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Cuentacuentos 10: Aura es una mujer

Aura es una mujer hermosa, de eso no cabe duda, de hecho, muchos no dudarían en calificar su belleza de perfecta.


Desde sus bien formados pies, hasta la punta de sus sedosos cabellos rubios, toda ella es como sacada de un sueño.
Sus manos, de dedos finos y suaves, hechas para acariciar, su ojos, de un increíble color azul, sus labios de suave tono rosado.
Su piel tan perfecta que incluso parece resplandecer con brillo dorado cuando los rayos de sol, en actitud adoradora la bañan.
Incluso sus movimientos se empeñan en hacerla parecer hija de los mismos dioses, en ocasiones semeja que no es ella la que se mueve, sino que la tierra es la que gira para hacerla llegar adonde desea.

La primera vez que oí su voz, ésta se me coló hasta el más hondo rincón de mi ser, no tiene nada de extraño pues, que con un par de palabras pueda conseguir todo lo que desea, e incluso que el resto de simples mortales nos sintamos tremendamente honrados de complacerla.


Aura es hermosa, es perfecta, es lo más parecido a un ser sobrenatural que cualquiera puede conocer.
Y sin embargo, al igual que la Venus de Milo, Aura es fría y distante, y su corazón parece tallado del mármol más duro.


Por eso, mientras salgo para no volver más de su cama, no siento la más mínima tristeza por la despedida, si acaso me arrepiento de haberla tenido, porque Aura, al igual que las obras de arte, está en el mundo solo para que los demás podamos contemplarla



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Una semana más, llega tarde mi relato…



Publicado en spaces el 24 Octubre 2006

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Cuentacuentos 9: Tras la repentina muerte de Ángela

Tras la repentina muerte de Ángela nada en el mundo hizo constar que ella ya no estaba.
El planeta siguió girando, la noche dió paso al día, la lluvia cesó y el sol se hizo dueño del cielo.
Los niños siguieron yendo al colegio, los perros siguieron necesitando que los llevasen a pasear, y los gatos continuaron enseñoreandose de las casas de sus amos.
En la calle la gente continuaba con sus quehaceres diarios, y los coches, como no, siguieron llenando las calles con sus ensordecedores ruidos.
El día que murió Ángela, nada extraordinario pasó que indicase que había sucedido algo horrible.
Todo era igual que antes, pero para Pablo, todo era distinto, ya no lograba ver la magia que se desprendía de los destellos de luz en las gotas de rocío, ni podía oler en su jardín las gardenias que ella había plantado.
La música era la misma, pero él ya no la percibía igual de maravillosa, y los colores se le antojaban mucho menos alegres.
El día que ella murió todo parecía igual, y sin embargo, todo era totalmente distinto.
Tarde, tarde, tarde, problemas de todo tipo me han retrasado esta semana…
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Publicado en spaces el 19 octubre 2006
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Cuentacuentos 8: Era de noche, y sin embargo llovía

Era de noche, y sin embargo llovía una extraña luz en forma de pequeñas gotas de un blanco luminoso unas, de un millón de colores otras.
Se preguntó dónde estaba, pero todo era oscuro y confuso, todo, excepto los extraños destellos que llenaban su mente de fogonazos que tardaban demasiado en desaparecer.
Intentó recordar qué estaba haciendo antes de la aparición de las luces, pero no fue capaz, y de repente, quizá espoleado por el esfuerzo, apareció el dolor de cabeza, y las gotas de luz se convirtieron en diminutos cuchillos de luz que le traspasaban la conciencia llenándole de un indescriptible dolor.
Se llevó las manos a la cabeza para mitigar el sufrimiento, y fue entonces cuando descubrió que esa misma luz que le taladraba no iluminaba sus dedos, y empezó a sentir un miedo sordo y frío, que se le fue extendiendo desde la punta de los dedos por el resto de su cuerpo.
No podía distinguir las manos, y lo que es más, por mucho que se tapaba los ojos, la intensa luz persistía hiriendo sus sentidos, e intuía que eso no podía ser nada bueno.
Pensándolo mejor, y esforzándose en ignorar el dolor, recordó que lo último de lo que tenía clara constancia era de estar conduciendo su moto, una gran máquina de la que estaba muy orgulloso, pero era de día, un día muy soleado además, entonces, ¿por qué no veía más que esa oscuridad rota por rayos de dolorosa luz?
El pánico se apoderó de él e intentó frenéticamente moverse, pero algo lo tenía apresado, un peso enorme le impedía respirar en profundidad, detalle del que acababa de ser consciente, notó como su corazón empezaba a bombear demasiado rápido.
De repente a su lado apareció una extraña luz, diferente de las primeras que había visto, fijándose mejor, esa luz tenía una vaga forma humana, y a diferencia de las otras, no hería su maltrecha mente, sino que le reconfontaba de una manera indescriptible.
La figura desprendía una luz azulada, que de vez en cuando se perfilaba con un halo anaranjado.
No sabía quien ni qué era, pero una cosa sí sabía, no quería que se fuese, había traído esperanza a ese lugar donde se encontraba.
Fue consciente de que le quitaban el peso de encima, y de que por fín podía respirar a fondo, aunque ahora volvió el dolor, esta vez diferente, aunque lo acogió con alegría, si le dolía el cuerpo… debía ser porque estaba vivo… verdad?
La figura se acercó a él, y cogiéndole de la mano le dijo: «No te preocupes, ya estamos aquí, y no vamos a dejar que mueras, ahora, quédate quieto mientras te inmovilizamos el cuerpo, si lo has entendido, apriétame la mano»
Y con las últimas fuerzas que le quedaban, justo antes de caer inconsciente, apretó aquella mano.
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Ah… llega un poco tarde, pero es que estaba enfermita…
Publicado en spaces el 11 octubre 2006
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Cuentacuentos 7: Hacía frío aquella mañana

Hacía frío aquella mañana, empezaba el otoño, y llovía a mares, el típico día de estar en el sofá, arrebujado en una manta, y con una taza de café humeante para acompañar un buen libro.
A través del ventanal se veía el trajín propio de un día como aquel, cientos de coches de bocina rápida, niños con sus enormes mochilas corriendo para no llegar tarde al colegio, y un montón de gente más que iba de aquí para allá sin percatarse de lo que tenían a su alrededor, que no se enteraban de lo especialmente hermosa que era aquella mañana.
Sí, hacía frío, y llovía, pero era una mañana fabulosa, un día inusitadamente luminoso, algo bastante raro teniendo en cuenta el diluvio que estaba cayendo.
Se dió la vuelta y contempló el juego de luces que se creaba en la piel de la mujer que dormía plácidamente en la cama revuelta.
Los regueros de agua que resbalaban por el cristal hacían que la luz variase de intensidad, y creaban un interesante diseño que cambiaba a cada instante… sí, parecía que el agua resbalaba de alguna mágica manera por el cuerpo femenino, sin llegar a perturbar su sueño.
La observó con más atención, dormía de lado, con un brazo debajo de la almohada, y otro por encima, con la palma hacia abajo, como si la abrazase, un rizo caía por su mejilla mientras el resto estaba estirado por las sábanas, y en la boca una sonrisa de satisfacción que valía la pena poder presenciar, y respiraba tan plácidamente como si en lugar de allí estuviese en el mismo cielo.
La sábana perfilaba su forma de manera mucho más sugerente que si la hubiese estado viendo desnuda, y con aquella luz tan extraña, su piel parecía tener un tono nacarado.
Era, sin lugar a dudas, la mujer más bella que había dormido entre aquellas sábanas.
Sí, hacía frío, y llovía, pero era una mañana fabulosa, o quizá no lo fuese tanto, y solo la presencia de aquella mujer la hiciese tan especial.
Publicado en spaces el 02 octubre 2006