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Cuentacuentos 16: Cierra los ojos por un momento

Cierra los ojos por un momento como para evitar un golpe, no un golpe real, más bien un puñetazo a sus sentidos.
Los vuelve a abrir, y comprueba que a pesar de todo, cada cosa sigue donde estaba.

Algo va mal, algo va muy muy mal, pero no acaba de descubrir qué es.

Aparentemente todo es como debería ser, pero en el fondo de su corazón sabe que no es así.
Entorna los ojos y vuelve a echar un vistazo a todo, sí, definitivamente, todo está en su sitio, pero ella, en el fondo sabe que hay algo terriblemente absurdo en el conjunto.

Intenta serenarse, respira profundamente un par de veces…
Pero el oscuro sentimiento no desaparece, sigue ahí, clavándole sus afiladas uñas de incertidumbre en el corazón.

Empieza a dar vueltas por la habitación, se para en cada esquina para observarla desde distintos puntos de vista.
Cuanto más anda… más segura está de que nada ha cambiado, pero a la vez está más convencida de que tiene sobrados motivos para sentirse como se siente.

Empieza a percibir sutiles cambios por el rabillo del ojo, pero cuando enfoca la vista, no hay nada diferente.

Siente que empieza a apoderarse de ella el pánico.

De repente, se apoya contra la pared, y abre los ojos desmesuradamente.
El color abandona su cara, y las manos le empiezan a temblar descontroladas.

Ha descubierto qué pasa en la habitación.

Y no, no es nada bueno.


Publicado en Spaces el 05 diciembre 2006

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Cuentacuentos 15: Las palabras vuelan, lo escrito permanece

– Las palabras vuelan, lo escrito permanece, Laura.

¿Cuántas veces me habría repetido eso mismo mi abuelo en aquella misma biblioteca?

Había pasado mucho tiempo desde que me había llevado a aquella habitación de la casa por primera vez.

Los veranos en aquella época eran especiales, porque al igual que las Navidades las pasaba en casa de los abuelos en su pequeño pueblo entre montañas.

Y allí disfrutaba de una libertad con la que, en la ciudad en la que vivía, no me atrevía ni a soñar.

Sin embargo, aquel verano era diferente, y así se lo anuncié al abuelo nada más bajarme del coche de mis padres:

– ¡Abuelo! ¡Ya sé leer, ya se leer! ¿Quieres que te lo demuestre?

Él me cogió entonces de la mano y me dijo:

– Entonces creo que te voy a enseñar algo que te va a encantar.

Subimos las escaleras de madera, las mismas desgastadas escaleras que acababa de dejar atrás, y abriendo las puertas labradas me descubrió una habitación cubierta de estanterías oscuras repletas de libros.

Y arrodillándose a mi lado, me dijo la frase que me repetiría muchas veces en los años posteriores:

– Las palabras vuelan, lo escrito permanece, Laura, y estás a punto de descubrirlo.

En aquel momento no me di cuenta del enorme regalo que mi abuelo me acababa de ofrecer.

Despues me explicó que en las estanterías de abajo, estaban los libros para niños, libros que había ido comprando a mi padre y a mis tíos, cuando estos habían aprendido a leer.

También me dijo que podía cogerlos siempre y cuando los tratase con cariño, y luego los volviese a colocar en su sitio.

– Estropear un libro es algo horrible Laura, un libro es algo sagrado, algo que perdura despues de que la mano que la escribió desaparezca para siempre.

No acabé de comprender estas palabras hasta muchos años despues, pero me di cuenta de que si los libros eran tan especiales para mi abuelo, yo debía serlo también porque me estaba dando permiso para leerlos.

Luego me explicó que cuando me fuese haciendo mayor me iría dejando los libros de más arriba, que todavía eran muy difíciles para mi.

Cogió un ejemplar muy desgastado, con las esquinas un poco dobladas y me dijo:

– Este es el primer libro que le regalé a tu padre, me gustaría que fuera el primero de mi biblioteca que leyeses.

Recuerdo que lo abracé como si fuese un tesoro, me senté en uno de las butacas que había y empecé a leer.

A lo largo de este tiempo, me he sentido muchas veces envuelta en la magia de un libro, pero nunca con la intensidad con la que lo hice aquella tarde.

Y volvía a pisar aquella biblioteca, pero aquel día mi abuelo no estaba para decirme las palabras mágicas que habían guiado mi vida hasta entonces:

– Las palabras vuelan, lo escrito permanece, Laura.

Cogí el último libro que mi abuelo había estado leyendo, lo abrí con el mismo cariño con el que él lo habría hecho.

Un papel doblado se escurrió de entre las páginas, y cayó a mis pies.

Durante un par de minutos permanecí inmóvil, con la mirada fija en aquel papel, sin poder moverme.

Me senté en el suelo a su lado, sin saber si debería leer o no el contenido.

Me han pasado muchas cosas despues de aquello, pero nunca jamás lloré tanto como lo hice aquella tarde.

Publicado en Spaces el 28 noviembre 2006

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Cuentacuentos 14: El centro comercial había quedado en penumbra

El centro comercial había quedado en penumbra.
Las luces se habían apagado, y por los pasillos solo paseaba de vez en cuando el guarda de seguridad.
La última cajera salió de los vestuarios de personal abrochándose el abrigo. Saludó al guardia de seguridad, que la observó alejarse, y luego siguió con su ronda nocturna entre pasillos iluminados por neveras repletas de yogures bajos en calorías.

La cajera salió por la puerta de empleados con las llaves de su coche ya en la mano.
Un pequeño Ford Fiesta rojo, un modelo bastante antiguo.
No le gustaba salir tan tarde, pero cosas del trabajo, había tenido un problema con la caja, y repetir tres veces la recaudación llevaba mucho tiempo.

La cena ya estaría fría, ya casi no recordaba lo que era cenar en compañía…
No echaba de menos cenar con su padre, no, la verdad agradecía no tener que soportar sus incoherencias de borracho, pero le daba pena dejar a su madre sola con aquel energúmeno.

Giró la llave en el contacto, pero despues de un ruído y un par de sacudidas, aquello siguió sin encenderse.
Volvió a intentarlo, pero nada, el mismo resultado.
Una tercera vez, y nada.

Decididamente, las desgracias nunca venían solas, aquella no era su noche, eso estaba claro.

Decidió llamar a un taxi. Lo haría desde dentro, el enorme aparcamiento del centro comercial siempre le daba escalofríos, una nunca sabía de detrás de qué columna podía salir alguien.

Entró y con las prisas casi atropella al pobre guarda de seguridad, que en el último momento logró cogerla y evitar una dolorosa caída.

Era un chico más o menos de su edad, llevaba poco tiempo en la empresa, y cada vez que ella le sonreía, se ruborizaba.

Le observó mientras la compañía de taxis que le informaba de que debido a no sé qué partido tenían el servicio colapsado y tardaría al menos 30 minutos en quedar uno libre.

Colgó con resignación, y se dispuso a esperar aburrida.
Despues de un rato de silencio pensó que podría intentar charlar con el guarda, que la miraba con las manos en los bolsillos, nervioso.

Aquella noche la cajera descubrió que la supuesta mala suerte podía ser en realidad un golpe de fortuna, y también que finalmente, aquella era la noche que había estado esperando durante años.

Tarde no, tardísimo, pero bueno, cosas de la vida.
Ah! y pequeña ayudita en el final por parte de JT
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Publicado en spaces el 24 noviembre 2006

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Cuentacuentos 13: Las cálidas alas de un ángel acariciaban mi rostro


Las cálidas alas de un ángel acariciaban mi rostro.

La habitación atestada de libros y sombras amenazadoras se fue diluyendo poco a poco.

La tierna caricia fue trasladándose hacia las orejas, y allí se convirtió en un cálido aliento.

Ya no quedaba ningún libro, y las sombras retrocedieron, todo lo oscuro empezó a teñirse de verde.

Empecé a notar un cosquilleo húmedo que viajaba a lo largo de mi cuello.

Y de lo que eran estanterías vacías empezaron a surgir árboles que se mecían con la brisa.

De mi garganta empezaron a surgir gemidos entrecortadas.

Y la alfombra se convirtió en una amplia extensión de fresca y brillante hierba.

Noté como algo se deslizaba sobre la piel desnuda de mis hombros.

Y los papeles arrugados que antes había estallaron en diminutas flores entre la hierba.

Algo cálido y húmedo empezó a recorrer mi pecho.

Y el sonido que antes era de tic tac desenfrenado se transformó en el canto de miles de pájaros.

Una caricia invisible separó mis piernas mientras la calidez me inundaba.

Y el techo poblado de sombras se quebró para dar paso a un cielo de azul intenso.

Noté un contacto insistente en los labios que me empezaba a despertar, mientras que la suavidad de la seda me acariciaba la cara interna de los muslos, y cuando abrí los ojos te vi inclinado sobre mi, besándome, despertándome para darme los buenos días como solo tú sabes hacer.

Y con una gloriosa explosión de sensaciones, alejaste, por fin, los últimos retazos de la horrible pesadilla que me atrapaba.


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Publicado en Spacesl el 14 noviembre 2006

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Cuentacuentos 12: Esta noche, a las doce en punto

«Esta noche, a las doce en punto… el ayuntamiento procederá a inaugurar la nueva iluminación de la Real Colegiata…»

Ana suspiró con resignación mientras apagaba la radio. Pensó en la cantidad de mejoras que podrían hacerse en la ciudad con el dinero que habían costado las reformas para la iluminación, y con todo el dinero que se gastaría inútilmente en electricidad.

Já, ella, para poder pagar las facturas tenía que hacer horas extras hasta las 12, justo la hora en la que el querido ayuntamiento procedería a proclamar al mundo que le sobraba el dinero para iluminar la ciudad como si fuese de día.

Ana trabajó hasta que dieron las 23:35, entonces decidió que ya estaba cansada, cogió su abrigo y el bolso, y a las 23:45 bajaba los últimos escalones de la entrada del imponente edificio de oficinas.

La calle estaba inusualmente vacía, había muchísimos sitios donde aparcar, cosa que era muy extraña en aquella zona.
Decidió ir caminando, ya que su pequeño piso estaba bastante cerca.
En el primer paso de peatones, despues de esperar a que se pusiese en verde, se dio cuenta de que no había pasado ni un solo coche… y aquello sí que era raro.
Cinco minutos despues advirtió que no se había cruzado con nadie… ¿acaso todo el mundo estaba en la dichosa inauguración?

Empezó a sentirse nerviosa, y a darse cuenta de que su casa no estaba tan cerca del trabajo como siempre había pensado.
Los tacones empezaron a hacerle daño, y por más que intentaba apurar el paso, no conseguía caminar más deprisa.

Y de repente, la luz desapareció, en las farolas quedaba esa bruma luminosa que se va apagando poco a poco.
Se quedó petrificada, con los nervios en tensión y la respiración contenida, casi a punto de empezar a gritar.

La luz de la luna llena iluminaba un poco, pero los edificios conseguían tapar casi por completo esa débil claridad.
Sacó el móvil del bolso, y se alegró de que la pantalla se ofreciese el consuelo de su pequeño recuadro de luz azulada.
Las 00:01, macaban los dígitos.
«Inconmpetentes» pensó, «ya se han cargado la red con la mierda de la iluminación nueva»
Se alegró de no haber decidido coger el metro.

Súbitamente, de una de las calles perpendiculares surgió una risita que le heló el corazón.
Empezó a correr desbocada rezando para no caerse por ninguna boca de metro.
No había llegado a la esquina, cuando tropezó en un agujero del pavimento y cayó de bruces.
Se golpeó las rodillas, oyó un crugido en la muñeca derecha.

Y volvió a oir la risa, esta vez acompañada de un sonido de carreras.
La luz de las farolas volvió poco a poco, no así la de los edificios colindantes, y fue entonces cuando vió una sombra alargada deslizándose por una fachada.

Se incorporó y volvió a correr, presa del pánico. Cruzó la calle sin mirar, pero allí seguía sin haber ni un solo coche.

Por fin divisó su portal, y buscó frenéticamente las llaves en el bolso.
Tocó el paquete de pañuelos, el de chicles, la botellita de colirio… como una posesa empezó a tirar todo lo que sacaba, un tiquet del súper, un bolígrafo… un pintalabios… y al final tocó un manojo de llaves.

«No puedessss esssscaparrrrr«

Un grito desgarrado salió de su garganta al oir como le susurraban al oído, notando un aliento helado en su cuello.

¡¿Por qué demonios tenía tantas llaves?! Con los dedos agarrotados buscó enloquecida la llave verde que abría el portal.
Cuando consiguió encajarla abrió y se metió dentro cerrando la puerta tras de sí.

Con los ojos desorbitados empezó a caminar de espaldas hacia la escalera. Algo duro le tocó el espinazo, y notó como la sangre se le espesaba en las venas, se giró lentamente y vió que era el arranque del pasamanos.
Empezó a subir de dos en dos los escalones hasta que tropezó golpeándose fuertemente la cara con un escalón.
Se encogió y notó el sabor salado de la sangre corriéndole por los labios.

«Nooooooooo, no puedessssss ssssstúpida«

Se arrastró hasta su descansillo entre risitas que la llenaban de espanto y pasos que subían las escaleras tras ella.
Consiguió entrar en su piso, cerró la puerta con llave y pasó la cadena.

Espantada vió como la manilla de la puerta, iluminado débilmente con un rayo de luz que entraba por la ventana del salón, empezaba a girar.

«No puedesss sscapar de lo que essstá dentro de tí Anaaaaaa«

Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas ensangrentadas cuando notó que una frialdad mortal empezaba a agarrotarle el brazo derecho mientras un dolor punzante le traspasaba el corazón.

«Resuelto el apagón producido por fallo técnico ayer en la inauguración del nuevo alumbrado de la Real Colegiata…»

«SUCESOS: aparece muerta una mujer, A.M.S. en su piso de la calle Mariscal, fuentes policiales barajan el fallo cardíaco, anque las lesiones faciales y en muñeca y rodillas aún están sin esclarecer por lo que el caso sigue abierto»

«El día se espera soleado, y desde Radio Noticias seguiremos informándoles de todo lo que pase en la ciudad»

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Publicado en spaces el 07 noviembre 2006

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Cuentacuentos 11: La niña se perdía dulcemente en su vida

La niña se perdía dulcemente en su vida de juegos. Allí estaba entretenida jugando a las canicas con otros niños de la urbanización.
Siguió caminando por el jardín, y echando un vistazo hacia atrás vió salir a una mujer de la casa con una bandeja de bocadillos y vasos de zumo, que seguramente acababa de exprimir, llamando a los niños que la alcanzaron entre risas.
Sobrepasó los rosales, y llegando al final de la tapia se arrodilló.
Al otro lado del muro se oía la voz de una muchacha a la que segundos más tarde se unió la de un chico, mantenían una fingida discusión que acabó entre gritos ahogados y risitas nerviosas.

La mujer sonrió recordando su propia juventud, aquellas tardes de primavera, las miradas, los primeros besos…

Pensó que ya no era una niña que jugaba ajena a los peligros que esperaban fuera de los protectores muros de su casa, ni una jovencita que aprendía lo que era el amor, ni siquiera una mujer joven que tenía toda una vida por delante.


No había publicado ningún libro, aunque ciertamente sí que había escrito un tomo largo y extenso de la historia de su propia vida.
Volviendo la vista por segunda vez contempló a su familia.


Con estos pensamientos en la cabeza sonrió mientras la tierra recién removida se le colaba por las arrugas de sus dedos.

Despues de presionar alrededor del frágil tronco de un pequeño almendro se levantó y contempló el resultado.


Ciertamente, la suya había sido una vida intensa y bien aprovechada.




Publicado en spaces el 31 Octubre 2006
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Cuentacuentos 10: Aura es una mujer

Aura es una mujer hermosa, de eso no cabe duda, de hecho, muchos no dudarían en calificar su belleza de perfecta.


Desde sus bien formados pies, hasta la punta de sus sedosos cabellos rubios, toda ella es como sacada de un sueño.
Sus manos, de dedos finos y suaves, hechas para acariciar, su ojos, de un increíble color azul, sus labios de suave tono rosado.
Su piel tan perfecta que incluso parece resplandecer con brillo dorado cuando los rayos de sol, en actitud adoradora la bañan.
Incluso sus movimientos se empeñan en hacerla parecer hija de los mismos dioses, en ocasiones semeja que no es ella la que se mueve, sino que la tierra es la que gira para hacerla llegar adonde desea.

La primera vez que oí su voz, ésta se me coló hasta el más hondo rincón de mi ser, no tiene nada de extraño pues, que con un par de palabras pueda conseguir todo lo que desea, e incluso que el resto de simples mortales nos sintamos tremendamente honrados de complacerla.


Aura es hermosa, es perfecta, es lo más parecido a un ser sobrenatural que cualquiera puede conocer.
Y sin embargo, al igual que la Venus de Milo, Aura es fría y distante, y su corazón parece tallado del mármol más duro.


Por eso, mientras salgo para no volver más de su cama, no siento la más mínima tristeza por la despedida, si acaso me arrepiento de haberla tenido, porque Aura, al igual que las obras de arte, está en el mundo solo para que los demás podamos contemplarla



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Una semana más, llega tarde mi relato…



Publicado en spaces el 24 Octubre 2006

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Cuentacuentos 9: Tras la repentina muerte de Ángela

Tras la repentina muerte de Ángela nada en el mundo hizo constar que ella ya no estaba.
El planeta siguió girando, la noche dió paso al día, la lluvia cesó y el sol se hizo dueño del cielo.
Los niños siguieron yendo al colegio, los perros siguieron necesitando que los llevasen a pasear, y los gatos continuaron enseñoreandose de las casas de sus amos.
En la calle la gente continuaba con sus quehaceres diarios, y los coches, como no, siguieron llenando las calles con sus ensordecedores ruidos.
El día que murió Ángela, nada extraordinario pasó que indicase que había sucedido algo horrible.
Todo era igual que antes, pero para Pablo, todo era distinto, ya no lograba ver la magia que se desprendía de los destellos de luz en las gotas de rocío, ni podía oler en su jardín las gardenias que ella había plantado.
La música era la misma, pero él ya no la percibía igual de maravillosa, y los colores se le antojaban mucho menos alegres.
El día que ella murió todo parecía igual, y sin embargo, todo era totalmente distinto.
Tarde, tarde, tarde, problemas de todo tipo me han retrasado esta semana…
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Publicado en spaces el 19 octubre 2006
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Cuentacuentos 8: Era de noche, y sin embargo llovía

Era de noche, y sin embargo llovía una extraña luz en forma de pequeñas gotas de un blanco luminoso unas, de un millón de colores otras.
Se preguntó dónde estaba, pero todo era oscuro y confuso, todo, excepto los extraños destellos que llenaban su mente de fogonazos que tardaban demasiado en desaparecer.
Intentó recordar qué estaba haciendo antes de la aparición de las luces, pero no fue capaz, y de repente, quizá espoleado por el esfuerzo, apareció el dolor de cabeza, y las gotas de luz se convirtieron en diminutos cuchillos de luz que le traspasaban la conciencia llenándole de un indescriptible dolor.
Se llevó las manos a la cabeza para mitigar el sufrimiento, y fue entonces cuando descubrió que esa misma luz que le taladraba no iluminaba sus dedos, y empezó a sentir un miedo sordo y frío, que se le fue extendiendo desde la punta de los dedos por el resto de su cuerpo.
No podía distinguir las manos, y lo que es más, por mucho que se tapaba los ojos, la intensa luz persistía hiriendo sus sentidos, e intuía que eso no podía ser nada bueno.
Pensándolo mejor, y esforzándose en ignorar el dolor, recordó que lo último de lo que tenía clara constancia era de estar conduciendo su moto, una gran máquina de la que estaba muy orgulloso, pero era de día, un día muy soleado además, entonces, ¿por qué no veía más que esa oscuridad rota por rayos de dolorosa luz?
El pánico se apoderó de él e intentó frenéticamente moverse, pero algo lo tenía apresado, un peso enorme le impedía respirar en profundidad, detalle del que acababa de ser consciente, notó como su corazón empezaba a bombear demasiado rápido.
De repente a su lado apareció una extraña luz, diferente de las primeras que había visto, fijándose mejor, esa luz tenía una vaga forma humana, y a diferencia de las otras, no hería su maltrecha mente, sino que le reconfontaba de una manera indescriptible.
La figura desprendía una luz azulada, que de vez en cuando se perfilaba con un halo anaranjado.
No sabía quien ni qué era, pero una cosa sí sabía, no quería que se fuese, había traído esperanza a ese lugar donde se encontraba.
Fue consciente de que le quitaban el peso de encima, y de que por fín podía respirar a fondo, aunque ahora volvió el dolor, esta vez diferente, aunque lo acogió con alegría, si le dolía el cuerpo… debía ser porque estaba vivo… verdad?
La figura se acercó a él, y cogiéndole de la mano le dijo: «No te preocupes, ya estamos aquí, y no vamos a dejar que mueras, ahora, quédate quieto mientras te inmovilizamos el cuerpo, si lo has entendido, apriétame la mano»
Y con las últimas fuerzas que le quedaban, justo antes de caer inconsciente, apretó aquella mano.
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Ah… llega un poco tarde, pero es que estaba enfermita…
Publicado en spaces el 11 octubre 2006
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Cuentacuentos 7: Hacía frío aquella mañana

Hacía frío aquella mañana, empezaba el otoño, y llovía a mares, el típico día de estar en el sofá, arrebujado en una manta, y con una taza de café humeante para acompañar un buen libro.
A través del ventanal se veía el trajín propio de un día como aquel, cientos de coches de bocina rápida, niños con sus enormes mochilas corriendo para no llegar tarde al colegio, y un montón de gente más que iba de aquí para allá sin percatarse de lo que tenían a su alrededor, que no se enteraban de lo especialmente hermosa que era aquella mañana.
Sí, hacía frío, y llovía, pero era una mañana fabulosa, un día inusitadamente luminoso, algo bastante raro teniendo en cuenta el diluvio que estaba cayendo.
Se dió la vuelta y contempló el juego de luces que se creaba en la piel de la mujer que dormía plácidamente en la cama revuelta.
Los regueros de agua que resbalaban por el cristal hacían que la luz variase de intensidad, y creaban un interesante diseño que cambiaba a cada instante… sí, parecía que el agua resbalaba de alguna mágica manera por el cuerpo femenino, sin llegar a perturbar su sueño.
La observó con más atención, dormía de lado, con un brazo debajo de la almohada, y otro por encima, con la palma hacia abajo, como si la abrazase, un rizo caía por su mejilla mientras el resto estaba estirado por las sábanas, y en la boca una sonrisa de satisfacción que valía la pena poder presenciar, y respiraba tan plácidamente como si en lugar de allí estuviese en el mismo cielo.
La sábana perfilaba su forma de manera mucho más sugerente que si la hubiese estado viendo desnuda, y con aquella luz tan extraña, su piel parecía tener un tono nacarado.
Era, sin lugar a dudas, la mujer más bella que había dormido entre aquellas sábanas.
Sí, hacía frío, y llovía, pero era una mañana fabulosa, o quizá no lo fuese tanto, y solo la presencia de aquella mujer la hiciese tan especial.
Publicado en spaces el 02 octubre 2006