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Cuentacuentos 26 (doble)

A las ocho menos cinco se apagaron las luces de varias ventanas del vecindario.
Luis hacía un par de minutos que había desconectado todos los aparatos eléctricos de la casa, y observaba con una taza de café en las manos, como la gente caminaba presurosa por la calle, con bolsas y más bolsas de las rebajas a cuestas.
Estaba cansado, pero todavía le quedaba una larga noche de trabajo por delante.

Entre las luces que se apagaron cinco minutos antes de las ocho, estaba la de su vecina de enfrente. Era curioso, la ventana de su salón estaba a unos 5 metros enfrente de la suya, ya que vivían en una estrecha calle de la zona vieja.

Bebió un trago de café mientras veía como pequeñas y parpadeantes luces doradas se encendían en el salón de la vecina.

Al parecer era bailarina, la había visto muchas noches ensayando a lo largo del salón, vacío de muebles exceptuando el equipo de música, y una barra situada enfrente de una pared forrada de espejos. Se movía con una ligereza como no había visto nunca en mujer alguna, con la naturalidad con la que una cortina se deja mecer por el viento.

A veces dejaba la ventana abierta, y la música con la que bailaba flotaba hasta su piso, llenándole los sentidos.

Hoy la ventana estaba cerrada, aunque las cortinas no estaban echadas. De todas formas Luis supo que no habría música para él cuando la vio colocarse los auriculares de un iPod.

Al rato, y a la luz de las velas la vio avanzar con movimientos lentos por la estancia.
Inspiró la fragancia del café y le lanzó una mirada torva a la montaña de bocetos que se amontonaban en su mesa de dibujo.

Suspirando volvió a concentrar su atención en la vecina.
Al cabo de un rato estaba sobrecogido viéndola danzar por el salón, no sabía qué música inspiraba sus pasos, y sin embargo la magia de sus movimientos lo había poseído como nunca antes. Sintió una profunda emoción que parecía nacer de los dedos de aquella misteriosa bailarina y que deslizándose sobre notas sin sonido volaba hasta él transmitiéndole el compás mágico que la guiaba.

Bailaba con los ojos cerrados, con las llamas de las velas arrancándole destellos a su pelo, a sus uñas, y por un momento pensó que estaba soñando.

Luego ella se paró al pie de la ventana y le miró directamente, sus ojos brillaban como los de ninguna otra mujer que hubiese conocido.

– _ –

A las ocho menos cinco Sabela apagó todos los aparatos eléctricos de su piso, que no eran muchos, no costaba nada un pequeño acto simbólico, por una vez podría bailar con los auriculares.
Camino al salón cogió la caja de cerillas que había comprado en aquel mercadillo de verano, le había gustado el dibujo de la tapa, y además odiaba los mecheros.
Fue colocando velas aromáticas por el suelo del salón, no había ningún mueble en el que dejarlas.

A veces abría la ventana para sentir la brisa de las últimas horas de la tarde, pero hoy no quería que se le apagase ninguna vela.

Con disimulo miró si el vecino estaba en casa. Allí estaba, con su eterna taza de café, y con las luces apagadas, había algo en él que la intrigaba. Sonrió, encendió el reproductor y selecionó el Canon de Pachelbel, hoy era un día especial, tenía ganas de dejarse llevar por la música, sin atender a la sucesión de pasos de las coreografías que normalmente ensayaba.

Las primeras notas empezaron a deslizarse por su mente fluyendo por sus venas hasta todo su cuerpo. Dejó de pensar en ensayos, en los estridentes gritos del director, y se concentró en la sucesión de melodías que se iban sumando a las primeros tímidos lamentos de los violines.
Adoraba aquella interpretación, con los ojos cerrados se dejó llevar por la música, girando y llevando a cabo los pasos que la melodía le dictaba.
El aroma de las velas la embriagaba y la dulce cadencia del Canon la transportaba a un lugar donde su ser se fundía con la música, totalmente libre desde hacía mucho tiempo.

Lentamente las notas fueron desapareciendo, se detuvo en la ventana, donde al abrir los ojos, contempló otras pupilas que la miraban con una adoración que no recordaba haber inspirado nunca antes.

No podía apartar la vista de aquel hombre, que repentinamente dejó la taza de café en una mesa a la vez que recogía una enorme libreta, y unos pinceles.
Hipnotizada por la intensidad de su mirada se quedó inmovil apoyada en el cristal observando sus movimientos.

– _ –


Cuando Luis la vio tras el cristal, con aquel color tan fascinante en las mejillas, y aquellos ojos tan maravillosos, supo que tenía que hacerlo.
Dejó descuidadamente la taza de café que no se había bebido en el primer lugar que encontró, igual le daba que se hubiese caído, solo tenía ojos y mente para aquel ser extraordinario.
Cogió de la mesa su libreta de bocetos, y presa de la inspiración trazó unas cuantas líneas. Hacía mucho que dibujar no era tan natural para él como en ese momento.
Abrió maquinalmente la caja de pinturas mientras acababa de dar los últimos trazos, y enfebrecido empezó a pintar.

– _ –


Sin moverse un milímetro por miedo a romper aquel vínculo que los había unido, Sabela le vió trazar rápidas lineas, vió como pequeños trazos de colores manchaban su cara, como los pinceles volaban en sus manos, y a cada mirada intensa que él le brindaba se sentía cada vez más llena de una emoción que no lograba describir.

Luego él se detuvo tan repentinamente como había comenzado, pero siguió mirándola a los ojos.

Separados por 5 metros y dos ventanas se hablaron sin despegar los labios, mientras ella recuperaba la respiración y a él le brotaba pintura de entre sus dedos.

Publicado en Spaces el 22 Febrero 2007

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Cuentacuentos 25: Confusa, se despierta entre sueños

Confusa, se despierta entre sueños, se mueve un poco, y acaba por volver a dormirse.
A su lado una niña de unos cinco años juega con unos lápices de colores, sentada en una alfombra de rayas azules y verdes.
Está intentando decidir cual es su color favorito, su amiga del cole dice que a ella le gusta el rosa, pero a la niña este color no le parece especialmente bonito.
Ante sí tiene cinco lápices alineados, el rojo, el verde, el amarillo, el azul y el violeta.
No sabe cual elegir, todos le gustan, pero por lo visto, las personas tienen que tener un color preferido.

La pequeña forma oculta bajo la mantita de cálida lana amarilla, vuelve a moverse, y la niña deja de pensar en colores y la mira preocupada.

«Mami, creo que Lara está llorando»
«Puede ser, cariño, es muy pequeña todavía»
«¿Y por qué llora?»
«Mmmmmm puede que eche de menos a su mamá, nunca hasta hoy había estado lejos de ella»

La pequeña pone cara de gran concentración, frunciendo la naricilla piensa en como se sentiría ella si la alejaran de su mamá y la dejasen con unos desconocidos, decididamente se pondría muy triste, mira a Lara y le acaricia la suave cabeza un ratito, consiguiendo que se calme y por primera vez en toda la tarde duerma sin sobresaltos.

Mira a su mamá sentada en el sofá leyendo uno de esos enormes libros sin dibujos que tanto le gustan.

«Mami, yo no quiero que nadie me separe de ti»

La madre mira su carita de preocupación y sonrie.

«Claro que no, cariño, nadie podrá alejarte de mí, nunca lo permitiría»
«¿Y por qué la mamá de Lara ha dejado que se la llevasen?»
«Mmmm pues porque ya no podía cuidarla más, y entonces pensaría que es mejor que Lara estuviese en una casa donde le diesen todo lo que necesitase»

La explicación le parece bastante convincente a la niña, así que vuelve a su difícil decisión.
El rojo es un color bonito porque las fresas son rojas, y las fresas están muy buenas, aunque también es el color de la sangre que brota cuando se cae y se le despellejan las rodillas…
El verde… el verde le gusta por muchas cosas, en su casa hay mucho verde, cree que es el color preferido de su mamá, tendrá que preguntárselo.
El amarillo le gusta porque es el color del sol, y de los limones, y de los girasoles, y a ella le gustan mucho todas esas cosas, es un color que le hace recordar el verano.
Y el azul es el color del cielo, y el de los ojos de su papá, como no va a gustarle un color que está en cosas tan importantes como el cielo y los ojos de su papá.
El violeta no sabe bien por qué le gusta, no hay muchas cosas violetas, y aún así, la primera vez que vió el lapiz violeta en la caja que le habían regalado, estuvo toda la tarde pintando con él.
A lo mejor es su color favorito, porque es el único que le gusta sin más…

Nota un movimiento en la mantita, todavía llora un poquito, quizá sea que tiene miedo.

«Mami, ¿no podemos hacer nada para que cuando esté solita Lara no llore?»
«Claro que sí cielo, creo que he leído algo en una revista»
«¿El qué mami?»
«Es una sorpresa cariño, mañana ya lo verás, hoy dejaremos que duerma en tu cuarto para que no tenga miedo, ¿te parece bien?»

La niña pensó un rato y luego asintió.

«Venga, pues ahora a la cama, que ya es tarde».

Despues de dejar a su hija y a Lara bien arropadas, la mujer va a la cocina, y cogiendo un lápiz y un papel escribe una notita que deja en la puerta de la nevera pegada con un imán.

«Comprar un reloj que haga tic-tac para el cachorro«



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Publicado en Spaces el 07 febrero 2007
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Cuentacuentos 24: Recuerdo tu sonrisa de niña esculpiendo la mía

Recuerdo tu sonrisa de niña esculpiendo la mía desde la primera vez que te vi.
Allí, tras el cristal de aquel cuartito del hospital, metida en una pequeña cuna, tan distinta de la que yo te había hecho.
Recuerdo que sonreí entre lágrimas, allí estabas, por fin habías llegado, y el amor se expandía dentro de mí llenando cada rincón vacío de mi cuerpo.
Te movías despacito, como si inspeccionases cuidadosamente cada centímetro cúbico de aire antes de hacerlo.
Por primera vez pensé en lo raro que debía sentirse un bebé, despues de pasarse 9 meses rodeado de líquido, al salir de su refugio y descubrir lo que era el aire.
Alrededor de tí, había otros bebés, unos más grandes que tú, otros más pequeñitos, algunos con mucho pelo, y otros, como tú, casi calvitos, sin embargo yo solo tenía ojos para tí, para la pequeña estrella que había bajado del cielo para iluminar mi vida, y enseñarme a volver a sonreir.
Recuerdo que apoyé la frente en el cristal, y mientras con una mano me secaba las lágrimas con la otra te acariciaba a distancia.
Te quería más que a nada en el mundo, en ese momento supe que haría todo lo que fuese necesario por hacerte tan feliz como tú, apenas llegada a este mundo, me estabas haciendo a mi.
Recuerdo lo difícil que fue para mí separarme de aquel cristal, y recorrer aquel pasillo iluminado con frías luces fluorescentes.
Las lágrimas amargas de la tristeza sustituyeron a las primeras que tu dulce sonrisa había hecho brotar.
Con la cabeza gachas entré en el moderno ascensor, y pulsé el botón de la planta baja.
Al llegar me condujeron a otra habitación, por otro pasillo, este otro mucho más triste y oscuro que aquel que me había llevado a ti.
Allí no había cristal que me separase de ella, ni sonrisa que contuviese mi dolor, allí solo había frío…

Te querría más que a nada en el mundo a partir de aquel instante… al fin y al cabo… el precio que había pagado por tenerte era más alto de lo que habría podido imaginar.




Ufff, qué triste me ha salido… bueno, llega tarde… como siempre… más en El cuentacuentos

Publicado en Spaces el 5 febrero 2006

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Cuentacuentos 23: Al cerrar los ojos, despertó

Al cerrar los ojos, despertó la magia que tenía en su interior.
La sintió fluir en sus venas como pequeñas perlas de energía pura que la hacían abrir su esencia a un todo mucho más grande de lo que podía abarcar su imaginación.
Hacía mucho que no necesitaba acudir al poder y no recordaba la sensación embriagadora que producía.

Los colores de las cosas empezaron a hacerse más intensos a su alrededor, y comenzó a oir como los arroyos de energía fluían desde todas direcciones para alimentarla.
Sus latidos se acompasaron con las pulsaciones que regían el universo, y empezó a moldear la magia, al principio trabajosamente, luego, cada vez con más destreza, al paso que recuperaba la práctica.

Moldear magia requiere mucha energía vital si no sabes como hacerlo, por suerte ella había sido iniciada desde muy pequeña en el arte, y aunque llevaba largo tiempo sin intentarlo, no se olvida algo que se lleva en la sangre.

Eran tiempos difíciles, algo estaba cambiando, y no era nada bueno. Cada vez nacían menos niños que tuviesen la marca, y mientras la saga de los magos languidecía, un nuevo poder se asentaba en el reino, una corriente de fanatismo religioso que estaba poniéndoles al pueblo llano en contra.

Canalizó la magia y abrió su mente a las imágenes que se le ofrecían, estaba a punto de nacer, lo presentía, y no podían permitirse perder otro niño.
Empezó a ver imágenes difusas que la bombardeaban, primero un bosque, luego un roble enorme, una casita entre árboles, una mujer que sufría, una mano que le secaba el sudor de la frente, un llanto de recién nacido, un gran poder que emanaba del bebé, y de repente, vertiginosas visiones de fuego, destrucción, botas de soldados, la casita en ruinas, la mujer desmadejada en medio de un charco de sangre, dolor, gritos, el bosque arrasado, y la oscuridad engullendo a la criatura, mientras unos ojos terribles la escrutaban desde las sombras, con una amenaza escrita en el brillo malvado de sus pupilas.

Soltando los últimos jirones de magia, la mujer se desplomó en el claro, exhausta por el enorme esfuerzo que había hecho para localizar al pequeño.
Notó como la fiebre empezaba a nublarle la razón, iban a por el niño, lo buscaban, y si no hacía nada por evitarlo todo por lo que habían luchado se iría al traste, su visión confirmaba sus sopechas.

Se estremeció, un gran poder… como no lo había visto antes… la profecía empezaba a cumplirse… debía encontrar a la madre y ponerla a salvo hasta el nacimiento… pero por donde empezar…

Los ojos le pesaban… debía esforzarse en pensar… pensar… el niño…

… un bosque…

… el Árbol… ¡eso era!… sí… el Roble… Sagrado…

… debía… darse… prisa…



Atreviéndome con el género fantástico… más cuentos en Cuentacuentos

Publicado en Spaces el 26 enero 2006
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Cuentacuentos 22: Especial El señor de las Historias

Entré en la biblioteca aquella tarde con la convicción de que había llegado al final de mi ardua investigación.
Durante años había trabajado muy duro para descubrir su identidad, y estaba segura de que aquella tarde lo lograría.

Era primavera, y hacía un día estupendo, así que había muy poca gente allí, la mayoría leía en los patios interiores del edificio, disfrutando del sutil aroma de las flores y de la calidez que transmitían los rayos de sol.

Me dirigí con paso seguro hacia mi zona preferida de la bibliteca, anunciada con un sobrio cartel «Cuentacuentos», allí, en aquella sección, se acumulaban los volúmenes que habían nacido de la iniciativa del Señor de las Historias, una idea que había desbordado cualquier espectativa que el escurridizo creador hubiese imaginado.

Estantería tras estantería se apilaban los volúmenes llenos de historias que los internautas habían escrito a lo largo de todos los años que llevaba en pie el proyecto. Cada libro, titulado con la frase que hacía nacer la historia, almacenaba en su interior los cuentos de todos los participantes.

Observé con placer como cada tomo era un poco más grueso que su precedente, y pensé en que en la mayoría de ellos había un pequeño trozo de mi imaginación.

En la sala iluminada por una cascada de luz proveniente de los ventanales había cinco personas, entre ellas se encontraba el sujeto de mis investigaciones, el misterioso Señor de las Historias.

Cogí uno de los volúmenes más recientes, apenas tenía tiempo para leer todas las historias que se publicaban semanalmente, así que en aquel había cientos que me eran desconocidas; y me senté.

Observé por el rabillo del ojo a los presentes, y en un primer vistazo descarté a una chica, era demasiado joven para ser el Señor, apenas tendría cinco años cuando empezó todo.

Me quedaban cuatro, y estos eran más difíciles. Dos serían más o menos de mi edad, y otros dos bastante más mayores.

Sabía que al Señor le gustaba visitar periódicamente todas las bibliotecas públicas donde estaba presente Cuentacuentos y dedicarnos cada tomo a los escritores.
Por mis indagaciones había descubierto que era una persona muy activa que viajaba mucho para cumplir con esa misión, así que pensé en descartar al más mayor, con su bastón no parecía que estuviese para muchos trotes, pero no lo hice, habría sido muy presuntuoso descartarlo por su edad.
Había barajado la posibilidad de que fuese una mujer, pero según un estudio que había hecho un colega sociólogo, de sus relatos se extraía con casi total seguridad que era un hombre, aunque en los últimos tiempos esa tendencia se hacía menos clara, así que no descarté del todo a la mujer de cabello blanco que se sentaba al lado del anciano.

Descarté a otro de los presentes, un treintañero pelirrojo, porque su teléfono móvil empezó a sonar, y ni corto ni perezoso se puso a hablar con su interlocutor ante la mirada reprobadora del resto de los presentes. Definitivamente el Señor no podía ser tan irrespetuoso con el lugar donde nos encontrábamos.

Me quedaban tres, el anciano, la señora y el otro hombre de mi edad que leía ensimismado uno de los primeros volúmenes, uno de las primeras frases que yo había utilizado, pensé que quizá estaría leyendo mi relato.

La cosa se estaba haciendo cada vez más difícil, la verdad había sido muy ingenua pensando que con cuatro pistas podría dar con el responsable de que hubiese vuelto a escribir hacía unos años.

Con un suspiro cerré el libro que fingía leer, lo devolví cuidadosamente a su lugar, y me acerqué con mirada melancólica al ventanal, dejando mi inseparable libreta de bocetos abierta en el lugar en el que había estado sentada.

Mientras observaba como en el patio una docena de niños leían embelesados libros llenos de historias emocionantes, sentí una leve brisa que me revolvía el pelo, y un arrastrar de sillas a mi espalda.

Quizá el Señor se me estuviese escapando, pero entonces pensé en la magia que había en el hecho de que un total desconocido hiciese que la imaginación de cientos de personas volase, y no me sentí con fuerzas de romper aquella burbuja, así que cerré los ojos, y esperé un rato.

Cuando me di la vuelta solo quedaba la chica, los otros tres se habían ido. Recogí mi libreta cerrada de la mesa, y salí de allí.

Descendí la escalinata que abría la biblioteca a la plaza arbolada, y me senté en uno de los últimos escalones.
Entonces me dí cuenta de algo, yo había dejado la libreta abierta, pero la había recogido cerrada. Con el corazón latiéndome desbocado, la abrí por la última página donde había estado dibujando, allí, entre mis bocetos había una nota doblada…



Por fin me he puesto al día!!!! me ha encantado esta iniciativa de cuento especial!!! más en Cuentacuentos

Publicado en Spaces el 19 enero 2007
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Cuentacuentos 21: Matar formaba parte de la naturaleza de Laura

Matar formaba parte de la naturaleza de Laura, pero lo había descubierto demasiado tarde.
Empecé a amarla nada más verla por primera vez, una noche en la ópera.

Era de una belleza más allá de todo canon estético, sobrenatural incluso, había algo en ella que me atraía igual que la luz a una pequeña polilla, y no saber qué era lo que me obsesionaba, hacía que la deseara más todavía.

Y ella lo sabía, me tentaba, me llamaba con una canción que nadie más que yo podía oír, me iba esclavizando un poco más cada vez que nuestras miradas se cruzaban, con cada mirada la cadena que me ataba a ella se acortaba, y yo en vez de temer esta dependencia que desarrollaba con una total desconocida, sentía nacer en mi una dicha que me nublaba todavía más la razón.

Como un sediento me iba arrastrando hacia la fuente que manaba de ella, ávido de algo que sabía que podría ofrecerme sin temer las trampas que podría esconder.

Empecé a dormir poco, y a pasarme las noches recorriendo la ciudad con la esperanza de volver a verla, y ella, cada madrugada me ofrecía unos fugaces momentos, sabiendo que cada vez necesitaría más su presencia.

Con el tiempo empecé a observar en ella cosas extrañas, pero que mi mente enferma de amor no quería analizar.
Nunca la veía rodeada de las mismas personas más de dos noches, y en algunas ocasiones sus fugaces compañeros no volvían a ser vistos, esto último, más que extrañarme me reconfortaba, no podía soportar que otros tuviesen lo que yo ardía en deseos de poseer.

Nunca hablamos, porque nunca estuvimos lo suficientemente cerca, yo me acercaba ignorando todo lo que nos rodeaba, y ella me observaba con una extraña expresión en sus ojos, pero se desvanecía antes de que llegase a su lado.

A pesar de todo yo sabía que me deseaba, tanto o más que yo a ella, lo veía en sus ojos, y en su boca, en su forma de mirarme con una voracidad que no había notado en ninguna mujer, y que a pesar de asustarme un poco, despertaba una primitiva expectativa en lo más hondo de mi.

Este juego de seducción prosiguió unas cuantas semanas, haciéndoseme cada vez más insoportable no poder tocar su piel, que en la distancia me imaginaba suave y aterciopelada, de tan pálida que era.

Hasta que una noche, caminando como un demente por una calle desierta y oscura noté como una presencia me acechaba.
Debería haberme sentido aterrorizado, puesto que notaba como los pelillos de la nuca se me erizaban, y como mi cuerpo se tensaba, pero lejos de salir corriedo, me detuve y le dije a quien fuese, «te estoy esperando».

Y una voz a dulce como la miel y antigua como el tiempo me susurró en el cuello «por supuesto, pero yo a ti te espero desde hace mucho más».


Llega con casi dos semanas de retraso… culpa mía… más en Cuentacuentos

Publicado en Spaces el 19 enero 2007

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Cuentacuentos 20: A veces mi alegría se convierte en desgracia

A veces mi alegría se convierte en desgracia, como si todos los hados del mundo se confabulasen en mi contra, y lo que en un momento dado me hacía saltar de alegría, en un abrir y cerrar de ojos se marchitaba y moría dejándome en el alma el regusto amargo de la pérdida.

Dicen los que leen mis libros que tengo un don para expresar la desesperación que asola a las personas en determinadas situaciones. Lo que ellos no saben es que ese no es un don con el que haya nacido, sino que me he visto obligada a aprenderlo a lo largo de mi existencia.

Una detrás de otra las desgracias se han abatido sobre mí, y lo curioso es que de cada emboscada que la vida me ha preparado, en vez de quedar derrotada y en ruínas he renacido más fuerte y con más determinación para seguir adelante.

Muchas veces he pensado que no podría seguir, que el camino se estaba haciendo demasiado arduo y difícil para unos pies tan maltrechos como los míos, y sin embargo, sacando fuerzas de donde otros no tendrían más que lágrimas he continuado el viaje.

Mi piel se endureció con amargura, mi corazón se parapetó tras un muro, y afronté el destino como éste me obligó a hacerlo, no esperando nada bueno por temor a la horrible forma en la que me sería arrebatado.

Ahogué la soledad con palabras que se abrieron camino en los corazones de cientos de desconocidos que alababan mis obras, ignorantes de la sangre y el dolor que me había costado cada letra.

Y ahora, en medio de este túnel de luz que por lo visto es el último tramo de mi viaje, solo puedo pensar en una cosa… en lo feliz que me haría poder enseñarle el dedo corazón bien levantado al guionista que escribió mi vida, porque finalmente, la última palabra y el punto final lo he colocado yo.


Publicado en Spaces el 14 enero 2007
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Cuentacuentos 19: Colocaba la trastienda cuando comenzaron a sonar las sirenas

Colocaba la trastienda cuando comenzaron a sonar las sirenas.
De sus manos resbaló una caja de galletas haciendo un ruido sordo al chocar contra el suelo, aunque ella apenas lo oyó, tan horrorizada estaba por el estruendo.

Correr al refugio, correr al refugio, no podía dejar de pensar en ello, pero como muchas veces antes le había pasado, sus piernas se negaron a moverse, dejándola clavada en la trastienda de su pequeña tienda de alimentación, con los dedos crispados aferrados a los anaqueles de madera pulidos por el uso.
De fuera se oía a la gente correr entre gritos ahogados, aunque no tantos como las primeras veces que los alaridos de las alarmas antiaéreas habían roto la tranquilidad de la ciudad.

No estaba en la calle, pero podía imaginar las caras de las madres que apretaban a sus hijos pequeños contra el pecho mientras intentaban calmar sus sollozos descontrolados.
O el de los ancianos, donde se escondía un terrible vacío, el de aquellos que saben que el fin está cerca pero esperan una muerte más tranquila que morir aplastados por sus propias casas en un bombardeo.
Veía las caritas infantiles, que en medio de su bendita inocencia saben que existe un peligro real, mucho más grande que las sombras que los acechan por las noches bajo los colchones.
Podía imaginar todo eso, pero sus piernas se negaban a moverse, y las sirenas seguían sonando.
Apretó los ojos un momento e intentó concentrar todas sus fuerzas en una sola cosa, salir corriendo.

Entonces por todas partes empezaron a explotar bombas, y solo pudo arrastrarse hasta una esquina y taparse los oídos con fuerza intentando alejar de su mente el horror, mientras edificio tras edificio sucumbía a las explosiones.


Publicado casi a tiempo, más en Cuentacuentos

Publicado en Spaces el 26 diciembre 2006
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Cuentacuentos 18: El sábado comenzará

El sábado comenzará su nueva vida, pero él no lo sabe, ignorante del destino que le voy a ofrecer.
Lo he decidido, debe ser mío, su sangre me llama, le necesito, llevo años esperándole.

Cada noche durante siglos he sentido un vacío dentro de mí, una ausencia de algo que no sabría describir.
En mi vida, qué irónica esa palabra, faltaba algo, y ya lo he encontrado.

Durante noches lo he acechado, asustada del sentimiento que me había provocado encontrarle.
Y el vacío se hizo necesidad salvaje, ahí estaba lo que había buscado, al alcance de mi mano.

Ansiaba tenerle, para mí, para siempre, apoderarme de él como mucho tiempo atrás otro me había poseído.
Presa de un frenesí como nunca había experimentado sentí crecer la sed en mi interior con la turbulencia de mis primeros años.

Pero esperé pacientemente, le observé moverse por la noche que es mi reino y que pronto será el suyo.
Ví en él la necesidad de algo más de lo que le ofrece la insulsa vida que lleva, la agonía por necesitar algo que cree no poder conseguir.

Y por eso será mío, porque puedo ofrecerle todo lo que busca, porque sus ojos me llaman, en mi está la respuesta.
Sé que él me espera, ha nacido para mí, me amará por lo que voy a ofrecerle, se rendirá a mí y nunca más estaré sola.

Este sábado renacerá a una existencia sin límites, sí, podré esperar, al fin y al cabo, tengo todo el tiempo del mundo.


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Publicado en Spaces el 24 diciembre 2006

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Cuentacuentos 17: El sonido de los árboles me tranquiliza

«El sonido de los árboles me tranquiliza, por eso vengo aquí.»
Es lo que le había dicho la primera vez que lo había traído, y él lo entendió al rato de estar allí, sentado bajo el mismo árbol que ahora le cobijaba.

No solo los árboles le daban un encanto sobrenatural al lugar, un pequeño arroyo cortaba el claro llenando el aire de un gorgoteo cristalino.
Además la luz se tamizaba entre las copas llenando el suelo de mil y un recortes de luz parpadeante.
Tambien el olor era especial, un aroma diferente a cualquier otro que hubiese olido nunca, una mezcla de fragancias agradables y otras repugnantes, pero que juntas resultaban tremendamente sugestivas.


Le había sorprendido mucho que le llevara al lugar donde ponía en orden sus ideas, para ser sincero le había sorprendido que tuviera un lugar para ello.

Aquella primera vez habían estado allí sentados horas, hablando, conociéndose como nunca habían conocido a nadie.

Aquella tarde empezaron muchas cosas, por eso era justo que también allí acabaran.

Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el tronco.
Al abrirlos estiró las manos y las contempló fijamente, un poco más allá de sus pies una parcela de tierra recien removida destacaba entre la hierba brillante de gotas de rocío.

Se tapó la cara con las manos y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas manchándolas de sangre diluida.

Sí, era justo que todo acabase donde había comenzado.


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Publicado en Spaces el 23 diciembre 2006