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Cuentacuentos 41: No hay mayor desprecio que no hacer aprecio

«No hay mayor desprecio que no hacer aprecio«

Me lo decía mi madre cuando llegaba del colegio frustrada porque algún compañero se reía de mí por ser la más bajita de la clase.
Y yo pensaba «Sí, claro».

«No hay mayor desprecio que no hacer aprecio«

Supongo que es lo que piensan las cuatro señoras que sentadas en una terracita ignoran a la mujer que con un cartelito en la mano, y una expresión en la cara mezcla de aburrimiento y desafío, las contempla.
La veo desde lejos, no se mueve, el cartel es de esos que las mafias fabrican en serie, de los que te informan de que tiene nosecuantos hijos y que no tiene con qué criarlos.
Sigue en la misma postura cuando yo paso de largo, en todo ese rato, ninguna de las cuatro señoras la mira, ninguna se digna a decirle siquiera un magro «No».

«No hay mayor desprecio que no hacer aprecio«

En el parque juegan unos niños a la pelota, deben ser hermanos porque van todos conjuntados, mismos colores, mismo modelo de zapatos, mismo caballito en las camisetas.
Se acerca a ellos otro niño, con otros zapatos, otra ropa, les pregunta si puede jugar con ellos.
El mayor de los de la pelota le mira de arriba a abajo, nunca he visto tanto desprecio en unos ojos tan jóvenes.
No le contesta, no le vuelve a mirar, sigue jugando con sus hermanos, que estratégicamente han dado la espalda al nuevo.

«No hay mayor desprecio que no hacer aprecio«

En una fiesta, veo una chica al fondo, conozco su mirada, es triste, yo la he tenido así una vez, hace tiempo, busco en la dirección hacia la que mira. Hay una parejita bailando muy pegados, juraría que hace pocas semanas vi ese mismo chaval abrazado a la chica triste, aunque en aquel momento ella tenía toda la luz de las estrellas en sus ojos. El chaval mira a la chica triste, juro que pude sentir el frío que transmitían sus ojos, juro que la vi estremecerse.

«No hay mayor desprecio que no hacer aprecio«

Finalmente, mamá, tendré que darte la razón.

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Cuentacuentos 40: Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir


Le temblaban las manos cuando tuvo que elegir
cual de las dos llevarse.
Y además notaba como estaba empezando a sudar copiosamente, como siempre que se convertía en el centro de atención de un grupo de más de cuatro personas.
Y allí, para su desdicha, había unas siete personas pendientes de la elección que iba a tomar.

Había entrado tranquilo porque no había nadie en el establecimiento, y el pedido que tenía que hacer era de lo más sencillo. Solo debía decir qué deseaba llevarse, que lo cogiesen de su anaquel, lo envolviesen, lo cobrasen y listo.

Muy fácil… demasiado fácil.

Nada más llegar al mostrador, detrás de él entró una señora carirredonda, con un peinado muy cardado por arriba, con un señor que se agarraba con una mano la parte derecha de la cara, con una gran mueca de dolor.

Inspiró hondo y se tranquilizó, no pasaba nada.

Entonces y antes de que saliera nadie a atenderle desde la trastienda, volvieron a sonar las campanillas de la entrada, dando paso esta vez a una mujer embarazada con un niño de la mano que no dejaba de quejarse de que le dolía mucho «la pincha» que le había puesto el «meco».

Justo en aquel instante fue cuando entre las estanterías apareció la farmacéutica, como si esperase a que hubiese al menos tres clientes para hacer menos viajes.

Ya notaba como finas perlas de sudor se formaban en sus sienes, pero se dijo a sí mismo que podía hacerlo, era fácil era muy fácil.

Armándose de todo el valor que pudo encontrar entre las partículas de su valentía que se habían dado a la fuga con la entrada de la embarazada, le pidió a la farmacéutica lo que había ido a buscar. La embarazada sonrió, la vio reflejada en el pequeño espejo que había en el mostrador.

Ya estaba hecho, ahora ella lo traería, él lo pagaría y se podría ir de allí.

Y antes de que la mujer pudiese decir nada, volvieron a tintinear las campanillas, y un nuevo cliente entró a la farmacia.

Un señor mayor que ya entraba quejándose de la enorme cola que había, y detrás, el que debía ser su amigo, puesto que trataba de tranquilizarle.

Las pequeñas gotas de sudor se convirtieron en finos hilillos, y cuando la farmacéutica le dijo que si quería una la caja de siempre o si prefería probar una nueva gama que había llegado y que estaban teniendo una gran acogida entre la gente de su edad, notó como la boca se le secaba.

El niño empezó a llorar y notaba en la nuca la respiración entrecortada del hombre del flemón, el anciano seguía protestando, ahora sobre la juventud de hoy en día que no sabía decidirse, y la madre embarazada soltó una risita.

Demasiado fácil, había creído que sería demasiado fácil.

No sabía qué decir, y sentía clavadas en él las miradas de cinco adultos mientras la farmacéutica le mostraba las dos cajas, una en cada mano diciéndole que el sabor de la nueva gama era mucho mejor por lo que a los jóvenes les resultaba mucho más agradable.

Tenía que salir de allí rápido, necesitaba aire.

Fue en el momento en el que volvieron a repicar las campanitas cuando soltó atropelladamente su respuesta, la farmacéutica le miró y le pidió disculpas, no le había oído con el ruido de la calle.

Y lo repitió a grito pelado, presa del nerviosismo, con lo que la joven que entraba en ese momento se quedó asombrada mirándole mientras la embarazada reía ya a carcajadas.

Y una vez hubo salido a toda prisa de la farmacia con su caja en la mano, le dio tiempo a oír a la mujer del cardado mientras se cerraba la puerta:
«Hay que ver la que montan los jóvenes por unas aspirinas, si llega a querer comprar condones no sé qué habría hecho».

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Cuentacuentos 39: La fábrica de sueños cerró por vacaciones

La fábrica de sueños cerró por vacaciones una tarde de verano.
Era algo inaudito, el hecho de que cerrase sus puertas durante quince días había provocado un gran revuelo.
Los ancianos del lugar no dejaban de mascullar sus quejas, y los «En mis tiempos esto no pasaba» y los «Esto es el fin del mundo» se repetían por todas las esquinas.
Y la verdad es que nadie estaba muy seguro de como iba a acabar aquello. Si la fábrica de sueños no producía… ¿como iban a poder soñar?

Todo había comenzado con la llegada de un extranjero. Había traído unas extrañas ideas sobre sindicatos, horarios, salarios dignos y períodos de vacaciones.
Uno a uno se había ido ganando la confianza y el respeto de los trabajadores, que en todas las fábricas habían exigido la mejora de sus condiciones laborales.
Una a una, las fábricas no habían podido evitar el cambio, las huelgas se sucedían, y los disturbios ponían en peligro la estabilidad económica del país.

En todas las fábricas excepto en una, en la de Sueños. Todo el mundo daba por supuesto que aquella factoría no podía permitirse el lujo de parar la producción, alguien tenía que fabricar los sueños, y si cerraban ¿quien lo haría? No se trataba ya de un problema económico, sino de algo mucho más profundo.

Todos se sabían de memoria las viejas historias de cómo habían sido los años de la gran guerra, cuando la fábrica había sido bombardeada. Nadie soñaba, el mundo se volvía más y más gris, y todos habían estado a punto de ceder al desánimo producido por el combate, incluso los niños, que encontraban la alegría en cualquier rincón habían perdido la ilusión. Y todo había seguido así hasta que al acabar la guerra la fábrica fue reconstruida.
Eso no podía volver a pasar, y menos por las patrañas sindicalistas de un desconocido.

La fábrica aguantó la presión unos meses, pero finalmente las amenazas encubiertas de otros empresarios, hicieron que se tomase la difícil decisión, y una tarde se anunció el cierre por vacaciones.
Durante los primeros días el nerviosismo se palpó en cada rincón del pequeño país. Mañana tras mañana se confirmaron los presagios, la gente no soñaba nada, se pasaban la noche en blanco, y en las calles se empezaron a oír quejas.

Al sexto día, media población estaba convencida de que la fábrica tenía que volver a abrir, necesitaban sueños.

Pero al séptimo, ocurrió algo que nadie esperaba, algunos niños comenzaron a soñar, y en la frontera del país, un desconocido extranjero sonrió y cruzó al siguiente país en su lista.

Ufff, a ver qué tal os parece! más en Cuentacuentos donde no necesitamos una fábrica que nos ayude a soñar.

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Cuentacuentos 38: Los hombros del ángel…

Los hombros del ángel se estremecían mientras lloraba, y cuanto más pensaba en ello más lágrimas rodaban por sus mejillas.

Los ángeles no lloran, no dejaba de repetírselo.
Los ángeles son perfectos, no sienten tristeza.

Y sin embargo sus ojos estaban inundados de agua, y además sentía algo muy extraño dentro del pecho, algo que no sabía como explicar.

El ángel pensaba en los humanos; ellos sí podían sentir pena, igual que sentían dolor. La pena, esa maravilla que chorreaba en gotas claras por la cara, o el dolor, aquello que a veces caía en gotas oscuras por un brazo herido. Cosas como esas, que hacían de los humanos un misterio más allá del alcance de una poderosa mente angelical.

Esos seres extraños, tan parecidos a ellos pero a la vez con todas las debilidades propias de los animales… Se decía que Dios los había hecho defectuosos, les había hecho sentir pena y dolor, llorar y sangrar; pero ni siquiera los grandes arcángeles, los más cercanos a Él, habían logrado aventurar por qué lo había hecho de ese modo. No se podía entender que habiendo ya seres perfectos en el cielo, fuera necesaria esa impureza sobre la tierra. Nadie afirmaría que se trataba de un error en la creación, pero ninguno de ellos veía tampoco el acierto.

Ángeles de todos los estratos del cielo habían observado durante milenios a aquellos extraños seres, tratando de penetrar sus mentes, de atrapar sus sentimientos o percibir lo que captaban sus sentidos. Ni los propios ángeles guardianes, los más cercanos a los hombres, eran capaces de explicar la profunda maravilla de su imperfección.

Los humanos eran transparentes a su mirada, pero no menos incomprensibles, y todo ser celestial albergaba en su interior un deseo extraño, casi incómodo, de llegar un día a traspasar el secreto de la humanidad.

Y ahora a él, de pronto, le llovían los ojos, y sentía una presión en el pecho.

Y bien, esta es una colaboración entre esta menda y un nuevo Cuentacuentos, alguien que todavía no tiene carnet de socio pero está en ello.

Yo di la idea y cuatro frases, no conseguía encauzar la historia y él pillo la idea al vuelo, le dio su toque mágico y como si me leyera el pensamiento y lograra ordenar mi caos de ideas, le dio la magia final que habeis leído.

En realidad es su segundo contacto con Cuentacuentos, ya que me hizo el honor de escribir un relato con mi frase, aquí.

Os encantará leerle cada semana, os lo digo yo.

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Cuentacuentos 37 (doble)

Este cuento es la tercera parte de una pequeña trilogía, la primera y la segunda, aunque creo que pueden ser leídos por separado las otras dos pueden aportar algo a esta tercera y última parte de un triángulo. Os lo digo porque creo que pocos las leísteis.

La mirada que le devolvió el espejo no era la suya, o al menos no era la misma que le devolvía antes de aquella noche de sábado, y la primera vez que la vi reflejada al lado de mi imagen, sentí miedo, mucho miedo, del ser que estaba tras de mí, parecido pero totalmente distinto al hombre que había conocido.

Todo cambió aquella madrugada, y todo a causa de Laura.

Por fin sabía su nombre, después de tantas noches sabiendo que él perseguía su escurridiza presencia, por fin podía ponerle un nombre a su pálida cara, Laura, y cuando él me lo dijo, odié al instante aquellas cinco letras.

Tiempo después se preguntó a sí mismo por qué no había sentido miedo cuando la vio parada ante sí, cuando vio el terrible brillo en su mirada. Y mucho después de poder hacerse esa pregunta, seguía sin hallar la respuesta.

También me preguntó a mí si yo podía decirle por qué no había huido cuando la vio.
Y yo no supe qué contestarle, porque en sus ojos, ahora tan distintos de los que yo había conocido, vi que la amaba, la amaba a pesar de lo que ella le había hecho, a pesar de todas las cosas horribles que a causa de ella había tenido que hacer.
Quizá ella tuviese razón al decirle que solo le había dado lo que él había estado buscando.

Me dijo que cuando era un niño imaginaba que era un pirata cuando jugaba con su espada de madera, vi su cara crispada cuando acabó de contarme que se la había hecho su abuelo, y luego escuché con un escalofrío la profunda y hueca risa que soltó, «Yo ya nunca podré ser abuelo».
Quise consolarle acariciando su fría piel con mi mano, queriendo creer que en él todavía había algo de humano, y él me miró directamente a los ojos, y puedo jurar que vi entre los cristales de frío hielo que los poblaban una pequeña llama del amor que un día sintió por mí.

Y después me besó, alcanzando mi boca con esos movimientos imperceptibles que ahora le caracterizan, arañando mi labio inferior con sus afilados dientes, lamiendo luego la sangre que se deslizaba en pequeños hilillos hacia mi barbilla, haciéndome sentir un deseo de él como nunca había experimentado.

Sentí que la furia se apoderaba de mí. Laura, todo por culpa de Laura.

Nunca la he conocido, pero estoy segura de que ella a mí sí, porque a veces, después de sus fugaces visitas nocturnas, noto una presencia inquietante que me observa, parecida a la suya, pero mucho más aterradora, mucho más amenazante, una especie de frío glacial que me toca, me tantea, y me recorre la columna, una especie de aviso.

Creo que la asusta que pueda robárselo. Resulta irónico que lo crea, cuando fue ella la que me lo arrebató a mí de los brazos, la que lo embrujó con su silencioso canto, una noche en la ópera, la que lo va a tener por toda la eternidad.
Y lo cierto es que ya no es mío, no lo tengo ni siquiera en el transcurso de estas visitas nocturnas a mi cama, con las que por unos minutos vuelve a pensar que es humano.

Y todo por su culpa, por culpa de Laura.

(Lo siento, por un ataque de spam he tenido que eliminar la entrada y volverla a poner, al final voy a tener que poner lo de confirmación de caracteres, y eso que no me gusta)

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Cuentacuentos 36 (triple)

«La habitación del deseo». Así se llamaba la exposición.
Me llamó la atención el nombre cuando buscaba en la sección cultural del periódico a qué hora abría la galería que debía visitar para la crítica de arte que me habían encargado.
Pero mucho más sorprendente fue ver la fotografía de la artista. No me habría hecho falta leer su nombre para saber quien era, pero lo hice por pura necesidad de confirmar lo que ya supe en cuanto vi sus ojos mirándome descarados desde la página del diario.

Fue una suerte que estuviese sentado en ese momento, porque noté como mis piernas se aflojaban, y supe que no me habrían podido mantener en pie.

Nunca imaginé que volvería a verla, y mucho menos que la encontraría entre las páginas de un periódico.
Fotógrafa, era fotógrafa, y por lo que decían, muy buena. Esto último no me sorprendió demasiado.

Al final fui aquella tarde, no sabía si sería una buena idea, pero allí estaba, necesitaba volver a verla. Y qué mejor momento que la inauguración, cuando estaría demasiado ocupada con toda la atención que recibiría como para reparar en mi presencia.

La exposición era verdaderamente impactante, llena de sensualidad y pasión. Hacía mucho que no veía nada tan bueno, y no tenía nada que ver que fuera ella, hasta ese punto no había perdido mi sentido crítico.

Mostraba un manejo sorprendentemente maduro del color, pero sobre todo de los contrastes lumínicos.
A la vez que un gran erotismo, aquellas imágenes derrochaban inocencia, lo que no dejaba de ser un contrasentido, y lo qué más gracia me hizo, todas y cada una tenían un título que discordaba enormemente con la fotografía.
Una se llamaba «El gatito correteó juguetón entre sus piernas», y sí, fijándote, al fondo aparecía un gatito, y por el suelo, entre unas piernas de mujer preciosas, enfundadas en unas medias de encaje y unos zapatos de tacón imposible, pequeñas marcas de pisadas de gato.
Leer el título te obligaba a ver desde otro punto de vista la fotografía, con lo que la experiencia era doblemente gratificante.

Fue todo un descubrimiento ver todas aquellas fotos, y supe que la exposición sería un éxito cuando a mi alrededor vi a gente realmente sorprendida y emocionada por lo que veía, y no a los típicos snobs que suelen parlotear incesantemente sobre técnicas y estilos de los que estoy seguro de que no tienen ni idea.

Estaba maravillado por un perfil a contraluz cuando la vi.
Encantadora, con un vestido precioso negro, y recibiendo toda la atención que merecía, tanto como artista, como mujer.
Tenía el mismo pelo ondulado, la misma forma de ladear la cabeza para escuchar a su interlocutor, la misma sonrisa, la habría reconocido entre mil, a pesar de que se había convertido en toda una mujer.

Cerré los ojos, deseando atreverme a acercarme, deseando tener el valor de decirle cuanto me gustaba su obra, deseando poder contarle cuánto la había echado de menos.
Pero me fui, y podéis llamarme cobarde, pero supe viendo sus fotografías, que sólo le causaría un dolor que no necesitaba en su vida.
No podía arreglar lo que había echo mal tantos años atrás, y por eso me fui conteniendo en mi lengua, mi cabeza y mi corazón aquellas cuatro palabras que deseaba decirle: «Yo soy tu padre».

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Cuentacuentos 35 (Cuento al revés)

Despertó sintiendo el cálido contacto de su piel contra la suya.
Pasaron un par de segundos hasta que recordó la noche anterior, y entonces, una enorme sonrisa se hizo hueco en su cara.
Inspiró profundamente el aroma que emanaba de ella, se recreó contemplando los destellos que la incipiente luz del amanecer arrancaba de las minúsculas partículas plateadas que estaban adheridas a su cuerpo.
Se sintió feliz, infinitamente feliz, como si la última pieza de un rompecabezas por fin se hubiera encajado.

Cerró los ojos, y allí, en el interior de sus párpados, se volvió a proyectar la intensa noche.

Había tenido que llevarla hasta su casa porque el pie se le había hinchado bastante.
Al llegar comprobaron lo difícil que le iba a resultar subir hasta un tercero sin ascensor.
Sabía que después de los acontecimientos de la tarde, aquello posiblemente no sería una buena idea, pero se ofreció a subirla en brazos. Fue un momento bastante violento cuando la cogió y ella pasó sus brazos alrededor de su cuello. Tenía la piel caliente y su contacto hizo que imágenes muy poco apropiadas asaltaran su cabeza, y para empeorar las cosas, sentía su aliento cosquilleándole en el cuello.

En el rellano del segundo, se le escurrió un poco y tuvo que agarrarla más fuerte, entonces ella soltó una risa nerviosa, y él rió a su vez, la situación era verdaderamente cómica, a pesar de todo.
Ya solo quedaba un piso, la dejaría en su casa y podría irse, posiblemente corriendo, ya volvería por el coche luego, necesitaba alejarse, que la brisa de la tarde enfriase su cabeza, que aquel deseo se diluyese. Dios, su pelo olía tan bien.

Por fin habían llegado a la puerta. Algo le atenazó el estómago, quería irse, pero deseaba con todas sus fuerzas quedarse. Era su amiga, era su mejor amiga, no dejaba de repetírselo una y otra vez como si ese solo pensamiento pudiese borrar lo que había pasado aquella tarde.
La dejó en el suelo, pero sus brazos seguían rodeándolo, sus ojos lo miraban, y tenía los labios entreabiertos a unos centímetros de los suyos. Sería tan fácil besarla, deseaba tanto hacerlo.
Y fue entonces cuando ella lo hizo, le besó, mientras sus dedos se enredaban en su pelo.
Ya no pudo más, los pequeños restos de cordura que habían contenido sus impulsos se rompieron, y se dejó llevar por el deseo de besarla, de apretarla contra sí y no dejarla ir nunca.
La volvió a levantar y esta vez ella le rodeó con las piernas y los brazos, una pequeña mueca de dolor en su cara le hizo volver a la realidad por un instante, pero no quería dejarla ahora que la tenía, la necesitaba.

Ella le susurró al oído que las llaves las tenía en el bolsillo derecho. La puerta se cerró tras ellos.

Se movió un poco, allí, a su lado. Estaba tan hermosa durmiendo, y a la vez tan tremendamente sugerente, con la sábana tapándole apenas nada.
Le acarició el costado, rozándola levemente con un dedo, y volvió a la noche anterior, La Noche.

Ni siquiera recordaba como habían llegado a su cuarto, solo recordaba estar allí, tendido sobre ella, besándola, apresado entre sus piernas.
Todavía tenía aquel sabor adherido a la piel, salado, intenso. Se habían desnudado presos de un ansia arrolladora, casi arrancándose la ropa, deseosos de que hasta el último centímetro de su piel estuviese en contacto.

Y la besó, pasó sus labios y su lengua por todos los lugares donde había deseado hacerlo, la sintió temblar bajo sus caricias. Sintió sobre su piel el tacto abrasador de sus manos explorándolo, y su respiración anhelante en su cuello, mientras le mordía suavemente la oreja.
Se estaba volviendo loco de deseo cuando ella ya no le dejó más salida y lo atrajo irremediablemente hacia ella.

No podía creer que hubiese pasado.
Se había dado cuenta de que para él no era sólo una amiga cuando el sábado anterior la había visto ligando en una fiesta, y unos celos abrasadores le habían consumido las entrañas.

El día no prometía gran cosa, no podía hacer nada por tenerla sin arriesgarse a perderla para siempre, ¿como iba a decirle a su mejor amiga que creía estar enamorado de ella?
Habían quedado todos en pasar el día en la playa, había estado a punto de no ir, pero para qué negarlo le producía una especie de placer masoquista verla en bikini.

A media tarde todos habían ido a dar un paseo por las rocas. Él había dicho que estaba cansado. Sabía lo que pasaría, era su mejor amiga, iría todo el rato a su lado sin saber que le estaba torturando.
Fue peor, se quedó para que no estuviese solo, y después de un rato que pasaron hablando como siempre habían hecho, cuando él ya estaba relajado y pensando que era normal pensar que estaba enamorado de su mejor amiga, ella le pidió que le echase crema por la espalda.
Se le hizo un nudo en la garganta, no podía negarse, siempre lo había echo y ¿como explicarle que hoy no quería? Se armó de valor y empezó a extenderla por su espalda, después del primer momento empezó a darse cuenta de que la estaba acariciando, de que no solo le extendía crema, sino que se estaba recreando en ello.
Se sintió mal, casi como si se estuviese aprovechando de ella, y para colmo, se había excitado terriblemente.
Cerró la botella de protector, y malhumorado, se tumbó boca abajo deseando que se le pasara pronto.
Ella permaneció callada unos minutos, probablemente pensando en por qué estaría tan raro últimamente, pero luego le dijo que se iba a quemar así que mejor le daba un poco de crema.

Y no pudo más, se levantó como una exhalación y salió disparado hacia el agua. Nadó como un loco, descargando en cada brazada la tensión que llevaba días acumulando.
Entonces fue consciente de que ella debía estar alucinando con su comportamiento, se maldijo por lo estúpido que había sido, ahora tendría que darle una buena explicación, por supuesto una gran mentira.
Nadó hacia la orilla, buscándola con la mirada en la arena, no estaba.Se paró y se puso de pie cuando ella le salió al paso con un par de brazadas, estaba enfadada, o quizá confusa, o puede que las dos cosas, la entendía.
Intentó hacer trabajar su cerebro en busca de una buena razón, pero cuando furiosa le preguntó qué coño le pasaba, y le recriminó lo preocupada que la había hecho sentirse, algún cable de su cabeza se cruzó y agarrándola por los hombros la besó.
La había cagado, lo sabía.
Ella retrocedió un par de pasos y entonces una mueca de dolor desfiguró su cara, se agachó y se agarró un pie.
Fanecas, en aquella playa había fanecas. La cogió en brazos y la llevó al puesto de la Cruz Roja, había que sacar el veneno. Le habría impedido cogerla, sin duda, si no fuese por el terrible dolor que estaba sufriendo.
No dijeron ni media palabra mientras el socorrista le extraía el veneno del pie haciendo unas incisiones, luego la acompañó a las toallas.
Ya estaban todos allí haciendo planes para esa noche.
Quería irse, quería esconder la cabeza en un agujero en la arena y desaparecer, no podía creer la tremenda estupidez que había cometido.
Les preguntaron qué había pasado y ella salió del paso diciendo que habían decidido bañarse y que le había picado una faneca.
Él dijo que tenía que irse, que tenía algo importante que hacer, y que esa noche no podría salir, todos le miraron con sorpresa pero no insistieron.
Estaba recogiendo su toalla cuando la escuchó decir que también se iba, que no se encontraba demasiado bien, también escuchó a alguien que decía que ya se podrían ir los dos juntos.
Algo se heló en su interior. Si se negaba, habría preguntas, pero si ella no quería, se le vendría el mundo encima. La miró a los ojos, necesitaba saber que ella le perdonaba. Ella bajó la vista pero le preguntó si le importaba acercarla a su casa.

Fue un viaje horrible, no dejaba de pensar en lo tremendamente estúpido que había sido, mientras la miraba de reojo. Ella no decía nada, sentada muy seria a su lado, con el pelo todavía húmedo y una miríada de diminutos granos de arena destellando en su piel.

Con los ojos cerrados y los brazos debajo de la cabeza pensaba en que ella le había besado, y no podía creer que se hubiesen acostado.
Entonces sintió un tenue cosquilleo que bajaba por su vientre, como una suave caricia, y abriendo los ojos vio su mirada traviesa mientras el contacto su mano le hacía contener el aire.

Tarde, tarde, taaaarde, ufffffff.

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Cuentacuentos 34 (triple)

Te conozco demasiado bien, te pasa algo colega, no lo niegues.
– Sí bueno, en realidad no es nada…
– ¿Tú te has visto la cara chaval?
– ¿Qué le pasa a mi cara?
– Pues que está mustia, parece una lechuga en pleno agosto… y ayer tampoco bebiste tanto en la fiesta como para que sea resaca, de hecho, te pasaste media noche bailando con aquella chavala tan maciza, y la otra media preguntando a unos y a otros si la habían visto.
– Ya…
– ¿Por cierto? ¿Quien era? No la había visto antes.
– Yo tampoco… y el caso es que ni sé como se llama…
– ¿En serio? Tío eres la bomba, tú al tema lo más rápido posible, ¡eres mi héroe!
– No es eso, es que…
– Claro, estabas tan enfrascado mirando sus…
– ¡Calla imbécil! Siempre pensando en lo mismo.
– Como si no te hubieses fijado en la pedazo delantera que se gastaba, ¿no?
Ni siquiera tuvo tiempo de despedirse, apenas el DJ dijo que faltaban unos minutos para las 2, ¡zas! Desapareció… salió corriendo…
– ¿Sin decir nada? Tío, esa chavala es muy rarita
– Ya pero tiene algo… algo diferente…
– Sí claro, lo que pasa es que tú te la querías llevar al huerto y ella no se dejó, jajajajaja
– No jodas tío, no es como las demás, hay algo mágico en ella…
– ¿Mágico? El par de tetas mejor puestas que vi en mi vida, acompañadas de un cuerpo de infarto, y unos ojos increíbles… no es magia, es…
– Pedazo burro en celo estás hecho, joder.
– A ver, me pongo serio… ¿como le entraste?
Pfff, fue de lo más ridículo, estuve como media hora mirándola de lejos… no me atrevía a acercarme…
– ¿En serio? ¿Tú? ¿El pichabrava asustado por una tía? Aunque, bueno, con esa… cualquiera pierde el norte… yo porque cuando la vi ya estaba contigo… y un colega es un colega…
– Pues eso, entonces que me acerco y le digo «Hola, ¿bailas conmigo?«…
Jajajajajajaja tíooooooooo pedazo frase para ligar, ¿me dejas apuntármela? jajajaja
– Sí, tú ríete
Jajaja creo que mi abuelo en sus tiempos tenía frases más modernas.
– Ala, pues no te cuento más, a cascarla, serás gilipollas…
– Venga, no te mosquees.
– El caso es que no sé cómo dar con ella.
– ¿Y no tienes ninguna pista? ¿No la viste llegar con nadie? ¿Ni hablar con alguien ni nada?
– Bueno, lo cierto es que cuando salió corriendo, se le cayó esto.
– ¿Eso no es un pendrive?
– Sí, casi no lo vi de pequeño que es.
– Tío, estás amamonado, en serio, esa puede ser la clave para encontrarla.
– ¿Cómo?
– A ver, que hay que explicártelo todo. Ahí puede tener información importante, así que es probable que intente encontrarlo, y en caso contrario, quizá tenga datos que nos lleven a ella.
– Tío…
– ¿Sí? A ver que saco mi portátil y miramos…
– ¿Esta situación no se te hace tremendamente conocida?
– ¿?

Siento la falta de originalidad, y haber condensado tres frases en una sola… es el final de curso, que no me deja tiempo, aún así, espero que la disfruteis.

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Cuentacuentos 33 (doble)

El título de aquel libro llamó poderosamente mi atención. Por eso la conocí, ¿sabes? Por aquel libro.

Un cartel enorme anunciaba que ella estaría allí firmando ejemplares de su último libro. Yo no sabía quien era ella, pero aquel título…

Me presenté en la tienda el día de la firma, dispuesto a saber quién había elegido justamente aquellas cuatro palabras. Estaba ojeando el libro cuando ella apareció a mi lado. Su fragancia… no sé como explicarlo, me capturó.

Me sonrió, y me preguntó si venía por la firma, yo le dije que sí, y entonces ella me preguntó si me había gustado el libro. Yo sonreí azorado y le dije que la verdad era que no lo había leído, pero que me había llamado la atención el título, y había venido con la intención de saber quién era la autora.

En ese momento ella soltó una risita, y yo la miré intrigado. Me miró a los ojos, y volvió a reír al ver mi mueca interrogante.

Entonces se presentó. Su sonrisa, puedes creerlo, fue la más amplia que vi en mi vida.

¿Sabes? Era hermosa, pero no con esa belleza evidente con la que nos bombardean hoy en día, en ella todo era sutil, pero embriagador, todo excepto sus ojos que eran espectaculares…

Me enamoré de ella en aquel instante, en aquella tarde, y gracias a aquel libro, su libro, nuestro libro.

Y ella se enamoró de mí también, pero más tarde, a poquitos, en cada café, en cada cena, en cada paseo por la ciudad, en cada llamada telefónica.

No sabes como llegué a amarla, la sentía aquí dentro, conmigo en cada segundo del día.
Pero el destino es cruel, y de la misma manera casual que me la dio, un horrible día decidió arrebatármela.

Tú no puedes entenderlo.

Viví, no, no viví, creí morir cada día despues de aquel, hasta que un día por la calle, ví su pelo.

No, no me mires así. Es cierto, no era su pelo, pero era igual. Aquella mujer llevaba su mismo peinado, su mismo color, y como más tarde comprobé, su misma suavidad y el mismo sutil aroma.

Entonces supe que debía ser mía. Pero ¿sabes? era su pelo, pero no era ella.

Shhhhhhh no intentes moverte, te vas a hacer daño. Y no queremos que te hagas daño, ¿verdad?

A partir de aquel momento supe lo que tenía que hacer, tenía que buscarla.

Meses más tarde encontré sus manos, sus mismas caricias, su misma fuerza. Y otra vez eran sus manos, pero no era ella.

Una noche, ahogando la pena que me producía su ausencia encontré sus labios, me besaron, y pensé que la había encontrado, su dulzura, su pasión. Pero aunque eran sus labios, tampoco esta vez era ella.

No llores, ¿por qué lloras? Si te portas bien, vamos a ser muy felices. Ellas no se portaron bien, ¿sabes? Tenían su pelo, sus manos, sus labios, pero no eran ella, no quisieron ser ella. Y por eso…

Ah, tú, tan bella, tan sutil como ella…. tú… como todo lo importante, ocurriste de repente...

Había dejado de buscarla… sí, había perdido la esperanza de recuperarla hasta que te ví aquella tarde… hasta que chocaste conmigo en aquella calle… hasta que vi tus ojos divertidos al vernos caer al suelo… hasta que de tu mochila cayó aquel libro, su libro, nuestro libro.

Porque tú, tú mi amor, tú tienes lo más importante, tú tienes sus ojos, tú eres ella…

Esta semana vuelvo a hacer el cuento con dos frases, por falta de tiempo en la entrega anterior… de todas formas creo que me ha quedado algo pasable, espero que os guste…
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Cuentacuentos 32: Nunca he sabido hacer el equipaje

Nunca he sabido hacer el equipaje. No es que me preocupe demasiado, pero es la verdad. No sé hacer bien la maleta. Yo lo intento, pero creo que tengo una incapacidad genética para lograrlo.

No te rías, no tiene gracia. Es una auténtica tragedia.
Mi ropa acaba arrugada por no colocarla en el orden correcto.
Y siempre se me olvida justo lo que más falta me va a hacer y por otra parte meto cantidad cosas que no llego a usar.

Sí, ya se que hacer una lista de las cosas que tengo que meter ayudará. Pero ¿sabes? Tampoco sé hacer buenas listas.
No logro planificar lo que me voy a poner cada día para meter las mínimas cosas posibles dentro de ese infernal invento.
Y eso que lo intento. Hago montones encima de la cama la ropa que quiero llevarme, empezando por ejemplo por un pantalón, así encima coloco lo que me voy a poner con él, el montón de al lado lo comienzo con una falda.
Pero al final todo acaba siendo un caos, y en el último momento lo meto todo deprisa y corriendo.

¿Dónde he metido las llaves? La última vez que las vi estaban debajo de esos libros…

¡Qué gracioso! No es que yo sea desordenada, es que tú no entiendes mi orden, y tampoco lo entiende mi maleta, ni nadie, porque en el fondo soy una incomprendida social, que no sabe hacer listas ni equipajes…

¡Ordenar sí que sé! Solo que mi orden dura poco. ¿Te cuento un secreto? Creo que es esta habitación… que tiene un campo magnético desordenador… o algo…

¡Ufff! Por poco me mato, esas botas antes no estaban ahí.

Sí claro, soy desordenada, desorganizada y patosa, ¿me explicas por qué estás conmigo entonces hombre perfecto?

Mmmmmmmmmm ¿yo extravagante? Si acaso original…
Quita esa estúpida maleta de la cama, anda, la muy puñetera se ríe de mí desde ahí arriba. Me provoca. La odio.

Claro que puedo odiarla, la odio, la odio, la odio. Estúpida maleta que ni siquiera tiene ruedas…

No te rías, pesa muchíiiiiiiiiiisimo, por lo menos una tonelada.

Pues ya que tú eres tan fuerte, te nombro mi botones particular, a partir de ahora señor Botones, te harás cargo de mi maleta.

¡Ahhhhhhhh! ¡Noooooooo! No me hagas cosquillas, ¡no! ¡Tramposo!

No, no sé hacer el equipaje. Pero me lo perdonas ¿verdad? :p
Además, las cosas realmente importantes no se pueden guardar dentro de una maleta.

Jejejeje, esta semana la frase era míaaaaaaaaa, síiiiiiiiiiii mi tessssorooooooooooooo
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