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Cuentacuentos 35 (Cuento al revés)

Despertó sintiendo el cálido contacto de su piel contra la suya.
Pasaron un par de segundos hasta que recordó la noche anterior, y entonces, una enorme sonrisa se hizo hueco en su cara.
Inspiró profundamente el aroma que emanaba de ella, se recreó contemplando los destellos que la incipiente luz del amanecer arrancaba de las minúsculas partículas plateadas que estaban adheridas a su cuerpo.
Se sintió feliz, infinitamente feliz, como si la última pieza de un rompecabezas por fin se hubiera encajado.

Cerró los ojos, y allí, en el interior de sus párpados, se volvió a proyectar la intensa noche.

Había tenido que llevarla hasta su casa porque el pie se le había hinchado bastante.
Al llegar comprobaron lo difícil que le iba a resultar subir hasta un tercero sin ascensor.
Sabía que después de los acontecimientos de la tarde, aquello posiblemente no sería una buena idea, pero se ofreció a subirla en brazos. Fue un momento bastante violento cuando la cogió y ella pasó sus brazos alrededor de su cuello. Tenía la piel caliente y su contacto hizo que imágenes muy poco apropiadas asaltaran su cabeza, y para empeorar las cosas, sentía su aliento cosquilleándole en el cuello.

En el rellano del segundo, se le escurrió un poco y tuvo que agarrarla más fuerte, entonces ella soltó una risa nerviosa, y él rió a su vez, la situación era verdaderamente cómica, a pesar de todo.
Ya solo quedaba un piso, la dejaría en su casa y podría irse, posiblemente corriendo, ya volvería por el coche luego, necesitaba alejarse, que la brisa de la tarde enfriase su cabeza, que aquel deseo se diluyese. Dios, su pelo olía tan bien.

Por fin habían llegado a la puerta. Algo le atenazó el estómago, quería irse, pero deseaba con todas sus fuerzas quedarse. Era su amiga, era su mejor amiga, no dejaba de repetírselo una y otra vez como si ese solo pensamiento pudiese borrar lo que había pasado aquella tarde.
La dejó en el suelo, pero sus brazos seguían rodeándolo, sus ojos lo miraban, y tenía los labios entreabiertos a unos centímetros de los suyos. Sería tan fácil besarla, deseaba tanto hacerlo.
Y fue entonces cuando ella lo hizo, le besó, mientras sus dedos se enredaban en su pelo.
Ya no pudo más, los pequeños restos de cordura que habían contenido sus impulsos se rompieron, y se dejó llevar por el deseo de besarla, de apretarla contra sí y no dejarla ir nunca.
La volvió a levantar y esta vez ella le rodeó con las piernas y los brazos, una pequeña mueca de dolor en su cara le hizo volver a la realidad por un instante, pero no quería dejarla ahora que la tenía, la necesitaba.

Ella le susurró al oído que las llaves las tenía en el bolsillo derecho. La puerta se cerró tras ellos.

Se movió un poco, allí, a su lado. Estaba tan hermosa durmiendo, y a la vez tan tremendamente sugerente, con la sábana tapándole apenas nada.
Le acarició el costado, rozándola levemente con un dedo, y volvió a la noche anterior, La Noche.

Ni siquiera recordaba como habían llegado a su cuarto, solo recordaba estar allí, tendido sobre ella, besándola, apresado entre sus piernas.
Todavía tenía aquel sabor adherido a la piel, salado, intenso. Se habían desnudado presos de un ansia arrolladora, casi arrancándose la ropa, deseosos de que hasta el último centímetro de su piel estuviese en contacto.

Y la besó, pasó sus labios y su lengua por todos los lugares donde había deseado hacerlo, la sintió temblar bajo sus caricias. Sintió sobre su piel el tacto abrasador de sus manos explorándolo, y su respiración anhelante en su cuello, mientras le mordía suavemente la oreja.
Se estaba volviendo loco de deseo cuando ella ya no le dejó más salida y lo atrajo irremediablemente hacia ella.

No podía creer que hubiese pasado.
Se había dado cuenta de que para él no era sólo una amiga cuando el sábado anterior la había visto ligando en una fiesta, y unos celos abrasadores le habían consumido las entrañas.

El día no prometía gran cosa, no podía hacer nada por tenerla sin arriesgarse a perderla para siempre, ¿como iba a decirle a su mejor amiga que creía estar enamorado de ella?
Habían quedado todos en pasar el día en la playa, había estado a punto de no ir, pero para qué negarlo le producía una especie de placer masoquista verla en bikini.

A media tarde todos habían ido a dar un paseo por las rocas. Él había dicho que estaba cansado. Sabía lo que pasaría, era su mejor amiga, iría todo el rato a su lado sin saber que le estaba torturando.
Fue peor, se quedó para que no estuviese solo, y después de un rato que pasaron hablando como siempre habían hecho, cuando él ya estaba relajado y pensando que era normal pensar que estaba enamorado de su mejor amiga, ella le pidió que le echase crema por la espalda.
Se le hizo un nudo en la garganta, no podía negarse, siempre lo había echo y ¿como explicarle que hoy no quería? Se armó de valor y empezó a extenderla por su espalda, después del primer momento empezó a darse cuenta de que la estaba acariciando, de que no solo le extendía crema, sino que se estaba recreando en ello.
Se sintió mal, casi como si se estuviese aprovechando de ella, y para colmo, se había excitado terriblemente.
Cerró la botella de protector, y malhumorado, se tumbó boca abajo deseando que se le pasara pronto.
Ella permaneció callada unos minutos, probablemente pensando en por qué estaría tan raro últimamente, pero luego le dijo que se iba a quemar así que mejor le daba un poco de crema.

Y no pudo más, se levantó como una exhalación y salió disparado hacia el agua. Nadó como un loco, descargando en cada brazada la tensión que llevaba días acumulando.
Entonces fue consciente de que ella debía estar alucinando con su comportamiento, se maldijo por lo estúpido que había sido, ahora tendría que darle una buena explicación, por supuesto una gran mentira.
Nadó hacia la orilla, buscándola con la mirada en la arena, no estaba.Se paró y se puso de pie cuando ella le salió al paso con un par de brazadas, estaba enfadada, o quizá confusa, o puede que las dos cosas, la entendía.
Intentó hacer trabajar su cerebro en busca de una buena razón, pero cuando furiosa le preguntó qué coño le pasaba, y le recriminó lo preocupada que la había hecho sentirse, algún cable de su cabeza se cruzó y agarrándola por los hombros la besó.
La había cagado, lo sabía.
Ella retrocedió un par de pasos y entonces una mueca de dolor desfiguró su cara, se agachó y se agarró un pie.
Fanecas, en aquella playa había fanecas. La cogió en brazos y la llevó al puesto de la Cruz Roja, había que sacar el veneno. Le habría impedido cogerla, sin duda, si no fuese por el terrible dolor que estaba sufriendo.
No dijeron ni media palabra mientras el socorrista le extraía el veneno del pie haciendo unas incisiones, luego la acompañó a las toallas.
Ya estaban todos allí haciendo planes para esa noche.
Quería irse, quería esconder la cabeza en un agujero en la arena y desaparecer, no podía creer la tremenda estupidez que había cometido.
Les preguntaron qué había pasado y ella salió del paso diciendo que habían decidido bañarse y que le había picado una faneca.
Él dijo que tenía que irse, que tenía algo importante que hacer, y que esa noche no podría salir, todos le miraron con sorpresa pero no insistieron.
Estaba recogiendo su toalla cuando la escuchó decir que también se iba, que no se encontraba demasiado bien, también escuchó a alguien que decía que ya se podrían ir los dos juntos.
Algo se heló en su interior. Si se negaba, habría preguntas, pero si ella no quería, se le vendría el mundo encima. La miró a los ojos, necesitaba saber que ella le perdonaba. Ella bajó la vista pero le preguntó si le importaba acercarla a su casa.

Fue un viaje horrible, no dejaba de pensar en lo tremendamente estúpido que había sido, mientras la miraba de reojo. Ella no decía nada, sentada muy seria a su lado, con el pelo todavía húmedo y una miríada de diminutos granos de arena destellando en su piel.

Con los ojos cerrados y los brazos debajo de la cabeza pensaba en que ella le había besado, y no podía creer que se hubiesen acostado.
Entonces sintió un tenue cosquilleo que bajaba por su vientre, como una suave caricia, y abriendo los ojos vio su mirada traviesa mientras el contacto su mano le hacía contener el aire.

Tarde, tarde, taaaarde, ufffffff.

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Cuentacuentos 34 (triple)

Te conozco demasiado bien, te pasa algo colega, no lo niegues.
– Sí bueno, en realidad no es nada…
– ¿Tú te has visto la cara chaval?
– ¿Qué le pasa a mi cara?
– Pues que está mustia, parece una lechuga en pleno agosto… y ayer tampoco bebiste tanto en la fiesta como para que sea resaca, de hecho, te pasaste media noche bailando con aquella chavala tan maciza, y la otra media preguntando a unos y a otros si la habían visto.
– Ya…
– ¿Por cierto? ¿Quien era? No la había visto antes.
– Yo tampoco… y el caso es que ni sé como se llama…
– ¿En serio? Tío eres la bomba, tú al tema lo más rápido posible, ¡eres mi héroe!
– No es eso, es que…
– Claro, estabas tan enfrascado mirando sus…
– ¡Calla imbécil! Siempre pensando en lo mismo.
– Como si no te hubieses fijado en la pedazo delantera que se gastaba, ¿no?
Ni siquiera tuvo tiempo de despedirse, apenas el DJ dijo que faltaban unos minutos para las 2, ¡zas! Desapareció… salió corriendo…
– ¿Sin decir nada? Tío, esa chavala es muy rarita
– Ya pero tiene algo… algo diferente…
– Sí claro, lo que pasa es que tú te la querías llevar al huerto y ella no se dejó, jajajajaja
– No jodas tío, no es como las demás, hay algo mágico en ella…
– ¿Mágico? El par de tetas mejor puestas que vi en mi vida, acompañadas de un cuerpo de infarto, y unos ojos increíbles… no es magia, es…
– Pedazo burro en celo estás hecho, joder.
– A ver, me pongo serio… ¿como le entraste?
Pfff, fue de lo más ridículo, estuve como media hora mirándola de lejos… no me atrevía a acercarme…
– ¿En serio? ¿Tú? ¿El pichabrava asustado por una tía? Aunque, bueno, con esa… cualquiera pierde el norte… yo porque cuando la vi ya estaba contigo… y un colega es un colega…
– Pues eso, entonces que me acerco y le digo «Hola, ¿bailas conmigo?«…
Jajajajajajaja tíooooooooo pedazo frase para ligar, ¿me dejas apuntármela? jajajaja
– Sí, tú ríete
Jajaja creo que mi abuelo en sus tiempos tenía frases más modernas.
– Ala, pues no te cuento más, a cascarla, serás gilipollas…
– Venga, no te mosquees.
– El caso es que no sé cómo dar con ella.
– ¿Y no tienes ninguna pista? ¿No la viste llegar con nadie? ¿Ni hablar con alguien ni nada?
– Bueno, lo cierto es que cuando salió corriendo, se le cayó esto.
– ¿Eso no es un pendrive?
– Sí, casi no lo vi de pequeño que es.
– Tío, estás amamonado, en serio, esa puede ser la clave para encontrarla.
– ¿Cómo?
– A ver, que hay que explicártelo todo. Ahí puede tener información importante, así que es probable que intente encontrarlo, y en caso contrario, quizá tenga datos que nos lleven a ella.
– Tío…
– ¿Sí? A ver que saco mi portátil y miramos…
– ¿Esta situación no se te hace tremendamente conocida?
– ¿?

Siento la falta de originalidad, y haber condensado tres frases en una sola… es el final de curso, que no me deja tiempo, aún así, espero que la disfruteis.

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Cuentacuentos 33 (doble)

El título de aquel libro llamó poderosamente mi atención. Por eso la conocí, ¿sabes? Por aquel libro.

Un cartel enorme anunciaba que ella estaría allí firmando ejemplares de su último libro. Yo no sabía quien era ella, pero aquel título…

Me presenté en la tienda el día de la firma, dispuesto a saber quién había elegido justamente aquellas cuatro palabras. Estaba ojeando el libro cuando ella apareció a mi lado. Su fragancia… no sé como explicarlo, me capturó.

Me sonrió, y me preguntó si venía por la firma, yo le dije que sí, y entonces ella me preguntó si me había gustado el libro. Yo sonreí azorado y le dije que la verdad era que no lo había leído, pero que me había llamado la atención el título, y había venido con la intención de saber quién era la autora.

En ese momento ella soltó una risita, y yo la miré intrigado. Me miró a los ojos, y volvió a reír al ver mi mueca interrogante.

Entonces se presentó. Su sonrisa, puedes creerlo, fue la más amplia que vi en mi vida.

¿Sabes? Era hermosa, pero no con esa belleza evidente con la que nos bombardean hoy en día, en ella todo era sutil, pero embriagador, todo excepto sus ojos que eran espectaculares…

Me enamoré de ella en aquel instante, en aquella tarde, y gracias a aquel libro, su libro, nuestro libro.

Y ella se enamoró de mí también, pero más tarde, a poquitos, en cada café, en cada cena, en cada paseo por la ciudad, en cada llamada telefónica.

No sabes como llegué a amarla, la sentía aquí dentro, conmigo en cada segundo del día.
Pero el destino es cruel, y de la misma manera casual que me la dio, un horrible día decidió arrebatármela.

Tú no puedes entenderlo.

Viví, no, no viví, creí morir cada día despues de aquel, hasta que un día por la calle, ví su pelo.

No, no me mires así. Es cierto, no era su pelo, pero era igual. Aquella mujer llevaba su mismo peinado, su mismo color, y como más tarde comprobé, su misma suavidad y el mismo sutil aroma.

Entonces supe que debía ser mía. Pero ¿sabes? era su pelo, pero no era ella.

Shhhhhhh no intentes moverte, te vas a hacer daño. Y no queremos que te hagas daño, ¿verdad?

A partir de aquel momento supe lo que tenía que hacer, tenía que buscarla.

Meses más tarde encontré sus manos, sus mismas caricias, su misma fuerza. Y otra vez eran sus manos, pero no era ella.

Una noche, ahogando la pena que me producía su ausencia encontré sus labios, me besaron, y pensé que la había encontrado, su dulzura, su pasión. Pero aunque eran sus labios, tampoco esta vez era ella.

No llores, ¿por qué lloras? Si te portas bien, vamos a ser muy felices. Ellas no se portaron bien, ¿sabes? Tenían su pelo, sus manos, sus labios, pero no eran ella, no quisieron ser ella. Y por eso…

Ah, tú, tan bella, tan sutil como ella…. tú… como todo lo importante, ocurriste de repente...

Había dejado de buscarla… sí, había perdido la esperanza de recuperarla hasta que te ví aquella tarde… hasta que chocaste conmigo en aquella calle… hasta que vi tus ojos divertidos al vernos caer al suelo… hasta que de tu mochila cayó aquel libro, su libro, nuestro libro.

Porque tú, tú mi amor, tú tienes lo más importante, tú tienes sus ojos, tú eres ella…

Esta semana vuelvo a hacer el cuento con dos frases, por falta de tiempo en la entrega anterior… de todas formas creo que me ha quedado algo pasable, espero que os guste…
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Cuentacuentos 32: Nunca he sabido hacer el equipaje

Nunca he sabido hacer el equipaje. No es que me preocupe demasiado, pero es la verdad. No sé hacer bien la maleta. Yo lo intento, pero creo que tengo una incapacidad genética para lograrlo.

No te rías, no tiene gracia. Es una auténtica tragedia.
Mi ropa acaba arrugada por no colocarla en el orden correcto.
Y siempre se me olvida justo lo que más falta me va a hacer y por otra parte meto cantidad cosas que no llego a usar.

Sí, ya se que hacer una lista de las cosas que tengo que meter ayudará. Pero ¿sabes? Tampoco sé hacer buenas listas.
No logro planificar lo que me voy a poner cada día para meter las mínimas cosas posibles dentro de ese infernal invento.
Y eso que lo intento. Hago montones encima de la cama la ropa que quiero llevarme, empezando por ejemplo por un pantalón, así encima coloco lo que me voy a poner con él, el montón de al lado lo comienzo con una falda.
Pero al final todo acaba siendo un caos, y en el último momento lo meto todo deprisa y corriendo.

¿Dónde he metido las llaves? La última vez que las vi estaban debajo de esos libros…

¡Qué gracioso! No es que yo sea desordenada, es que tú no entiendes mi orden, y tampoco lo entiende mi maleta, ni nadie, porque en el fondo soy una incomprendida social, que no sabe hacer listas ni equipajes…

¡Ordenar sí que sé! Solo que mi orden dura poco. ¿Te cuento un secreto? Creo que es esta habitación… que tiene un campo magnético desordenador… o algo…

¡Ufff! Por poco me mato, esas botas antes no estaban ahí.

Sí claro, soy desordenada, desorganizada y patosa, ¿me explicas por qué estás conmigo entonces hombre perfecto?

Mmmmmmmmmm ¿yo extravagante? Si acaso original…
Quita esa estúpida maleta de la cama, anda, la muy puñetera se ríe de mí desde ahí arriba. Me provoca. La odio.

Claro que puedo odiarla, la odio, la odio, la odio. Estúpida maleta que ni siquiera tiene ruedas…

No te rías, pesa muchíiiiiiiiiiisimo, por lo menos una tonelada.

Pues ya que tú eres tan fuerte, te nombro mi botones particular, a partir de ahora señor Botones, te harás cargo de mi maleta.

¡Ahhhhhhhh! ¡Noooooooo! No me hagas cosquillas, ¡no! ¡Tramposo!

No, no sé hacer el equipaje. Pero me lo perdonas ¿verdad? :p
Además, las cosas realmente importantes no se pueden guardar dentro de una maleta.

Jejejeje, esta semana la frase era míaaaaaaaaa, síiiiiiiiiiii mi tessssorooooooooooooo
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Cuentacuentos 31: Érase una vez…

«Érase una vez una virginal princesa en apuros esperando a que el príncipe que le toca por tradición acuda en su ayuda, sin saber que los cuentos son invenciones, y que los príncipes ya no son azules porque el agua los hace desteñir…
Érase una vez, así empezaban casi todos los cuentos cuando yo todavía creía en ellos, cuando creía que siendo buena ibas al cielo, y que hay determinadas cosas que una princesa no hace hasta la noche de bodas.
Pero ya no soy buena, ni voy a ir al cielo, ni hay un príncipe azul que me rescate, porque ya me he rescatado solita, y al fin y al cabo hay tipos mucho más interesantes que un gilipollas con mallas…»

Una mano en su vientre la hizo dejar de escribir en el portátil, aquella entrada de blog debería esperar, intuía que detrás de una mano vendría otra, y así fue.

La segunda mano se arrastró lentamente hacia un pecho que empezaba a dejar sentir los efectos de la excitación que crecía en su interior.
Unos labios cálidos la besaron en el hombro desnudo trazando un camino sinuoso hacia su clavícula.
Ella se levantó del taburete. Sintió su cuerpo pegado a su espalda. Sus labios siguiendo su recorrido por la nuca hacia el otro hombro.
Se estremeció cuando el rastro húmedo que iba dejando atrás se enfrió, y notó como su cuerpo respondía a ese estímulo.
Oyó que reía encantado de la rápida respuesta que estaba obteniendo de ella, y levantó los brazos para acariciarle el pelo.
Él rodeó sus pechos con ambas manos y empezó a acariciarlos a través de la liviana ropa. Trazando espirales que le llevaban lenta pero inexorablemente a un punto sin retorno.
Sus suspiros llenaron el aire. Se dejó llevar por la fiebre que la consumía abandonando todo pensamiento racional.
Se volvió y apresó sus labios entre los suyos. Sus manos anhelantes empezaron a desnudarle. Él hizo lo mismo.
Sin palabras. Sus ojos hablaban suficiente.
Aspiró profundamente su aroma. Pasó su lengua por su cuello capturando su sabor. Sus manos acariciaron su espalda perdiéndose entre su pelo.
Él inspiró profundamente. Besó su frente. Sus ojos. Sus labios. Se demoró en su cuello. Sus manos trazaban círculos en sus nalgas mientras ella sonreía con los ojos cerrados.
Entonces sus brazos se cerraron a su alrededor y la elevaron, ella se aferró a su cuello, sus labios se reencontraron. Sus piernas le aprisionaron y él supo que no tenía salida, ni quería tenerla.
Se dirigió al dormitorio entre besos, mordiscos en la oreja, y miradas incitadoras. Ella sabía lo que quería.
Tras ellos un salón lleno de ropa tirada descuidadamente, un pasillo con los cuadros torcidos mientras en el dormitorio …

Próxima estación con parada A Coruña, final de trayecto.
Renfe les agradece la confianza por viajar con nosotros, rogamos revisen sus asientos con el fin de no dejar olvidado ninguno de sus objetos personales.

¡Mierda!, ¡justo cuando llegaba lo más interesante!
Entonces se percató de que el chico que se sentaba justo enfrente de ella la observaba, se dio cuenta de que tenía las mejillas coloradas, ¿cuanto tiempo llevaba mirándola?

¿Qué estaría leyendo tan enfrascada? La había observado un buen rato, su lectura se había hecho más ávida unos quince minutos antes, sus mejillas se habían coloreado, y se había dado cuenta de que respiraba más profundamente… ¿sería…?

Ella le sonrió azorada, y él sonriendo a su vez, le guiñó un ojo cómplice.

¿Te ayudo a bajar la maleta?

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Cuentacuentos 30: Y allí estaba, entre mis manos temblorosas

Y allí estaba, entre mis manos temblorosas el pequeño pedazo de papel con su teléfono apuntado.
Sentada en la alfombra que ocupaba todo el centro de mi cuarto, con la vista fija en el número escrito con tinta negra en la esquina arrancada de una página de periódico.

A escasos centímetros de mis pies, el móvil parecía que me lanzaba miradas de reproche por no marcar el número que tanto había deseado conseguir.

Inspiré lo más hondo que pude, lo recogí, y volví a soltarlo como si quemase junto con el papelito. Me levanté y caminé en círculos alrededor de ellos estrujándome las manos.

Me sudaban las manos como hacía mucho que no pasaba.

Haciendo acopio de valor, volví a sentarme reprochándome el miedo que sentía de hacer aquella llamada.
Cogí el móvil, y empecé a marcar, despacito, los 9 dígitos.

Fué entonces cuando empezó a vibrar y a sonar el dichoso aparatejo, casi matándome del susto, lo dejé caer en la alfombra por el sobresalto.
Con los ojos muy abiertos, contemplé la pantallita azul:

Mónica llamando…

Respiré un poco más tranquila y pulsé la tecla.

¿Sí?
¿Ya le has llamado? ¿Qué te ha dicho? Cuenta cuent…
No, no le he llamado… aún…
¿Como que no? Tía, tú estás tonta, en serio…
Mónica, no es tan fácil…
Así de fácil, marcas el número, esperas a que coja y…
Estaba marcando cuando tú llamaste dándome un susto de muerte.
Ah, pues entonces cuelgo, chao! Luego te llamo
No, Mon…

Duración de la llamada: 0:00:32

Mierda, ya había colgado, me dieron ganas de matarla, necesitaba hablar con alguien antes de hacer aquella llamada, alguien que me dijese que todo iba a ir bien.

Volví a marcar.

Conectando…

¿Diga?
¿Hablo con Carlos Fernández?
Sí. ¿Qué desea?
Soy Clara. Tu hija.

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Cuentacuentos 29: Una enorme sonrisa asomó a sus labios

Una enorme sonrisa asomó a sus labios cuando un travieso rayo de sol le hizo cosquillas en la cara y ya no pudo seguir fingiendo que dormía.
Se sentía maravillosamente, había soñado que su gato le hablaba y le contaba las absurdas aventuras que vivía con los otros felinos del barrio cuando sus dueños no miraban.

Saltó de la cama y se desperezó cuan larga era y como una niña cruzó patinando el pasillo hasta colarse en la cocina. Aquellos calcetines nuevos eran una maravilla para resbalar por el pulido suelo.

Tarareando una tonta melodía abrió la ventana de la cocina, y al hacerlo la asaltó un penetrante aroma a tostadas y café, mmmmm, no bebía café, pero el olor era simplemente delicioso.

Calentó al microondas la leche en su taza favorita, y una vez caliente la endulzó con el cacao en polvo que tanto le gustaba.
Empezó a beberlo apoyada en la repisa, y entonces sintió un cosquilleo en las piernas, allí estaba Simón, el gato, agasajándola con una ración de mimos mañaneros. Luego se sentó a sus pies y la contempló con sus enormes ojos verdes ladeando la cabeza.
¿Veía un destello humorístico en sus alargadas pupilas? mmmmmm tendría que tenerlo más vigilado, quien sabe en qué clase de enredos se metería ese pillastre.

Despues de ducharse abrió la ventana, y recibió otro regalo inesperado, las plantas que tenía en la ventana habían empezado a florecer, pequeñas corolas amarillas que pronto llenarían todo el alféizar.

Rebuscando en su armario para decidir qué se pondría, encontró despues de meses desaparecida, la falda verde que tanto le gustaba. Decidió ponersela y estrenar de paso los nuevos pendientes que se había hecho para una ocasión especial.

Sin duda, aquel día era un día especial, con su mejor sonrisa salió de casa poniéndose las gafas de sol. No había nada que pudiese mejorar aquel día.

Biiip biiip biip…

¿Diga?

¡Anda qué sorpresa!

¿He dicho que no había nada que pudiese mejorarlo?… me equivocaba…

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Cuentacuentos 28: La última imagen que quedó plasmada…

La última imagen que quedó plasmada en su retina fue la de su asesino.
Alguien a quien no conocía de nada.
Alguien que había decidido poner fin a su vida con una frialdad asombrosa.
Mientras la vida se le escapaba a borbotones por la herida sus ojos le miraban con mil preguntas que sus labios no podrían jamas pronunciar.
¿Por qué? ¿Por qué yo?
Un sabor metálico le invadió la boca.

Y él la miraba a los ojos, observando con la curiosidad de un científico como sus pupilas se apagaban, como su cuerpo se iba aflojando sobre el puñal, como la sangre manchaba sus manos, y como un hilillo sanguinolento salía entre sus labios que poco a poco se iban quedando sin color.
Sabía que no podía hablar, la puñalada había sido certera, le había perforado el pulmón y había subido hacia el corazón.

No podían gritar y eso le permitía contemplar como la muerte llegaba a sus víctimas, mirarlas cara a cara y deleitarse con sus expresiones.
Algunos lo miraban con terror deformándoles la cara, otros habían llorado, y algunos incluso le habían dedicado miradas cargadas de odio, mientras que otros simplemente mostraban sorpresa. Pero todos, absolutamente todos, habían muerto en silencio.

Ella era la primera que le preguntaba con sus hermosos ojos, ¿por qué?.

Y su rostro pálido se le gravó en la cabeza, gritándole una y otra vez:

¿Por qué? ¿por qué? ¿por qué?

En sus sueños, en las caras de las cajeras del supermercado, en las presentadoras del telediario, solo había un rostro, el suyo, y sus labios solo dibujaban:

¿Por qué?

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Cuentacuentos 27 (doble)

El silencio de la noche fue su aliado. Hacía días que no conseguía dormir bien, pero aquella noche, bañada en rayos de luna, se sumió en un sueño tan reparador como necesitaba.

Apenas había apoyado la cabeza en la almohada cuando sus ojos se cerraron.

Tuvo muchos sueños, pero ninguno aterrador como venía siendo habitual las últimas semanas.

Todos fueron extravagantes y fantasiosos, todos menos uno.

Se vio en un salón muy acogedor, sentada en un sofá color granate. Sentado a su lado estaba su mejor amigo. Supo que era su casa, por allí estaba su madre, una mujer muy agradable de rizado cabello pelirrojo, a la que a penas conocía, también estaba su abuela, de la que había oído hablar con mucho cariño a su nieto, y algunos miembros más de su familia.

Era extraño, se sentía como en su casa a pesar de estar claramente dentro de una reunión de una familia que no era la suya.

Con un brazo en el respaldo, y una rodilla doblada encima del sofá charlaba animadamente con la madre de su amigo y con él.

De repente, él se incorporó y le dio un beso, apenas una caricia de sus labios en los de ella, la miró con un brillo divertido en los ojos, y fue a la cocina a buscar algo de beber.

La mujer la miró con una sonrisa radiante en los labios, pero no hizo ningún comentario.

Se sintió desconcertada, hasta ese momento en el sueño no había tenido la sensación de que fuesen algo más que amigos, y sin embargo, la había besado.

Seguía notando en sus labios la presión de los de él.

Él volvió, se sentó un poco más cerca de su cuerpo, y le sonrió con la mirada por encima del vaso de zumo, mientras su mano cogía la suya y le daba un leve apretón.

El sueño siguió, de la casa pasó al jardín, y luego a la playa, y un beso dio paso a otro, y luego a otros más. Sin embargo, los detalles no le quedaron tan grabados como los de aquel primero.

Despertó por la mañana recordando vívidamente el momento. Intentó dejar de pensar en ello, pero no pudo, una y otra vez el recuerdo acudía a su mente.

Era la primera vez que aparecía en sus sueños como algo más que su mejor amigo.

Otras veces habían aparecido en sus sueños chicos a los que conocía, con algunos, incluso había tenido sueños eróticos en los que había hecho mucho más que besar, y sin embargo ninguno la había perturbado tanto como el de esa noche.

¿Se estaría enamorando de él? No, no era posible, eran amigos desde hacía bastante tiempo, y aunque congeniaban y se lo pasaban genial juntos, no sentía esa clase de cosas por él, ¿o sí?

No sabía qué pensar, por una parte pensaba que no era más que un sueño, pero por la otra pensaba que si fuese solo eso, no estaría todo el día dándole vueltas a un estúpido sueño, por muy real que éste hubiese sido.

Por la tarde se percató de que en todo el día no había pensado en su chico, era sábado y él no la había llamado para quedar y tampoco ella se había preocupado por él.

Seguramente él saldría con sus amigos, puesto que mañana era su cumpleaños la llamaría para quedar, darían una vuelta, y todo seguiría igual de mal.

Por primera vez en unos días se permitió pensar en lo que les estaba pasando, no era su mejor momento, eso estaba claro, él la evitaba, y ella no hacía más que sufrir por no saber qué ocurría.

Se preguntó si todavía estaría enamorada de él, y se sorprendió a si misma dudando, apenas dos semanas antes lo tenía claro, y sin embargo hoy dudaba, y no era por el sueño, sino por todo lo que había pasado en ese tiempo.

Ya no estaba segura de que él sintiese algo por ella, y siéndose sincera a sí misma, empezaba a creer que la estaba forzando a montarle un numerito para así tener una excusa para dejarla.

Sentada en el jardín, tomó una decisión.

Apenas dos días después de su cumpleaños él le dejó claro que no tenía intención de arreglar los problemas que tenían, en dos días las cosas no hicieron más que empeorar entre ellos, aunque ella evitó en todo momento darle excusas para culparla del fracaso.

Una tarde quedó con él, y le soltó sin preámbulos que quería dejarlo.

Él no mostró el más mínimo dolor por la noticia, si acaso una pizca de alivio. Aún así, le preguntó por qué.

Ella respondió con un escueto “Porque ya no te quiero”.

Entonces sí que se transparentó algo en su cara, sorpresa, también ella se sorprendió, era cierto, no le quería.

Lo que no le dijo es que le dejaba porque un simple beso soñado, la había hecho sentir más viva de lo que él había logrado en todo el tiempo que habían compartido.

Como la semana anterior, mezclo dos frases, no tengo tiempo de hacer uno cada semana, lo siento!!!

Ah! y un pequeño cambio de persona en la segunda frase…

Publicado en Spaces el 05 Marzo 2007

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Cuentacuentos: Concurso San Valentín 2007

Con motivo de San Valentín, en Cuentacuentos se propuso un concurso de historias de amor, el día 14 se publicarían bajo seudónimo las 5 preseleccionadas para que los cuentacuentos hiciésemos nuestra votación.

La mía no fue una de las 5 elegidas, aunque he de reconocer que había mucho nivel.

Aquí os la dejo, por si os apetece leerla.

La lluvia nos cogió por sorpresa. En un momento dado paseábamos por la alameda mientras luminosos rayos de sol lograban burlar la bóveda de ramas y hojas impactando en nuestros cuerpos, y al siguiente, nos empapaba un repentino aguacero.

Al principio corrimos para llegar algún lugar donde guarecernos, luego él resbaló en un charco que quedaba oculto bajo la hierba, y se quedó allí tendido, con una mueca de sorpresa adornando su cara.

Al notar que ya no corría a mi lado me di la vuelta, y entonces lo vi allí tirado, apoyado en los codos, y no pude evitar reírme.

Me miró enfurruñado, pero dadas las circunstancias, más que preocuparme, su cómico aspecto no hizo más que empeorar mi ataque de risa.

Mientras él se levantaba con sumo cuidado, y tras un par de nuevos resbalones que dejaron sus vaqueros totalmente embarrados, yo reía con las manos apoyadas en las rodillas.

Resoplado mientras se incorporaba hizo referencia a lo buena amiga que yo era, y entre dientes añadió un casi inaudible “Te vas a enterar”.

Por el rabillo del ojo lo vi aproximarse. Si para algo me valía nuestra larga amistad, era para detectar con la suficiente antelación cuando tramaba algo.

Le observé acercarse y empecé a retroceder, ya no me importaba la lluvia, y por lo visto, a él tampoco, empezaba un juego mucho más interesante.

En el retroceso mi espalda chocó contra el tronco de uno de los viejos castaños, vi en sus ojos un destello de triunfo durante un fugaz segundo, sonreí y luego salí corriendo por entre los árboles hacia la plaza, quedaba poca gente por allí, pero me di cuenta de que algunos nos miraban con una mezcla de curiosidad y desdén.

No me importó, no era la primera vez que hacíamos algo así, aunque siempre había más amigos sumándose al ridículo.

Eché la vista atrás y vi que me iba a alcanzar de un momento a otro, lo peor era que llegábamos a una calle con bastante tráfico, lo cual limitaba bastante mis posibilidades de sacarle ventaja.

Entonces me paré, inspiré lo más hondo que pude, y me di la vuelta justo a tiempo para ver como también él dejaba de correr y caminaba hacia mi sin dejar de vigilar mis movimientos con los ojos entornados.

Pequeñas gotas de agua surcaban su cara después de gotear desde su pelo, tenía la ropa, además de sucia, toda pegada al cuerpo, sonreí pensando en que yo debía presentar un aspecto muy similar, y él empezó a sonreír también.

No creía haberle visto nunca aquella expresión en la cara, una mezcla de triunfo con algo más que no lograba descifrar.

Contuve la respiración y empecé a retroceder con los brazos extendidos hacia delante y las palmas levantadas mientras negaba con la cabeza. Había dejado de llover, pero no prestaba atención a nada más que a él, y apenas me di cuenta.

Entonces, aprovechando un instante en el que bajé la guardia, me alcanzó en un par de zancadas, me abrazó por la cintura, y después de levantarme del suelo empezó a caminar.

Tardé un par de segundos en comprender qué es lo que pretendía, pero para entonces ya era demasiado tarde, sentí una docena de chorros de agua que me rodeaban, y su cálida voz en mi oído me susurraba “Te lo has ganado”.

El agua estaba fría después de la carrera, pero yo solo podía pensar en lo cerca que estaban sus labios de los míos, solo podía ver sus ojos tan verdes observándome, solo podía sentir su cuerpo mojado pegado al mío.

Azorada por los sentimientos que estaba descubriendo en mí, bajé la vista.

Empezaba a escurrirme y, sin apenas pensarlo, cerré los brazos en torno a su cuello. Noté como su abrazo se hacía más estrecho, y una especie de cosquilleo que revoloteaba en mi estómago enviando oleadas de calor a todas las fibras de mi cuerpo.

Los chorros de la fuente seguían cayendo a nuestro alrededor, pero para mí no existía nada más fuera de aquel abrazo.

Hilillos de agua recorrían su cara, y sus ojos permanecían fijos en los míos, mientras los dos respirábamos entrecortadamente separados por apenas un par de centímetros llenos de diminutas gotitas de agua.

Ninguno de los dos dijo nada, yo cerré los párpados y traté de parar los alocados latidos de mi corazón, pero lo único que logré fue concentrarme más en su cálido aliento rozando mi cara y en mis dedos acariciando su pelo.

Cuando volví a mirarle sus ojos estaban fijos en mis labios, y acercándose lentamente, me besó. Fue poco más que un tímido roce que hizo más evidentes la llovizna que nos empapaba, y acabó acariciando levemente mi labio inferior entre los suyos.

Con los ojos cerrados apoyó su frente en la mía, como si estuviese ordenando sus emociones, luego me susurró “Te quiero”, y dejándome en el suelo empezó a alejarse cabizbajo, arrastrando los pies y dejando tras él un reguero de agua en el pavimento que ya empezaba a secarse.

Permanecí un instante inmóvil, sin saber qué hacer, qué pensar o qué sentir, sin darme cuenta de que seguía dentro de la fuente. Después, solté todo el aire que había retenido en mi interior y como impulsada por un resorte invisible, salí disparada, corriendo sin rumbo fijo y con la cabeza llena de su “Te quiero”, los labios trémulos por su contacto y las manos todavía con su calor.

Nunca he vuelto a sentir una felicidad tan pura y tan intensa como aquella tarde, cuando una lluvia de verano llegó sin avisar y cambió mi vida.

Publicado en Spaces el 24 febrero 2007