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Cuentacuentos 20: A veces mi alegría se convierte en desgracia

A veces mi alegría se convierte en desgracia, como si todos los hados del mundo se confabulasen en mi contra, y lo que en un momento dado me hacía saltar de alegría, en un abrir y cerrar de ojos se marchitaba y moría dejándome en el alma el regusto amargo de la pérdida.

Dicen los que leen mis libros que tengo un don para expresar la desesperación que asola a las personas en determinadas situaciones. Lo que ellos no saben es que ese no es un don con el que haya nacido, sino que me he visto obligada a aprenderlo a lo largo de mi existencia.

Una detrás de otra las desgracias se han abatido sobre mí, y lo curioso es que de cada emboscada que la vida me ha preparado, en vez de quedar derrotada y en ruínas he renacido más fuerte y con más determinación para seguir adelante.

Muchas veces he pensado que no podría seguir, que el camino se estaba haciendo demasiado arduo y difícil para unos pies tan maltrechos como los míos, y sin embargo, sacando fuerzas de donde otros no tendrían más que lágrimas he continuado el viaje.

Mi piel se endureció con amargura, mi corazón se parapetó tras un muro, y afronté el destino como éste me obligó a hacerlo, no esperando nada bueno por temor a la horrible forma en la que me sería arrebatado.

Ahogué la soledad con palabras que se abrieron camino en los corazones de cientos de desconocidos que alababan mis obras, ignorantes de la sangre y el dolor que me había costado cada letra.

Y ahora, en medio de este túnel de luz que por lo visto es el último tramo de mi viaje, solo puedo pensar en una cosa… en lo feliz que me haría poder enseñarle el dedo corazón bien levantado al guionista que escribió mi vida, porque finalmente, la última palabra y el punto final lo he colocado yo.


Publicado en Spaces el 14 enero 2007
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Cuentacuentos 19: Colocaba la trastienda cuando comenzaron a sonar las sirenas

Colocaba la trastienda cuando comenzaron a sonar las sirenas.
De sus manos resbaló una caja de galletas haciendo un ruido sordo al chocar contra el suelo, aunque ella apenas lo oyó, tan horrorizada estaba por el estruendo.

Correr al refugio, correr al refugio, no podía dejar de pensar en ello, pero como muchas veces antes le había pasado, sus piernas se negaron a moverse, dejándola clavada en la trastienda de su pequeña tienda de alimentación, con los dedos crispados aferrados a los anaqueles de madera pulidos por el uso.
De fuera se oía a la gente correr entre gritos ahogados, aunque no tantos como las primeras veces que los alaridos de las alarmas antiaéreas habían roto la tranquilidad de la ciudad.

No estaba en la calle, pero podía imaginar las caras de las madres que apretaban a sus hijos pequeños contra el pecho mientras intentaban calmar sus sollozos descontrolados.
O el de los ancianos, donde se escondía un terrible vacío, el de aquellos que saben que el fin está cerca pero esperan una muerte más tranquila que morir aplastados por sus propias casas en un bombardeo.
Veía las caritas infantiles, que en medio de su bendita inocencia saben que existe un peligro real, mucho más grande que las sombras que los acechan por las noches bajo los colchones.
Podía imaginar todo eso, pero sus piernas se negaban a moverse, y las sirenas seguían sonando.
Apretó los ojos un momento e intentó concentrar todas sus fuerzas en una sola cosa, salir corriendo.

Entonces por todas partes empezaron a explotar bombas, y solo pudo arrastrarse hasta una esquina y taparse los oídos con fuerza intentando alejar de su mente el horror, mientras edificio tras edificio sucumbía a las explosiones.


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Publicado en Spaces el 26 diciembre 2006
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Cuentacuentos 18: El sábado comenzará

El sábado comenzará su nueva vida, pero él no lo sabe, ignorante del destino que le voy a ofrecer.
Lo he decidido, debe ser mío, su sangre me llama, le necesito, llevo años esperándole.

Cada noche durante siglos he sentido un vacío dentro de mí, una ausencia de algo que no sabría describir.
En mi vida, qué irónica esa palabra, faltaba algo, y ya lo he encontrado.

Durante noches lo he acechado, asustada del sentimiento que me había provocado encontrarle.
Y el vacío se hizo necesidad salvaje, ahí estaba lo que había buscado, al alcance de mi mano.

Ansiaba tenerle, para mí, para siempre, apoderarme de él como mucho tiempo atrás otro me había poseído.
Presa de un frenesí como nunca había experimentado sentí crecer la sed en mi interior con la turbulencia de mis primeros años.

Pero esperé pacientemente, le observé moverse por la noche que es mi reino y que pronto será el suyo.
Ví en él la necesidad de algo más de lo que le ofrece la insulsa vida que lleva, la agonía por necesitar algo que cree no poder conseguir.

Y por eso será mío, porque puedo ofrecerle todo lo que busca, porque sus ojos me llaman, en mi está la respuesta.
Sé que él me espera, ha nacido para mí, me amará por lo que voy a ofrecerle, se rendirá a mí y nunca más estaré sola.

Este sábado renacerá a una existencia sin límites, sí, podré esperar, al fin y al cabo, tengo todo el tiempo del mundo.


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Publicado en Spaces el 24 diciembre 2006

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Cuentacuentos 17: El sonido de los árboles me tranquiliza

«El sonido de los árboles me tranquiliza, por eso vengo aquí.»
Es lo que le había dicho la primera vez que lo había traído, y él lo entendió al rato de estar allí, sentado bajo el mismo árbol que ahora le cobijaba.

No solo los árboles le daban un encanto sobrenatural al lugar, un pequeño arroyo cortaba el claro llenando el aire de un gorgoteo cristalino.
Además la luz se tamizaba entre las copas llenando el suelo de mil y un recortes de luz parpadeante.
Tambien el olor era especial, un aroma diferente a cualquier otro que hubiese olido nunca, una mezcla de fragancias agradables y otras repugnantes, pero que juntas resultaban tremendamente sugestivas.


Le había sorprendido mucho que le llevara al lugar donde ponía en orden sus ideas, para ser sincero le había sorprendido que tuviera un lugar para ello.

Aquella primera vez habían estado allí sentados horas, hablando, conociéndose como nunca habían conocido a nadie.

Aquella tarde empezaron muchas cosas, por eso era justo que también allí acabaran.

Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el tronco.
Al abrirlos estiró las manos y las contempló fijamente, un poco más allá de sus pies una parcela de tierra recien removida destacaba entre la hierba brillante de gotas de rocío.

Se tapó la cara con las manos y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas manchándolas de sangre diluida.

Sí, era justo que todo acabase donde había comenzado.


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Publicado en Spaces el 23 diciembre 2006

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Cuentacuentos 16: Cierra los ojos por un momento

Cierra los ojos por un momento como para evitar un golpe, no un golpe real, más bien un puñetazo a sus sentidos.
Los vuelve a abrir, y comprueba que a pesar de todo, cada cosa sigue donde estaba.

Algo va mal, algo va muy muy mal, pero no acaba de descubrir qué es.

Aparentemente todo es como debería ser, pero en el fondo de su corazón sabe que no es así.
Entorna los ojos y vuelve a echar un vistazo a todo, sí, definitivamente, todo está en su sitio, pero ella, en el fondo sabe que hay algo terriblemente absurdo en el conjunto.

Intenta serenarse, respira profundamente un par de veces…
Pero el oscuro sentimiento no desaparece, sigue ahí, clavándole sus afiladas uñas de incertidumbre en el corazón.

Empieza a dar vueltas por la habitación, se para en cada esquina para observarla desde distintos puntos de vista.
Cuanto más anda… más segura está de que nada ha cambiado, pero a la vez está más convencida de que tiene sobrados motivos para sentirse como se siente.

Empieza a percibir sutiles cambios por el rabillo del ojo, pero cuando enfoca la vista, no hay nada diferente.

Siente que empieza a apoderarse de ella el pánico.

De repente, se apoya contra la pared, y abre los ojos desmesuradamente.
El color abandona su cara, y las manos le empiezan a temblar descontroladas.

Ha descubierto qué pasa en la habitación.

Y no, no es nada bueno.


Publicado en Spaces el 05 diciembre 2006

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Cuentacuentos 15: Las palabras vuelan, lo escrito permanece

– Las palabras vuelan, lo escrito permanece, Laura.

¿Cuántas veces me habría repetido eso mismo mi abuelo en aquella misma biblioteca?

Había pasado mucho tiempo desde que me había llevado a aquella habitación de la casa por primera vez.

Los veranos en aquella época eran especiales, porque al igual que las Navidades las pasaba en casa de los abuelos en su pequeño pueblo entre montañas.

Y allí disfrutaba de una libertad con la que, en la ciudad en la que vivía, no me atrevía ni a soñar.

Sin embargo, aquel verano era diferente, y así se lo anuncié al abuelo nada más bajarme del coche de mis padres:

– ¡Abuelo! ¡Ya sé leer, ya se leer! ¿Quieres que te lo demuestre?

Él me cogió entonces de la mano y me dijo:

– Entonces creo que te voy a enseñar algo que te va a encantar.

Subimos las escaleras de madera, las mismas desgastadas escaleras que acababa de dejar atrás, y abriendo las puertas labradas me descubrió una habitación cubierta de estanterías oscuras repletas de libros.

Y arrodillándose a mi lado, me dijo la frase que me repetiría muchas veces en los años posteriores:

– Las palabras vuelan, lo escrito permanece, Laura, y estás a punto de descubrirlo.

En aquel momento no me di cuenta del enorme regalo que mi abuelo me acababa de ofrecer.

Despues me explicó que en las estanterías de abajo, estaban los libros para niños, libros que había ido comprando a mi padre y a mis tíos, cuando estos habían aprendido a leer.

También me dijo que podía cogerlos siempre y cuando los tratase con cariño, y luego los volviese a colocar en su sitio.

– Estropear un libro es algo horrible Laura, un libro es algo sagrado, algo que perdura despues de que la mano que la escribió desaparezca para siempre.

No acabé de comprender estas palabras hasta muchos años despues, pero me di cuenta de que si los libros eran tan especiales para mi abuelo, yo debía serlo también porque me estaba dando permiso para leerlos.

Luego me explicó que cuando me fuese haciendo mayor me iría dejando los libros de más arriba, que todavía eran muy difíciles para mi.

Cogió un ejemplar muy desgastado, con las esquinas un poco dobladas y me dijo:

– Este es el primer libro que le regalé a tu padre, me gustaría que fuera el primero de mi biblioteca que leyeses.

Recuerdo que lo abracé como si fuese un tesoro, me senté en uno de las butacas que había y empecé a leer.

A lo largo de este tiempo, me he sentido muchas veces envuelta en la magia de un libro, pero nunca con la intensidad con la que lo hice aquella tarde.

Y volvía a pisar aquella biblioteca, pero aquel día mi abuelo no estaba para decirme las palabras mágicas que habían guiado mi vida hasta entonces:

– Las palabras vuelan, lo escrito permanece, Laura.

Cogí el último libro que mi abuelo había estado leyendo, lo abrí con el mismo cariño con el que él lo habría hecho.

Un papel doblado se escurrió de entre las páginas, y cayó a mis pies.

Durante un par de minutos permanecí inmóvil, con la mirada fija en aquel papel, sin poder moverme.

Me senté en el suelo a su lado, sin saber si debería leer o no el contenido.

Me han pasado muchas cosas despues de aquello, pero nunca jamás lloré tanto como lo hice aquella tarde.

Publicado en Spaces el 28 noviembre 2006

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Cuentacuentos 14: El centro comercial había quedado en penumbra

El centro comercial había quedado en penumbra.
Las luces se habían apagado, y por los pasillos solo paseaba de vez en cuando el guarda de seguridad.
La última cajera salió de los vestuarios de personal abrochándose el abrigo. Saludó al guardia de seguridad, que la observó alejarse, y luego siguió con su ronda nocturna entre pasillos iluminados por neveras repletas de yogures bajos en calorías.

La cajera salió por la puerta de empleados con las llaves de su coche ya en la mano.
Un pequeño Ford Fiesta rojo, un modelo bastante antiguo.
No le gustaba salir tan tarde, pero cosas del trabajo, había tenido un problema con la caja, y repetir tres veces la recaudación llevaba mucho tiempo.

La cena ya estaría fría, ya casi no recordaba lo que era cenar en compañía…
No echaba de menos cenar con su padre, no, la verdad agradecía no tener que soportar sus incoherencias de borracho, pero le daba pena dejar a su madre sola con aquel energúmeno.

Giró la llave en el contacto, pero despues de un ruído y un par de sacudidas, aquello siguió sin encenderse.
Volvió a intentarlo, pero nada, el mismo resultado.
Una tercera vez, y nada.

Decididamente, las desgracias nunca venían solas, aquella no era su noche, eso estaba claro.

Decidió llamar a un taxi. Lo haría desde dentro, el enorme aparcamiento del centro comercial siempre le daba escalofríos, una nunca sabía de detrás de qué columna podía salir alguien.

Entró y con las prisas casi atropella al pobre guarda de seguridad, que en el último momento logró cogerla y evitar una dolorosa caída.

Era un chico más o menos de su edad, llevaba poco tiempo en la empresa, y cada vez que ella le sonreía, se ruborizaba.

Le observó mientras la compañía de taxis que le informaba de que debido a no sé qué partido tenían el servicio colapsado y tardaría al menos 30 minutos en quedar uno libre.

Colgó con resignación, y se dispuso a esperar aburrida.
Despues de un rato de silencio pensó que podría intentar charlar con el guarda, que la miraba con las manos en los bolsillos, nervioso.

Aquella noche la cajera descubrió que la supuesta mala suerte podía ser en realidad un golpe de fortuna, y también que finalmente, aquella era la noche que había estado esperando durante años.

Tarde no, tardísimo, pero bueno, cosas de la vida.
Ah! y pequeña ayudita en el final por parte de JT
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Publicado en spaces el 24 noviembre 2006

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Cuentacuentos 13: Las cálidas alas de un ángel acariciaban mi rostro


Las cálidas alas de un ángel acariciaban mi rostro.

La habitación atestada de libros y sombras amenazadoras se fue diluyendo poco a poco.

La tierna caricia fue trasladándose hacia las orejas, y allí se convirtió en un cálido aliento.

Ya no quedaba ningún libro, y las sombras retrocedieron, todo lo oscuro empezó a teñirse de verde.

Empecé a notar un cosquilleo húmedo que viajaba a lo largo de mi cuello.

Y de lo que eran estanterías vacías empezaron a surgir árboles que se mecían con la brisa.

De mi garganta empezaron a surgir gemidos entrecortadas.

Y la alfombra se convirtió en una amplia extensión de fresca y brillante hierba.

Noté como algo se deslizaba sobre la piel desnuda de mis hombros.

Y los papeles arrugados que antes había estallaron en diminutas flores entre la hierba.

Algo cálido y húmedo empezó a recorrer mi pecho.

Y el sonido que antes era de tic tac desenfrenado se transformó en el canto de miles de pájaros.

Una caricia invisible separó mis piernas mientras la calidez me inundaba.

Y el techo poblado de sombras se quebró para dar paso a un cielo de azul intenso.

Noté un contacto insistente en los labios que me empezaba a despertar, mientras que la suavidad de la seda me acariciaba la cara interna de los muslos, y cuando abrí los ojos te vi inclinado sobre mi, besándome, despertándome para darme los buenos días como solo tú sabes hacer.

Y con una gloriosa explosión de sensaciones, alejaste, por fin, los últimos retazos de la horrible pesadilla que me atrapaba.


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Publicado en Spacesl el 14 noviembre 2006

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Cuentacuentos 12: Esta noche, a las doce en punto

«Esta noche, a las doce en punto… el ayuntamiento procederá a inaugurar la nueva iluminación de la Real Colegiata…»

Ana suspiró con resignación mientras apagaba la radio. Pensó en la cantidad de mejoras que podrían hacerse en la ciudad con el dinero que habían costado las reformas para la iluminación, y con todo el dinero que se gastaría inútilmente en electricidad.

Já, ella, para poder pagar las facturas tenía que hacer horas extras hasta las 12, justo la hora en la que el querido ayuntamiento procedería a proclamar al mundo que le sobraba el dinero para iluminar la ciudad como si fuese de día.

Ana trabajó hasta que dieron las 23:35, entonces decidió que ya estaba cansada, cogió su abrigo y el bolso, y a las 23:45 bajaba los últimos escalones de la entrada del imponente edificio de oficinas.

La calle estaba inusualmente vacía, había muchísimos sitios donde aparcar, cosa que era muy extraña en aquella zona.
Decidió ir caminando, ya que su pequeño piso estaba bastante cerca.
En el primer paso de peatones, despues de esperar a que se pusiese en verde, se dio cuenta de que no había pasado ni un solo coche… y aquello sí que era raro.
Cinco minutos despues advirtió que no se había cruzado con nadie… ¿acaso todo el mundo estaba en la dichosa inauguración?

Empezó a sentirse nerviosa, y a darse cuenta de que su casa no estaba tan cerca del trabajo como siempre había pensado.
Los tacones empezaron a hacerle daño, y por más que intentaba apurar el paso, no conseguía caminar más deprisa.

Y de repente, la luz desapareció, en las farolas quedaba esa bruma luminosa que se va apagando poco a poco.
Se quedó petrificada, con los nervios en tensión y la respiración contenida, casi a punto de empezar a gritar.

La luz de la luna llena iluminaba un poco, pero los edificios conseguían tapar casi por completo esa débil claridad.
Sacó el móvil del bolso, y se alegró de que la pantalla se ofreciese el consuelo de su pequeño recuadro de luz azulada.
Las 00:01, macaban los dígitos.
«Inconmpetentes» pensó, «ya se han cargado la red con la mierda de la iluminación nueva»
Se alegró de no haber decidido coger el metro.

Súbitamente, de una de las calles perpendiculares surgió una risita que le heló el corazón.
Empezó a correr desbocada rezando para no caerse por ninguna boca de metro.
No había llegado a la esquina, cuando tropezó en un agujero del pavimento y cayó de bruces.
Se golpeó las rodillas, oyó un crugido en la muñeca derecha.

Y volvió a oir la risa, esta vez acompañada de un sonido de carreras.
La luz de las farolas volvió poco a poco, no así la de los edificios colindantes, y fue entonces cuando vió una sombra alargada deslizándose por una fachada.

Se incorporó y volvió a correr, presa del pánico. Cruzó la calle sin mirar, pero allí seguía sin haber ni un solo coche.

Por fin divisó su portal, y buscó frenéticamente las llaves en el bolso.
Tocó el paquete de pañuelos, el de chicles, la botellita de colirio… como una posesa empezó a tirar todo lo que sacaba, un tiquet del súper, un bolígrafo… un pintalabios… y al final tocó un manojo de llaves.

«No puedessss esssscaparrrrr«

Un grito desgarrado salió de su garganta al oir como le susurraban al oído, notando un aliento helado en su cuello.

¡¿Por qué demonios tenía tantas llaves?! Con los dedos agarrotados buscó enloquecida la llave verde que abría el portal.
Cuando consiguió encajarla abrió y se metió dentro cerrando la puerta tras de sí.

Con los ojos desorbitados empezó a caminar de espaldas hacia la escalera. Algo duro le tocó el espinazo, y notó como la sangre se le espesaba en las venas, se giró lentamente y vió que era el arranque del pasamanos.
Empezó a subir de dos en dos los escalones hasta que tropezó golpeándose fuertemente la cara con un escalón.
Se encogió y notó el sabor salado de la sangre corriéndole por los labios.

«Nooooooooo, no puedessssss ssssstúpida«

Se arrastró hasta su descansillo entre risitas que la llenaban de espanto y pasos que subían las escaleras tras ella.
Consiguió entrar en su piso, cerró la puerta con llave y pasó la cadena.

Espantada vió como la manilla de la puerta, iluminado débilmente con un rayo de luz que entraba por la ventana del salón, empezaba a girar.

«No puedesss sscapar de lo que essstá dentro de tí Anaaaaaa«

Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas ensangrentadas cuando notó que una frialdad mortal empezaba a agarrotarle el brazo derecho mientras un dolor punzante le traspasaba el corazón.

«Resuelto el apagón producido por fallo técnico ayer en la inauguración del nuevo alumbrado de la Real Colegiata…»

«SUCESOS: aparece muerta una mujer, A.M.S. en su piso de la calle Mariscal, fuentes policiales barajan el fallo cardíaco, anque las lesiones faciales y en muñeca y rodillas aún están sin esclarecer por lo que el caso sigue abierto»

«El día se espera soleado, y desde Radio Noticias seguiremos informándoles de todo lo que pase en la ciudad»

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Publicado en spaces el 07 noviembre 2006

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Cuentacuentos 11: La niña se perdía dulcemente en su vida

La niña se perdía dulcemente en su vida de juegos. Allí estaba entretenida jugando a las canicas con otros niños de la urbanización.
Siguió caminando por el jardín, y echando un vistazo hacia atrás vió salir a una mujer de la casa con una bandeja de bocadillos y vasos de zumo, que seguramente acababa de exprimir, llamando a los niños que la alcanzaron entre risas.
Sobrepasó los rosales, y llegando al final de la tapia se arrodilló.
Al otro lado del muro se oía la voz de una muchacha a la que segundos más tarde se unió la de un chico, mantenían una fingida discusión que acabó entre gritos ahogados y risitas nerviosas.

La mujer sonrió recordando su propia juventud, aquellas tardes de primavera, las miradas, los primeros besos…

Pensó que ya no era una niña que jugaba ajena a los peligros que esperaban fuera de los protectores muros de su casa, ni una jovencita que aprendía lo que era el amor, ni siquiera una mujer joven que tenía toda una vida por delante.


No había publicado ningún libro, aunque ciertamente sí que había escrito un tomo largo y extenso de la historia de su propia vida.
Volviendo la vista por segunda vez contempló a su familia.


Con estos pensamientos en la cabeza sonrió mientras la tierra recién removida se le colaba por las arrugas de sus dedos.

Despues de presionar alrededor del frágil tronco de un pequeño almendro se levantó y contempló el resultado.


Ciertamente, la suya había sido una vida intensa y bien aprovechada.




Publicado en spaces el 31 Octubre 2006