Érase una vez, así empezaban casi todos los cuentos cuando yo todavía creía en ellos, cuando creía que siendo buena ibas al cielo, y que hay determinadas cosas que una princesa no hace hasta la noche de bodas.
Pero ya no soy buena, ni voy a ir al cielo, ni hay un príncipe azul que me rescate, porque ya me he rescatado solita, y al fin y al cabo hay tipos mucho más interesantes que un gilipollas con mallas…»
Una mano en su vientre la hizo dejar de escribir en el portátil, aquella entrada de blog debería esperar, intuía que detrás de una mano vendría otra, y así fue.
La segunda mano se arrastró lentamente hacia un pecho que empezaba a dejar sentir los efectos de la excitación que crecía en su interior.
Unos labios cálidos la besaron en el hombro desnudo trazando un camino sinuoso hacia su clavícula.
Ella se levantó del taburete. Sintió su cuerpo pegado a su espalda. Sus labios siguiendo su recorrido por la nuca hacia el otro hombro.
Se estremeció cuando el rastro húmedo que iba dejando atrás se enfrió, y notó como su cuerpo respondía a ese estímulo.
Oyó que reía encantado de la rápida respuesta que estaba obteniendo de ella, y levantó los brazos para acariciarle el pelo.
Él rodeó sus pechos con ambas manos y empezó a acariciarlos a través de la liviana ropa. Trazando espirales que le llevaban lenta pero inexorablemente a un punto sin retorno.
Sus suspiros llenaron el aire. Se dejó llevar por la fiebre que la consumía abandonando todo pensamiento racional.
Se volvió y apresó sus labios entre los suyos. Sus manos anhelantes empezaron a desnudarle. Él hizo lo mismo.
Sin palabras. Sus ojos hablaban suficiente.
Aspiró profundamente su aroma. Pasó su lengua por su cuello capturando su sabor. Sus manos acariciaron su espalda perdiéndose entre su pelo.
Él inspiró profundamente. Besó su frente. Sus ojos. Sus labios. Se demoró en su cuello. Sus manos trazaban círculos en sus nalgas mientras ella sonreía con los ojos cerrados.
Entonces sus brazos se cerraron a su alrededor y la elevaron, ella se aferró a su cuello, sus labios se reencontraron. Sus piernas le aprisionaron y él supo que no tenía salida, ni quería tenerla.
Se dirigió al dormitorio entre besos, mordiscos en la oreja, y miradas incitadoras. Ella sabía lo que quería.
Tras ellos un salón lleno de ropa tirada descuidadamente, un pasillo con los cuadros torcidos mientras en el dormitorio …
Próxima estación con parada A Coruña, final de trayecto.
Renfe les agradece la confianza por viajar con nosotros, rogamos revisen sus asientos con el fin de no dejar olvidado ninguno de sus objetos personales.
¡Mierda!, ¡justo cuando llegaba lo más interesante!
Entonces se percató de que el chico que se sentaba justo enfrente de ella la observaba, se dio cuenta de que tenía las mejillas coloradas, ¿cuanto tiempo llevaba mirándola?
¿Qué estaría leyendo tan enfrascada? La había observado un buen rato, su lectura se había hecho más ávida unos quince minutos antes, sus mejillas se habían coloreado, y se había dado cuenta de que respiraba más profundamente… ¿sería…?
Ella le sonrió azorada, y él sonriendo a su vez, le guiñó un ojo cómplice.
¿Te ayudo a bajar la maleta?