspirando volvió a concentrar su atención en la vecina.
Al cabo de un rato estaba sobrecogido viéndola danzar por el salón, no sabía qué música inspiraba sus pasos, y sin embargo la magia de sus movimientos lo había poseído como nunca antes. Sintió una profunda emoción que parecía nacer de los dedos de aquella misteriosa bailarina y que deslizándose sobre notas sin sonido volaba hasta él transmitiéndole el compás mágico que la guiaba.

Bailaba con los ojos cerrados, con las llamas de las velas arrancándole destellos a su pelo, a sus uñas, y por un momento pensó que estaba soñando.

Luego ella se paró al pie de la ventana y le miró directamente, sus ojos brillaban como los de ninguna otra mujer que hubiese conocido.

– _ –

A las ocho menos cinco Sabela apagó todos los aparatos eléctricos de su piso, que no eran muchos, no costaba nada un pequeño acto simbólico, por una vez podría bailar con los auriculares.
Camino al salón cogió la caja de cerillas que había comprado en aquel mercadillo de verano, le había gustado el dibujo de la tapa, y además odiaba los mecheros.
Fue colocando velas aromáticas por el suelo del salón, no había ningún mueble en el que dejarlas.

A veces abría la ventana para sentir la brisa de las últimas horas de la tarde, pero hoy no quería que se le apagase ninguna vela.

Con disimulo miró si el vecino estaba en casa. Allí estaba, con su eterna taza de café, y con las luces apagadas, había algo en él que la intrigaba. Sonrió, encendió el reproductor y selecionó el Canon de Pachelbel, hoy era un día especial, tenía ganas de dejarse llevar por la música, sin atender a la sucesión de pasos de las coreografías que normalmente ensayaba.

Las primeras notas empezaron a deslizarse por su mente fluyendo por sus venas hasta todo su cuerpo. Dejó de pensar en ensayos, en los estridentes gritos del director, y se concentró en la sucesión de melodías que se iban sumando a las primeros tímidos lamentos de los violines.
Adoraba aquella interpretación, con los ojos cerrados se dejó llevar por la música, girando y llevando a cabo los pasos que la melodía le dictaba.
El aroma de las velas la embriagaba y la dulce cadencia del Canon la transportaba a un lugar donde su ser se fundía con la música, totalmente libre desde hacía mucho tiempo.

Lentamente las notas fueron desapareciendo, se detuvo en la ventana, donde al abrir los ojos, contempló otras pupilas que la miraban con una adoración que no recordaba haber inspirado nunca antes.

No podía apartar la vista de aquel hombre, que repentinamente dejó la taza de café en una mesa a la vez que recogía una enorme libreta, y unos pinceles.
Hipnotizada por la intensidad de su mirada se quedó inmovil apoyada en el cristal observando sus movimientos.

– _ –


Cuando Luis la vio tras el cristal, con aquel color tan fascinante en las mejillas, y aquellos ojos tan maravillosos, supo que tenía que hacerlo.
Dejó descuidadamente la taza de café que no se había bebido en el primer lugar que encontró, igual le daba que se hubiese caído, solo tenía ojos y mente para aquel ser extraordinario.
Cogió de la mesa su libreta de bocetos, y presa de la inspiración trazó unas cuantas líneas. Hacía mucho que dibujar no era tan natural para él como en ese momento.
Abrió maquinalmente la caja de pinturas mientras acababa de dar los últimos trazos, y enfebrecido empezó a pintar.

– _ –


Sin moverse un milímetro por miedo a romper aquel vínculo que los había unido, Sabela le vió trazar rápidas lineas, vió como pequeños trazos de colores manchaban su cara, como los pinceles volaban en sus manos, y a cada mirada intensa que él le brindaba se sentía cada vez más llena de una emoción que no lograba describir.

Luego él se detuvo tan repentinamente como había comenzado, pero siguió mirándola a los ojos.

Separados por 5 metros y dos ventanas se hablaron sin despegar los labios, mientras ella recuperaba la respiración y a él le brotaba pintura de entre sus dedos.

Publicado en Spaces el 22 Febrero 2007

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Cuentacuentos 25: Confusa, se despierta entre sueños

Confusa, se despierta entre sueños, se mueve un poco, y acaba por volver a dormirse.
A su lado una niña de unos cinco años juega con unos lápices de colores, sentada en una alfombra de rayas azules y verdes.
Está intentando decidir cual es su color favorito, su amiga del cole dice que a ella le gusta el rosa, pero a la niña este color no le parece especialmente bonito.
Ante sí tiene cinco lápices alineados, el rojo, el verde, el amarillo, el azul y el violeta.
No sabe cual elegir, todos le gustan, pero por lo visto, las personas tienen que tener un color preferido.

La pequeña forma oculta bajo la mantita de cálida lana amarilla, vuelve a moverse, y la niña deja de pensar en colores y la mira preocupada.

«Mami, creo que Lara está llorando»
«Puede ser, cariño, es muy pequeña todavía»
«¿Y por qué llora?»
«Mmmmmm puede que eche de menos a su mamá, nunca hasta hoy había estado lejos de ella»

La pequeña pone cara de gran concentración, frunciendo la naricilla piensa en como se sentiría ella si la alejaran de su mamá y la dejasen con unos desconocidos, decididamente se pondría muy triste, mira a Lara y le acaricia la suave cabeza un ratito, consiguiendo que se calme y por primera vez en toda la tarde duerma sin sobresaltos.

Mira a su mamá sentada en el sofá leyendo uno de esos enormes libros sin dibujos que tanto le gustan.

«Mami, yo no quiero que nadie me separe de ti»

La madre mira su carita de preocupación y sonrie.

«Claro que no, cariño, nadie podrá alejarte de mí, nunca lo permitiría»
«¿Y por qué la mamá de Lara ha dejado que se la llevasen?»
«Mmmm pues porque ya no podía cuidarla más, y entonces pensaría que es mejor que Lara estuviese en una casa donde le diesen todo lo que necesitase»

La explicación le parece bastante convincente a la niña, así que vuelve a su difícil decisión.
El rojo es un color bonito porque las fresas son rojas, y las fresas están muy buenas, aunque también es el color de la sangre que brota cuando se cae y se le despellejan las rodillas…
El verde… el verde le gusta por muchas cosas, en su casa hay mucho verde, cree que es el color preferido de su mamá, tendrá que preguntárselo.
El amarillo le gusta porque es el color del sol, y de los limones, y de los girasoles, y a ella le gustan mucho todas esas cosas, es un color que le hace recordar el verano.
Y el azul es el color del cielo, y el de los ojos de su papá, como no va a gustarle un color que está en cosas tan importantes como el cielo y los ojos de su papá.
El violeta no sabe bien por qué le gusta, no hay muchas cosas violetas, y aún así, la primera vez que vió el lapiz violeta en la caja que le habían regalado, estuvo toda la tarde pintando con él.
A lo mejor es su color favorito, porque es el único que le gusta sin más…

Nota un movimiento en la mantita, todavía llora un poquito, quizá sea que tiene miedo.

«Mami, ¿no podemos hacer nada para que cuando esté solita Lara no llore?»
«Claro que sí cielo, creo que he leído algo en una revista»
«¿El qué mami?»
«Es una sorpresa cariño, mañana ya lo verás, hoy dejaremos que duerma en tu cuarto para que no tenga miedo, ¿te parece bien?»

La niña pensó un rato y luego asintió.

«Venga, pues ahora a la cama, que ya es tarde».

Despues de dejar a su hija y a Lara bien arropadas, la mujer va a la cocina, y cogiendo un lápiz y un papel escribe una notita que deja en la puerta de la nevera pegada con un imán.

«Comprar un reloj que haga tic-tac para el cachorro«



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Publicado en Spaces el 07 febrero 2007
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Cuentacuentos 24: Recuerdo tu sonrisa de niña esculpiendo la mía

Recuerdo tu sonrisa de niña esculpiendo la mía desde la primera vez que te vi.
Allí, tras el cristal de aquel cuartito del hospital, metida en una pequeña cuna, tan distinta de la que yo te había hecho.
Recuerdo que sonreí entre lágrimas, allí estabas, por fin habías llegado, y el amor se expandía dentro de mí llenando cada rincón vacío de mi cuerpo.
Te movías despacito, como si inspeccionases cuidadosamente cada centímetro cúbico de aire antes de hacerlo.
Por primera vez pensé en lo raro que debía sentirse un bebé, despues de pasarse 9 meses rodeado de líquido, al salir de su refugio y descubrir lo que era el aire.
Alrededor de tí, había otros bebés, unos más grandes que tú, otros más pequeñitos, algunos con mucho pelo, y otros, como tú, casi calvitos, sin embargo yo solo tenía ojos para tí, para la pequeña estrella que había bajado del cielo para iluminar mi vida, y enseñarme a volver a sonreir.
Recuerdo que apoyé la frente en el cristal, y mientras con una mano me secaba las lágrimas con la otra te acariciaba a distancia.
Te quería más que a nada en el mundo, en ese momento supe que haría todo lo que fuese necesario por hacerte tan feliz como tú, apenas llegada a este mundo, me estabas haciendo a mi.
Recuerdo lo difícil que fue para mí separarme de aquel cristal, y recorrer aquel pasillo iluminado con frías luces fluorescentes.
Las lágrimas amargas de la tristeza sustituyeron a las primeras que tu dulce sonrisa había hecho brotar.
Con la cabeza gachas entré en el moderno ascensor, y pulsé el botón de la planta baja.
Al llegar me condujeron a otra habitación, por otro pasillo, este otro mucho más triste y oscuro que aquel que me había llevado a ti.
Allí no había cristal que me separase de ella, ni sonrisa que contuviese mi dolor, allí solo había frío…

Te querría más que a nada en el mundo a partir de aquel instante… al fin y al cabo… el precio que había pagado por tenerte era más alto de lo que habría podido imaginar.




Ufff, qué triste me ha salido… bueno, llega tarde… como siempre… más en El cuentacuentos

Publicado en Spaces el 5 febrero 2006

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Cuentacuentos 23: Al cerrar los ojos, despertó

Al cerrar los ojos, despertó la magia que tenía en su interior.
La sintió fluir en sus venas como pequeñas perlas de energía pura que la hacían abrir su esencia a un todo mucho más grande de lo que podía abarcar su imaginación.
Hacía mucho que no necesitaba acudir al poder y no recordaba la sensación embriagadora que producía.

Los colores de las cosas empezaron a hacerse más intensos a su alrededor, y comenzó a oir como los arroyos de energía fluían desde todas direcciones para alimentarla.
Sus latidos se acompasaron con las pulsaciones que regían el universo, y empezó a moldear la magia, al principio trabajosamente, luego, cada vez con más destreza, al paso que recuperaba la práctica.

Moldear magia requiere mucha energía vital si no sabes como hacerlo, por suerte ella había sido iniciada desde muy pequeña en el arte, y aunque llevaba largo tiempo sin intentarlo, no se olvida algo que se lleva en la sangre.

Eran tiempos difíciles, algo estaba cambiando, y no era nada bueno. Cada vez nacían menos niños que tuviesen la marca, y mientras la saga de los magos languidecía, un nuevo poder se asentaba en el reino, una corriente de fanatismo religioso que estaba poniéndoles al pueblo llano en contra.

Canalizó la magia y abrió su mente a las imágenes que se le ofrecían, estaba a punto de nacer, lo presentía, y no podían permitirse perder otro niño.
Empezó a ver imágenes difusas que la bombardeaban, primero un bosque, luego un roble enorme, una casita entre árboles, una mujer que sufría, una mano que le secaba el sudor de la frente, un llanto de recién nacido, un gran poder que emanaba del bebé, y de repente, vertiginosas visiones de fuego, destrucción, botas de soldados, la casita en ruinas, la mujer desmadejada en medio de un charco de sangre, dolor, gritos, el bosque arrasado, y la oscuridad engullendo a la criatura, mientras unos ojos terribles la escrutaban desde las sombras, con una amenaza escrita en el brillo malvado de sus pupilas.

Soltando los últimos jirones de magia, la mujer se desplomó en el claro, exhausta por el enorme esfuerzo que había hecho para localizar al pequeño.
Notó como la fiebre empezaba a nublarle la razón, iban a por el niño, lo buscaban, y si no hacía nada por evitarlo todo por lo que habían luchado se iría al traste, su visión confirmaba sus sopechas.

Se estremeció, un gran poder… como no lo había visto antes… la profecía empezaba a cumplirse… debía encontrar a la madre y ponerla a salvo hasta el nacimiento… pero por donde empezar…

Los ojos le pesaban… debía esforzarse en pensar… pensar… el niño…

… un bosque…

… el Árbol… ¡eso era!… sí… el Roble… Sagrado…

… debía… darse… prisa…



Atreviéndome con el género fantástico… más cuentos en Cuentacuentos

Publicado en Spaces el 26 enero 2006
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Cuentacuentos 22: Especial El señor de las Historias

Entré en la biblioteca aquella tarde con la convicción de que había llegado al final de mi ardua investigación.
Durante años había trabajado muy duro para descubrir su identidad, y estaba segura de que aquella tarde lo lograría.

Era primavera, y hacía un día estupendo, así que había muy poca gente allí, la mayoría leía en los patios interiores del edificio, disfrutando del sutil aroma de las flores y de la calidez que transmitían los rayos de sol.

Me dirigí con paso seguro hacia mi zona preferida de la bibliteca, anunciada con un sobrio cartel «Cuentacuentos», allí, en aquella sección, se acumulaban los volúmenes que habían nacido de la iniciativa del Señor de las Historias, una idea que había desbordado cualquier espectativa que el escurridizo creador hubiese imaginado.

Estantería tras estantería se apilaban los volúmenes llenos de historias que los internautas habían escrito a lo largo de todos los años que llevaba en pie el proyecto. Cada libro, titulado con la frase que hacía nacer la historia, almacenaba en su interior los cuentos de todos los participantes.

Observé con placer como cada tomo era un poco más grueso que su precedente, y pensé en que en la mayoría de ellos había un pequeño trozo de mi imaginación.

En la sala iluminada por una cascada de luz proveniente de los ventanales había cinco personas, entre ellas se encontraba el sujeto de mis investigaciones, el misterioso Señor de las Historias.

Cogí uno de los volúmenes más recientes, apenas tenía tiempo para leer todas las historias que se publicaban semanalmente, así que en aquel había cientos que me eran desconocidas; y me senté.

Observé por el rabillo del ojo a los presentes, y en un primer vistazo descarté a una chica, era demasiado joven para ser el Señor, apenas tendría cinco años cuando empezó todo.

Me quedaban cuatro, y estos eran más difíciles. Dos serían más o menos de mi edad, y otros dos bastante más mayores.

Sabía que al Señor le gustaba visitar periódicamente todas las bibliotecas públicas donde estaba presente Cuentacuentos y dedicarnos cada tomo a los escritores.
Por mis indagaciones había descubierto que era una persona muy activa que viajaba mucho para cumplir con esa misión, así que pensé en descartar al más mayor, con su bastón no parecía que estuviese para muchos trotes, pero no lo hice, habría sido muy presuntuoso descartarlo por su edad.
Había barajado la posibilidad de que fuese una mujer, pero según un estudio que había hecho un colega sociólogo, de sus relatos se extraía con casi total seguridad que era un hombre, aunque en los últimos tiempos esa tendencia se hacía menos clara, así que no descarté del todo a la mujer de cabello blanco que se sentaba al lado del anciano.

Descarté a otro de los presentes, un treintañero pelirrojo, porque su teléfono móvil empezó a sonar, y ni corto ni perezoso se puso a hablar con su interlocutor ante la mirada reprobadora del resto de los presentes. Definitivamente el Señor no podía ser tan irrespetuoso con el lugar donde nos encontrábamos.

Me quedaban tres, el anciano, la señora y el otro hombre de mi edad que leía ensimismado uno de los primeros volúmenes, uno de las primeras frases que yo había utilizado, pensé que quizá estaría leyendo mi relato.

La cosa se estaba haciendo cada vez más difícil, la verdad había sido muy ingenua pensando que con cuatro pistas podría dar con el responsable de que hubiese vuelto a escribir hacía unos años.

Con un suspiro cerré el libro que fingía leer, lo devolví cuidadosamente a su lugar, y me acerqué con mirada melancólica al ventanal, dejando mi inseparable libreta de bocetos abierta en el lugar en el que había estado sentada.

Mientras observaba como en el patio una docena de niños leían embelesados libros llenos de historias emocionantes, sentí una leve brisa que me revolvía el pelo, y un arrastrar de sillas a mi espalda.

Quizá el Señor se me estuviese escapando, pero entonces pensé en la magia que había en el hecho de que un total desconocido hiciese que la imaginación de cientos de personas volase, y no me sentí con fuerzas de romper aquella burbuja, así que cerré los ojos, y esperé un rato.

Cuando me di la vuelta solo quedaba la chica, los otros tres se habían ido. Recogí mi libreta cerrada de la mesa, y salí de allí.

Descendí la escalinata que abría la biblioteca a la plaza arbolada, y me senté en uno de los últimos escalones.
Entonces me dí cuenta de algo, yo había dejado la libreta abierta, pero la había recogido cerrada. Con el corazón latiéndome desbocado, la abrí por la última página donde había estado dibujando, allí, entre mis bocetos había una nota doblada…



Por fin me he puesto al día!!!! me ha encantado esta iniciativa de cuento especial!!! más en Cuentacuentos

Publicado en Spaces el 19 enero 2007
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Cuentacuentos

Cuentacuentos 21: Matar formaba parte de la naturaleza de Laura

Matar formaba parte de la naturaleza de Laura, pero lo había descubierto demasiado tarde.
Empecé a amarla nada más verla por primera vez, una noche en la ópera.

Era de una belleza más allá de todo canon estético, sobrenatural incluso, había algo en ella que me atraía igual que la luz a una pequeña polilla, y no saber qué era lo que me obsesionaba, hacía que la deseara más todavía.

Y ella lo sabía, me tentaba, me llamaba con una canción que nadie más que yo podía oír, me iba esclavizando un poco más cada vez que nuestras miradas se cruzaban, con cada mirada la cadena que me ataba a ella se acortaba, y yo en vez de temer esta dependencia que desarrollaba con una total desconocida, sentía nacer en mi una dicha que me nublaba todavía más la razón.

Como un sediento me iba arrastrando hacia la fuente que manaba de ella, ávido de algo que sabía que podría ofrecerme sin temer las trampas que podría esconder.

Empecé a dormir poco, y a pasarme las noches recorriendo la ciudad con la esperanza de volver a verla, y ella, cada madrugada me ofrecía unos fugaces momentos, sabiendo que cada vez necesitaría más su presencia.

Con el tiempo empecé a observar en ella cosas extrañas, pero que mi mente enferma de amor no quería analizar.
Nunca la veía rodeada de las mismas personas más de dos noches, y en algunas ocasiones sus fugaces compañeros no volvían a ser vistos, esto último, más que extrañarme me reconfortaba, no podía soportar que otros tuviesen lo que yo ardía en deseos de poseer.

Nunca hablamos, porque nunca estuvimos lo suficientemente cerca, yo me acercaba ignorando todo lo que nos rodeaba, y ella me observaba con una extraña expresión en sus ojos, pero se desvanecía antes de que llegase a su lado.

A pesar de todo yo sabía que me deseaba, tanto o más que yo a ella, lo veía en sus ojos, y en su boca, en su forma de mirarme con una voracidad que no había notado en ninguna mujer, y que a pesar de asustarme un poco, despertaba una primitiva expectativa en lo más hondo de mi.

Este juego de seducción prosiguió unas cuantas semanas, haciéndoseme cada vez más insoportable no poder tocar su piel, que en la distancia me imaginaba suave y aterciopelada, de tan pálida que era.

Hasta que una noche, caminando como un demente por una calle desierta y oscura noté como una presencia me acechaba.
Debería haberme sentido aterrorizado, puesto que notaba como los pelillos de la nuca se me erizaban, y como mi cuerpo se tensaba, pero lejos de salir corriedo, me detuve y le dije a quien fuese, «te estoy esperando».

Y una voz a dulce como la miel y antigua como el tiempo me susurró en el cuello «por supuesto, pero yo a ti te espero desde hace mucho más».


Llega con casi dos semanas de retraso… culpa mía… más en Cuentacuentos

Publicado en Spaces el 19 enero 2007