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Cuentacuentos 22: Especial El señor de las Historias

Entré en la biblioteca aquella tarde con la convicción de que había llegado al final de mi ardua investigación.
Durante años había trabajado muy duro para descubrir su identidad, y estaba segura de que aquella tarde lo lograría.

Era primavera, y hacía un día estupendo, así que había muy poca gente allí, la mayoría leía en los patios interiores del edificio, disfrutando del sutil aroma de las flores y de la calidez que transmitían los rayos de sol.

Me dirigí con paso seguro hacia mi zona preferida de la bibliteca, anunciada con un sobrio cartel «Cuentacuentos», allí, en aquella sección, se acumulaban los volúmenes que habían nacido de la iniciativa del Señor de las Historias, una idea que había desbordado cualquier espectativa que el escurridizo creador hubiese imaginado.

Estantería tras estantería se apilaban los volúmenes llenos de historias que los internautas habían escrito a lo largo de todos los años que llevaba en pie el proyecto. Cada libro, titulado con la frase que hacía nacer la historia, almacenaba en su interior los cuentos de todos los participantes.

Observé con placer como cada tomo era un poco más grueso que su precedente, y pensé en que en la mayoría de ellos había un pequeño trozo de mi imaginación.

En la sala iluminada por una cascada de luz proveniente de los ventanales había cinco personas, entre ellas se encontraba el sujeto de mis investigaciones, el misterioso Señor de las Historias.

Cogí uno de los volúmenes más recientes, apenas tenía tiempo para leer todas las historias que se publicaban semanalmente, así que en aquel había cientos que me eran desconocidas; y me senté.

Observé por el rabillo del ojo a los presentes, y en un primer vistazo descarté a una chica, era demasiado joven para ser el Señor, apenas tendría cinco años cuando empezó todo.

Me quedaban cuatro, y estos eran más difíciles. Dos serían más o menos de mi edad, y otros dos bastante más mayores.

Sabía que al Señor le gustaba visitar periódicamente todas las bibliotecas públicas donde estaba presente Cuentacuentos y dedicarnos cada tomo a los escritores.
Por mis indagaciones había descubierto que era una persona muy activa que viajaba mucho para cumplir con esa misión, así que pensé en descartar al más mayor, con su bastón no parecía que estuviese para muchos trotes, pero no lo hice, habría sido muy presuntuoso descartarlo por su edad.
Había barajado la posibilidad de que fuese una mujer, pero según un estudio que había hecho un colega sociólogo, de sus relatos se extraía con casi total seguridad que era un hombre, aunque en los últimos tiempos esa tendencia se hacía menos clara, así que no descarté del todo a la mujer de cabello blanco que se sentaba al lado del anciano.

Descarté a otro de los presentes, un treintañero pelirrojo, porque su teléfono móvil empezó a sonar, y ni corto ni perezoso se puso a hablar con su interlocutor ante la mirada reprobadora del resto de los presentes. Definitivamente el Señor no podía ser tan irrespetuoso con el lugar donde nos encontrábamos.

Me quedaban tres, el anciano, la señora y el otro hombre de mi edad que leía ensimismado uno de los primeros volúmenes, uno de las primeras frases que yo había utilizado, pensé que quizá estaría leyendo mi relato.

La cosa se estaba haciendo cada vez más difícil, la verdad había sido muy ingenua pensando que con cuatro pistas podría dar con el responsable de que hubiese vuelto a escribir hacía unos años.

Con un suspiro cerré el libro que fingía leer, lo devolví cuidadosamente a su lugar, y me acerqué con mirada melancólica al ventanal, dejando mi inseparable libreta de bocetos abierta en el lugar en el que había estado sentada.

Mientras observaba como en el patio una docena de niños leían embelesados libros llenos de historias emocionantes, sentí una leve brisa que me revolvía el pelo, y un arrastrar de sillas a mi espalda.

Quizá el Señor se me estuviese escapando, pero entonces pensé en la magia que había en el hecho de que un total desconocido hiciese que la imaginación de cientos de personas volase, y no me sentí con fuerzas de romper aquella burbuja, así que cerré los ojos, y esperé un rato.

Cuando me di la vuelta solo quedaba la chica, los otros tres se habían ido. Recogí mi libreta cerrada de la mesa, y salí de allí.

Descendí la escalinata que abría la biblioteca a la plaza arbolada, y me senté en uno de los últimos escalones.
Entonces me dí cuenta de algo, yo había dejado la libreta abierta, pero la había recogido cerrada. Con el corazón latiéndome desbocado, la abrí por la última página donde había estado dibujando, allí, entre mis bocetos había una nota doblada…



Por fin me he puesto al día!!!! me ha encantado esta iniciativa de cuento especial!!! más en Cuentacuentos

Publicado en Spaces el 19 enero 2007
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Cuentacuentos 21: Matar formaba parte de la naturaleza de Laura

Matar formaba parte de la naturaleza de Laura, pero lo había descubierto demasiado tarde.
Empecé a amarla nada más verla por primera vez, una noche en la ópera.

Era de una belleza más allá de todo canon estético, sobrenatural incluso, había algo en ella que me atraía igual que la luz a una pequeña polilla, y no saber qué era lo que me obsesionaba, hacía que la deseara más todavía.

Y ella lo sabía, me tentaba, me llamaba con una canción que nadie más que yo podía oír, me iba esclavizando un poco más cada vez que nuestras miradas se cruzaban, con cada mirada la cadena que me ataba a ella se acortaba, y yo en vez de temer esta dependencia que desarrollaba con una total desconocida, sentía nacer en mi una dicha que me nublaba todavía más la razón.

Como un sediento me iba arrastrando hacia la fuente que manaba de ella, ávido de algo que sabía que podría ofrecerme sin temer las trampas que podría esconder.

Empecé a dormir poco, y a pasarme las noches recorriendo la ciudad con la esperanza de volver a verla, y ella, cada madrugada me ofrecía unos fugaces momentos, sabiendo que cada vez necesitaría más su presencia.

Con el tiempo empecé a observar en ella cosas extrañas, pero que mi mente enferma de amor no quería analizar.
Nunca la veía rodeada de las mismas personas más de dos noches, y en algunas ocasiones sus fugaces compañeros no volvían a ser vistos, esto último, más que extrañarme me reconfortaba, no podía soportar que otros tuviesen lo que yo ardía en deseos de poseer.

Nunca hablamos, porque nunca estuvimos lo suficientemente cerca, yo me acercaba ignorando todo lo que nos rodeaba, y ella me observaba con una extraña expresión en sus ojos, pero se desvanecía antes de que llegase a su lado.

A pesar de todo yo sabía que me deseaba, tanto o más que yo a ella, lo veía en sus ojos, y en su boca, en su forma de mirarme con una voracidad que no había notado en ninguna mujer, y que a pesar de asustarme un poco, despertaba una primitiva expectativa en lo más hondo de mi.

Este juego de seducción prosiguió unas cuantas semanas, haciéndoseme cada vez más insoportable no poder tocar su piel, que en la distancia me imaginaba suave y aterciopelada, de tan pálida que era.

Hasta que una noche, caminando como un demente por una calle desierta y oscura noté como una presencia me acechaba.
Debería haberme sentido aterrorizado, puesto que notaba como los pelillos de la nuca se me erizaban, y como mi cuerpo se tensaba, pero lejos de salir corriedo, me detuve y le dije a quien fuese, «te estoy esperando».

Y una voz a dulce como la miel y antigua como el tiempo me susurró en el cuello «por supuesto, pero yo a ti te espero desde hace mucho más».


Llega con casi dos semanas de retraso… culpa mía… más en Cuentacuentos

Publicado en Spaces el 19 enero 2007

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Cuentacuentos 20: A veces mi alegría se convierte en desgracia

A veces mi alegría se convierte en desgracia, como si todos los hados del mundo se confabulasen en mi contra, y lo que en un momento dado me hacía saltar de alegría, en un abrir y cerrar de ojos se marchitaba y moría dejándome en el alma el regusto amargo de la pérdida.

Dicen los que leen mis libros que tengo un don para expresar la desesperación que asola a las personas en determinadas situaciones. Lo que ellos no saben es que ese no es un don con el que haya nacido, sino que me he visto obligada a aprenderlo a lo largo de mi existencia.

Una detrás de otra las desgracias se han abatido sobre mí, y lo curioso es que de cada emboscada que la vida me ha preparado, en vez de quedar derrotada y en ruínas he renacido más fuerte y con más determinación para seguir adelante.

Muchas veces he pensado que no podría seguir, que el camino se estaba haciendo demasiado arduo y difícil para unos pies tan maltrechos como los míos, y sin embargo, sacando fuerzas de donde otros no tendrían más que lágrimas he continuado el viaje.

Mi piel se endureció con amargura, mi corazón se parapetó tras un muro, y afronté el destino como éste me obligó a hacerlo, no esperando nada bueno por temor a la horrible forma en la que me sería arrebatado.

Ahogué la soledad con palabras que se abrieron camino en los corazones de cientos de desconocidos que alababan mis obras, ignorantes de la sangre y el dolor que me había costado cada letra.

Y ahora, en medio de este túnel de luz que por lo visto es el último tramo de mi viaje, solo puedo pensar en una cosa… en lo feliz que me haría poder enseñarle el dedo corazón bien levantado al guionista que escribió mi vida, porque finalmente, la última palabra y el punto final lo he colocado yo.


Publicado en Spaces el 14 enero 2007
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Cuentacuentos 19: Colocaba la trastienda cuando comenzaron a sonar las sirenas

Colocaba la trastienda cuando comenzaron a sonar las sirenas.
De sus manos resbaló una caja de galletas haciendo un ruido sordo al chocar contra el suelo, aunque ella apenas lo oyó, tan horrorizada estaba por el estruendo.

Correr al refugio, correr al refugio, no podía dejar de pensar en ello, pero como muchas veces antes le había pasado, sus piernas se negaron a moverse, dejándola clavada en la trastienda de su pequeña tienda de alimentación, con los dedos crispados aferrados a los anaqueles de madera pulidos por el uso.
De fuera se oía a la gente correr entre gritos ahogados, aunque no tantos como las primeras veces que los alaridos de las alarmas antiaéreas habían roto la tranquilidad de la ciudad.

No estaba en la calle, pero podía imaginar las caras de las madres que apretaban a sus hijos pequeños contra el pecho mientras intentaban calmar sus sollozos descontrolados.
O el de los ancianos, donde se escondía un terrible vacío, el de aquellos que saben que el fin está cerca pero esperan una muerte más tranquila que morir aplastados por sus propias casas en un bombardeo.
Veía las caritas infantiles, que en medio de su bendita inocencia saben que existe un peligro real, mucho más grande que las sombras que los acechan por las noches bajo los colchones.
Podía imaginar todo eso, pero sus piernas se negaban a moverse, y las sirenas seguían sonando.
Apretó los ojos un momento e intentó concentrar todas sus fuerzas en una sola cosa, salir corriendo.

Entonces por todas partes empezaron a explotar bombas, y solo pudo arrastrarse hasta una esquina y taparse los oídos con fuerza intentando alejar de su mente el horror, mientras edificio tras edificio sucumbía a las explosiones.


Publicado casi a tiempo, más en Cuentacuentos

Publicado en Spaces el 26 diciembre 2006
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Cuentacuentos 18: El sábado comenzará

El sábado comenzará su nueva vida, pero él no lo sabe, ignorante del destino que le voy a ofrecer.
Lo he decidido, debe ser mío, su sangre me llama, le necesito, llevo años esperándole.

Cada noche durante siglos he sentido un vacío dentro de mí, una ausencia de algo que no sabría describir.
En mi vida, qué irónica esa palabra, faltaba algo, y ya lo he encontrado.

Durante noches lo he acechado, asustada del sentimiento que me había provocado encontrarle.
Y el vacío se hizo necesidad salvaje, ahí estaba lo que había buscado, al alcance de mi mano.

Ansiaba tenerle, para mí, para siempre, apoderarme de él como mucho tiempo atrás otro me había poseído.
Presa de un frenesí como nunca había experimentado sentí crecer la sed en mi interior con la turbulencia de mis primeros años.

Pero esperé pacientemente, le observé moverse por la noche que es mi reino y que pronto será el suyo.
Ví en él la necesidad de algo más de lo que le ofrece la insulsa vida que lleva, la agonía por necesitar algo que cree no poder conseguir.

Y por eso será mío, porque puedo ofrecerle todo lo que busca, porque sus ojos me llaman, en mi está la respuesta.
Sé que él me espera, ha nacido para mí, me amará por lo que voy a ofrecerle, se rendirá a mí y nunca más estaré sola.

Este sábado renacerá a una existencia sin límites, sí, podré esperar, al fin y al cabo, tengo todo el tiempo del mundo.


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Publicado en Spaces el 24 diciembre 2006

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Cuentacuentos 17: El sonido de los árboles me tranquiliza

«El sonido de los árboles me tranquiliza, por eso vengo aquí.»
Es lo que le había dicho la primera vez que lo había traído, y él lo entendió al rato de estar allí, sentado bajo el mismo árbol que ahora le cobijaba.

No solo los árboles le daban un encanto sobrenatural al lugar, un pequeño arroyo cortaba el claro llenando el aire de un gorgoteo cristalino.
Además la luz se tamizaba entre las copas llenando el suelo de mil y un recortes de luz parpadeante.
Tambien el olor era especial, un aroma diferente a cualquier otro que hubiese olido nunca, una mezcla de fragancias agradables y otras repugnantes, pero que juntas resultaban tremendamente sugestivas.


Le había sorprendido mucho que le llevara al lugar donde ponía en orden sus ideas, para ser sincero le había sorprendido que tuviera un lugar para ello.

Aquella primera vez habían estado allí sentados horas, hablando, conociéndose como nunca habían conocido a nadie.

Aquella tarde empezaron muchas cosas, por eso era justo que también allí acabaran.

Cerró los ojos y apoyó la cabeza en el tronco.
Al abrirlos estiró las manos y las contempló fijamente, un poco más allá de sus pies una parcela de tierra recien removida destacaba entre la hierba brillante de gotas de rocío.

Se tapó la cara con las manos y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas manchándolas de sangre diluida.

Sí, era justo que todo acabase donde había comenzado.


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Publicado en Spaces el 23 diciembre 2006

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Cuentacuentos 16: Cierra los ojos por un momento

Cierra los ojos por un momento como para evitar un golpe, no un golpe real, más bien un puñetazo a sus sentidos.
Los vuelve a abrir, y comprueba que a pesar de todo, cada cosa sigue donde estaba.

Algo va mal, algo va muy muy mal, pero no acaba de descubrir qué es.

Aparentemente todo es como debería ser, pero en el fondo de su corazón sabe que no es así.
Entorna los ojos y vuelve a echar un vistazo a todo, sí, definitivamente, todo está en su sitio, pero ella, en el fondo sabe que hay algo terriblemente absurdo en el conjunto.

Intenta serenarse, respira profundamente un par de veces…
Pero el oscuro sentimiento no desaparece, sigue ahí, clavándole sus afiladas uñas de incertidumbre en el corazón.

Empieza a dar vueltas por la habitación, se para en cada esquina para observarla desde distintos puntos de vista.
Cuanto más anda… más segura está de que nada ha cambiado, pero a la vez está más convencida de que tiene sobrados motivos para sentirse como se siente.

Empieza a percibir sutiles cambios por el rabillo del ojo, pero cuando enfoca la vista, no hay nada diferente.

Siente que empieza a apoderarse de ella el pánico.

De repente, se apoya contra la pared, y abre los ojos desmesuradamente.
El color abandona su cara, y las manos le empiezan a temblar descontroladas.

Ha descubierto qué pasa en la habitación.

Y no, no es nada bueno.


Publicado en Spaces el 05 diciembre 2006

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Cuentacuentos 15: Las palabras vuelan, lo escrito permanece

– Las palabras vuelan, lo escrito permanece, Laura.

¿Cuántas veces me habría repetido eso mismo mi abuelo en aquella misma biblioteca?

Había pasado mucho tiempo desde que me había llevado a aquella habitación de la casa por primera vez.

Los veranos en aquella época eran especiales, porque al igual que las Navidades las pasaba en casa de los abuelos en su pequeño pueblo entre montañas.

Y allí disfrutaba de una libertad con la que, en la ciudad en la que vivía, no me atrevía ni a soñar.

Sin embargo, aquel verano era diferente, y así se lo anuncié al abuelo nada más bajarme del coche de mis padres:

– ¡Abuelo! ¡Ya sé leer, ya se leer! ¿Quieres que te lo demuestre?

Él me cogió entonces de la mano y me dijo:

– Entonces creo que te voy a enseñar algo que te va a encantar.

Subimos las escaleras de madera, las mismas desgastadas escaleras que acababa de dejar atrás, y abriendo las puertas labradas me descubrió una habitación cubierta de estanterías oscuras repletas de libros.

Y arrodillándose a mi lado, me dijo la frase que me repetiría muchas veces en los años posteriores:

– Las palabras vuelan, lo escrito permanece, Laura, y estás a punto de descubrirlo.

En aquel momento no me di cuenta del enorme regalo que mi abuelo me acababa de ofrecer.

Despues me explicó que en las estanterías de abajo, estaban los libros para niños, libros que había ido comprando a mi padre y a mis tíos, cuando estos habían aprendido a leer.

También me dijo que podía cogerlos siempre y cuando los tratase con cariño, y luego los volviese a colocar en su sitio.

– Estropear un libro es algo horrible Laura, un libro es algo sagrado, algo que perdura despues de que la mano que la escribió desaparezca para siempre.

No acabé de comprender estas palabras hasta muchos años despues, pero me di cuenta de que si los libros eran tan especiales para mi abuelo, yo debía serlo también porque me estaba dando permiso para leerlos.

Luego me explicó que cuando me fuese haciendo mayor me iría dejando los libros de más arriba, que todavía eran muy difíciles para mi.

Cogió un ejemplar muy desgastado, con las esquinas un poco dobladas y me dijo:

– Este es el primer libro que le regalé a tu padre, me gustaría que fuera el primero de mi biblioteca que leyeses.

Recuerdo que lo abracé como si fuese un tesoro, me senté en uno de las butacas que había y empecé a leer.

A lo largo de este tiempo, me he sentido muchas veces envuelta en la magia de un libro, pero nunca con la intensidad con la que lo hice aquella tarde.

Y volvía a pisar aquella biblioteca, pero aquel día mi abuelo no estaba para decirme las palabras mágicas que habían guiado mi vida hasta entonces:

– Las palabras vuelan, lo escrito permanece, Laura.

Cogí el último libro que mi abuelo había estado leyendo, lo abrí con el mismo cariño con el que él lo habría hecho.

Un papel doblado se escurrió de entre las páginas, y cayó a mis pies.

Durante un par de minutos permanecí inmóvil, con la mirada fija en aquel papel, sin poder moverme.

Me senté en el suelo a su lado, sin saber si debería leer o no el contenido.

Me han pasado muchas cosas despues de aquello, pero nunca jamás lloré tanto como lo hice aquella tarde.

Publicado en Spaces el 28 noviembre 2006

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Cuentacuentos 14: El centro comercial había quedado en penumbra

El centro comercial había quedado en penumbra.
Las luces se habían apagado, y por los pasillos solo paseaba de vez en cuando el guarda de seguridad.
La última cajera salió de los vestuarios de personal abrochándose el abrigo. Saludó al guardia de seguridad, que la observó alejarse, y luego siguió con su ronda nocturna entre pasillos iluminados por neveras repletas de yogures bajos en calorías.

La cajera salió por la puerta de empleados con las llaves de su coche ya en la mano.
Un pequeño Ford Fiesta rojo, un modelo bastante antiguo.
No le gustaba salir tan tarde, pero cosas del trabajo, había tenido un problema con la caja, y repetir tres veces la recaudación llevaba mucho tiempo.

La cena ya estaría fría, ya casi no recordaba lo que era cenar en compañía…
No echaba de menos cenar con su padre, no, la verdad agradecía no tener que soportar sus incoherencias de borracho, pero le daba pena dejar a su madre sola con aquel energúmeno.

Giró la llave en el contacto, pero despues de un ruído y un par de sacudidas, aquello siguió sin encenderse.
Volvió a intentarlo, pero nada, el mismo resultado.
Una tercera vez, y nada.

Decididamente, las desgracias nunca venían solas, aquella no era su noche, eso estaba claro.

Decidió llamar a un taxi. Lo haría desde dentro, el enorme aparcamiento del centro comercial siempre le daba escalofríos, una nunca sabía de detrás de qué columna podía salir alguien.

Entró y con las prisas casi atropella al pobre guarda de seguridad, que en el último momento logró cogerla y evitar una dolorosa caída.

Era un chico más o menos de su edad, llevaba poco tiempo en la empresa, y cada vez que ella le sonreía, se ruborizaba.

Le observó mientras la compañía de taxis que le informaba de que debido a no sé qué partido tenían el servicio colapsado y tardaría al menos 30 minutos en quedar uno libre.

Colgó con resignación, y se dispuso a esperar aburrida.
Despues de un rato de silencio pensó que podría intentar charlar con el guarda, que la miraba con las manos en los bolsillos, nervioso.

Aquella noche la cajera descubrió que la supuesta mala suerte podía ser en realidad un golpe de fortuna, y también que finalmente, aquella era la noche que había estado esperando durante años.

Tarde no, tardísimo, pero bueno, cosas de la vida.
Ah! y pequeña ayudita en el final por parte de JT
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Publicado en spaces el 24 noviembre 2006

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Cuentacuentos 13: Las cálidas alas de un ángel acariciaban mi rostro


Las cálidas alas de un ángel acariciaban mi rostro.

La habitación atestada de libros y sombras amenazadoras se fue diluyendo poco a poco.

La tierna caricia fue trasladándose hacia las orejas, y allí se convirtió en un cálido aliento.

Ya no quedaba ningún libro, y las sombras retrocedieron, todo lo oscuro empezó a teñirse de verde.

Empecé a notar un cosquilleo húmedo que viajaba a lo largo de mi cuello.

Y de lo que eran estanterías vacías empezaron a surgir árboles que se mecían con la brisa.

De mi garganta empezaron a surgir gemidos entrecortadas.

Y la alfombra se convirtió en una amplia extensión de fresca y brillante hierba.

Noté como algo se deslizaba sobre la piel desnuda de mis hombros.

Y los papeles arrugados que antes había estallaron en diminutas flores entre la hierba.

Algo cálido y húmedo empezó a recorrer mi pecho.

Y el sonido que antes era de tic tac desenfrenado se transformó en el canto de miles de pájaros.

Una caricia invisible separó mis piernas mientras la calidez me inundaba.

Y el techo poblado de sombras se quebró para dar paso a un cielo de azul intenso.

Noté un contacto insistente en los labios que me empezaba a despertar, mientras que la suavidad de la seda me acariciaba la cara interna de los muslos, y cuando abrí los ojos te vi inclinado sobre mi, besándome, despertándome para darme los buenos días como solo tú sabes hacer.

Y con una gloriosa explosión de sensaciones, alejaste, por fin, los últimos retazos de la horrible pesadilla que me atrapaba.


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Publicado en Spacesl el 14 noviembre 2006