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Cuentacuentos 12: Esta noche, a las doce en punto

«Esta noche, a las doce en punto… el ayuntamiento procederá a inaugurar la nueva iluminación de la Real Colegiata…»

Ana suspiró con resignación mientras apagaba la radio. Pensó en la cantidad de mejoras que podrían hacerse en la ciudad con el dinero que habían costado las reformas para la iluminación, y con todo el dinero que se gastaría inútilmente en electricidad.

Já, ella, para poder pagar las facturas tenía que hacer horas extras hasta las 12, justo la hora en la que el querido ayuntamiento procedería a proclamar al mundo que le sobraba el dinero para iluminar la ciudad como si fuese de día.

Ana trabajó hasta que dieron las 23:35, entonces decidió que ya estaba cansada, cogió su abrigo y el bolso, y a las 23:45 bajaba los últimos escalones de la entrada del imponente edificio de oficinas.

La calle estaba inusualmente vacía, había muchísimos sitios donde aparcar, cosa que era muy extraña en aquella zona.
Decidió ir caminando, ya que su pequeño piso estaba bastante cerca.
En el primer paso de peatones, despues de esperar a que se pusiese en verde, se dio cuenta de que no había pasado ni un solo coche… y aquello sí que era raro.
Cinco minutos despues advirtió que no se había cruzado con nadie… ¿acaso todo el mundo estaba en la dichosa inauguración?

Empezó a sentirse nerviosa, y a darse cuenta de que su casa no estaba tan cerca del trabajo como siempre había pensado.
Los tacones empezaron a hacerle daño, y por más que intentaba apurar el paso, no conseguía caminar más deprisa.

Y de repente, la luz desapareció, en las farolas quedaba esa bruma luminosa que se va apagando poco a poco.
Se quedó petrificada, con los nervios en tensión y la respiración contenida, casi a punto de empezar a gritar.

La luz de la luna llena iluminaba un poco, pero los edificios conseguían tapar casi por completo esa débil claridad.
Sacó el móvil del bolso, y se alegró de que la pantalla se ofreciese el consuelo de su pequeño recuadro de luz azulada.
Las 00:01, macaban los dígitos.
«Inconmpetentes» pensó, «ya se han cargado la red con la mierda de la iluminación nueva»
Se alegró de no haber decidido coger el metro.

Súbitamente, de una de las calles perpendiculares surgió una risita que le heló el corazón.
Empezó a correr desbocada rezando para no caerse por ninguna boca de metro.
No había llegado a la esquina, cuando tropezó en un agujero del pavimento y cayó de bruces.
Se golpeó las rodillas, oyó un crugido en la muñeca derecha.

Y volvió a oir la risa, esta vez acompañada de un sonido de carreras.
La luz de las farolas volvió poco a poco, no así la de los edificios colindantes, y fue entonces cuando vió una sombra alargada deslizándose por una fachada.

Se incorporó y volvió a correr, presa del pánico. Cruzó la calle sin mirar, pero allí seguía sin haber ni un solo coche.

Por fin divisó su portal, y buscó frenéticamente las llaves en el bolso.
Tocó el paquete de pañuelos, el de chicles, la botellita de colirio… como una posesa empezó a tirar todo lo que sacaba, un tiquet del súper, un bolígrafo… un pintalabios… y al final tocó un manojo de llaves.

«No puedessss esssscaparrrrr«

Un grito desgarrado salió de su garganta al oir como le susurraban al oído, notando un aliento helado en su cuello.

¡¿Por qué demonios tenía tantas llaves?! Con los dedos agarrotados buscó enloquecida la llave verde que abría el portal.
Cuando consiguió encajarla abrió y se metió dentro cerrando la puerta tras de sí.

Con los ojos desorbitados empezó a caminar de espaldas hacia la escalera. Algo duro le tocó el espinazo, y notó como la sangre se le espesaba en las venas, se giró lentamente y vió que era el arranque del pasamanos.
Empezó a subir de dos en dos los escalones hasta que tropezó golpeándose fuertemente la cara con un escalón.
Se encogió y notó el sabor salado de la sangre corriéndole por los labios.

«Nooooooooo, no puedessssss ssssstúpida«

Se arrastró hasta su descansillo entre risitas que la llenaban de espanto y pasos que subían las escaleras tras ella.
Consiguió entrar en su piso, cerró la puerta con llave y pasó la cadena.

Espantada vió como la manilla de la puerta, iluminado débilmente con un rayo de luz que entraba por la ventana del salón, empezaba a girar.

«No puedesss sscapar de lo que essstá dentro de tí Anaaaaaa«

Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas ensangrentadas cuando notó que una frialdad mortal empezaba a agarrotarle el brazo derecho mientras un dolor punzante le traspasaba el corazón.

«Resuelto el apagón producido por fallo técnico ayer en la inauguración del nuevo alumbrado de la Real Colegiata…»

«SUCESOS: aparece muerta una mujer, A.M.S. en su piso de la calle Mariscal, fuentes policiales barajan el fallo cardíaco, anque las lesiones faciales y en muñeca y rodillas aún están sin esclarecer por lo que el caso sigue abierto»

«El día se espera soleado, y desde Radio Noticias seguiremos informándoles de todo lo que pase en la ciudad»

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Publicado en spaces el 07 noviembre 2006

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Cuentacuentos 11: La niña se perdía dulcemente en su vida

La niña se perdía dulcemente en su vida de juegos. Allí estaba entretenida jugando a las canicas con otros niños de la urbanización.
Siguió caminando por el jardín, y echando un vistazo hacia atrás vió salir a una mujer de la casa con una bandeja de bocadillos y vasos de zumo, que seguramente acababa de exprimir, llamando a los niños que la alcanzaron entre risas.
Sobrepasó los rosales, y llegando al final de la tapia se arrodilló.
Al otro lado del muro se oía la voz de una muchacha a la que segundos más tarde se unió la de un chico, mantenían una fingida discusión que acabó entre gritos ahogados y risitas nerviosas.

La mujer sonrió recordando su propia juventud, aquellas tardes de primavera, las miradas, los primeros besos…

Pensó que ya no era una niña que jugaba ajena a los peligros que esperaban fuera de los protectores muros de su casa, ni una jovencita que aprendía lo que era el amor, ni siquiera una mujer joven que tenía toda una vida por delante.


No había publicado ningún libro, aunque ciertamente sí que había escrito un tomo largo y extenso de la historia de su propia vida.
Volviendo la vista por segunda vez contempló a su familia.


Con estos pensamientos en la cabeza sonrió mientras la tierra recién removida se le colaba por las arrugas de sus dedos.

Despues de presionar alrededor del frágil tronco de un pequeño almendro se levantó y contempló el resultado.


Ciertamente, la suya había sido una vida intensa y bien aprovechada.




Publicado en spaces el 31 Octubre 2006
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Cuentacuentos 10: Aura es una mujer

Aura es una mujer hermosa, de eso no cabe duda, de hecho, muchos no dudarían en calificar su belleza de perfecta.


Desde sus bien formados pies, hasta la punta de sus sedosos cabellos rubios, toda ella es como sacada de un sueño.
Sus manos, de dedos finos y suaves, hechas para acariciar, su ojos, de un increíble color azul, sus labios de suave tono rosado.
Su piel tan perfecta que incluso parece resplandecer con brillo dorado cuando los rayos de sol, en actitud adoradora la bañan.
Incluso sus movimientos se empeñan en hacerla parecer hija de los mismos dioses, en ocasiones semeja que no es ella la que se mueve, sino que la tierra es la que gira para hacerla llegar adonde desea.

La primera vez que oí su voz, ésta se me coló hasta el más hondo rincón de mi ser, no tiene nada de extraño pues, que con un par de palabras pueda conseguir todo lo que desea, e incluso que el resto de simples mortales nos sintamos tremendamente honrados de complacerla.


Aura es hermosa, es perfecta, es lo más parecido a un ser sobrenatural que cualquiera puede conocer.
Y sin embargo, al igual que la Venus de Milo, Aura es fría y distante, y su corazón parece tallado del mármol más duro.


Por eso, mientras salgo para no volver más de su cama, no siento la más mínima tristeza por la despedida, si acaso me arrepiento de haberla tenido, porque Aura, al igual que las obras de arte, está en el mundo solo para que los demás podamos contemplarla



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Una semana más, llega tarde mi relato…



Publicado en spaces el 24 Octubre 2006

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Cuentacuentos 9: Tras la repentina muerte de Ángela

Tras la repentina muerte de Ángela nada en el mundo hizo constar que ella ya no estaba.
El planeta siguió girando, la noche dió paso al día, la lluvia cesó y el sol se hizo dueño del cielo.
Los niños siguieron yendo al colegio, los perros siguieron necesitando que los llevasen a pasear, y los gatos continuaron enseñoreandose de las casas de sus amos.
En la calle la gente continuaba con sus quehaceres diarios, y los coches, como no, siguieron llenando las calles con sus ensordecedores ruidos.
El día que murió Ángela, nada extraordinario pasó que indicase que había sucedido algo horrible.
Todo era igual que antes, pero para Pablo, todo era distinto, ya no lograba ver la magia que se desprendía de los destellos de luz en las gotas de rocío, ni podía oler en su jardín las gardenias que ella había plantado.
La música era la misma, pero él ya no la percibía igual de maravillosa, y los colores se le antojaban mucho menos alegres.
El día que ella murió todo parecía igual, y sin embargo, todo era totalmente distinto.
Tarde, tarde, tarde, problemas de todo tipo me han retrasado esta semana…
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Publicado en spaces el 19 octubre 2006
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Cuentacuentos 8: Era de noche, y sin embargo llovía

Era de noche, y sin embargo llovía una extraña luz en forma de pequeñas gotas de un blanco luminoso unas, de un millón de colores otras.
Se preguntó dónde estaba, pero todo era oscuro y confuso, todo, excepto los extraños destellos que llenaban su mente de fogonazos que tardaban demasiado en desaparecer.
Intentó recordar qué estaba haciendo antes de la aparición de las luces, pero no fue capaz, y de repente, quizá espoleado por el esfuerzo, apareció el dolor de cabeza, y las gotas de luz se convirtieron en diminutos cuchillos de luz que le traspasaban la conciencia llenándole de un indescriptible dolor.
Se llevó las manos a la cabeza para mitigar el sufrimiento, y fue entonces cuando descubrió que esa misma luz que le taladraba no iluminaba sus dedos, y empezó a sentir un miedo sordo y frío, que se le fue extendiendo desde la punta de los dedos por el resto de su cuerpo.
No podía distinguir las manos, y lo que es más, por mucho que se tapaba los ojos, la intensa luz persistía hiriendo sus sentidos, e intuía que eso no podía ser nada bueno.
Pensándolo mejor, y esforzándose en ignorar el dolor, recordó que lo último de lo que tenía clara constancia era de estar conduciendo su moto, una gran máquina de la que estaba muy orgulloso, pero era de día, un día muy soleado además, entonces, ¿por qué no veía más que esa oscuridad rota por rayos de dolorosa luz?
El pánico se apoderó de él e intentó frenéticamente moverse, pero algo lo tenía apresado, un peso enorme le impedía respirar en profundidad, detalle del que acababa de ser consciente, notó como su corazón empezaba a bombear demasiado rápido.
De repente a su lado apareció una extraña luz, diferente de las primeras que había visto, fijándose mejor, esa luz tenía una vaga forma humana, y a diferencia de las otras, no hería su maltrecha mente, sino que le reconfontaba de una manera indescriptible.
La figura desprendía una luz azulada, que de vez en cuando se perfilaba con un halo anaranjado.
No sabía quien ni qué era, pero una cosa sí sabía, no quería que se fuese, había traído esperanza a ese lugar donde se encontraba.
Fue consciente de que le quitaban el peso de encima, y de que por fín podía respirar a fondo, aunque ahora volvió el dolor, esta vez diferente, aunque lo acogió con alegría, si le dolía el cuerpo… debía ser porque estaba vivo… verdad?
La figura se acercó a él, y cogiéndole de la mano le dijo: «No te preocupes, ya estamos aquí, y no vamos a dejar que mueras, ahora, quédate quieto mientras te inmovilizamos el cuerpo, si lo has entendido, apriétame la mano»
Y con las últimas fuerzas que le quedaban, justo antes de caer inconsciente, apretó aquella mano.
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Ah… llega un poco tarde, pero es que estaba enfermita…
Publicado en spaces el 11 octubre 2006
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Cuentacuentos 7: Hacía frío aquella mañana

Hacía frío aquella mañana, empezaba el otoño, y llovía a mares, el típico día de estar en el sofá, arrebujado en una manta, y con una taza de café humeante para acompañar un buen libro.
A través del ventanal se veía el trajín propio de un día como aquel, cientos de coches de bocina rápida, niños con sus enormes mochilas corriendo para no llegar tarde al colegio, y un montón de gente más que iba de aquí para allá sin percatarse de lo que tenían a su alrededor, que no se enteraban de lo especialmente hermosa que era aquella mañana.
Sí, hacía frío, y llovía, pero era una mañana fabulosa, un día inusitadamente luminoso, algo bastante raro teniendo en cuenta el diluvio que estaba cayendo.
Se dió la vuelta y contempló el juego de luces que se creaba en la piel de la mujer que dormía plácidamente en la cama revuelta.
Los regueros de agua que resbalaban por el cristal hacían que la luz variase de intensidad, y creaban un interesante diseño que cambiaba a cada instante… sí, parecía que el agua resbalaba de alguna mágica manera por el cuerpo femenino, sin llegar a perturbar su sueño.
La observó con más atención, dormía de lado, con un brazo debajo de la almohada, y otro por encima, con la palma hacia abajo, como si la abrazase, un rizo caía por su mejilla mientras el resto estaba estirado por las sábanas, y en la boca una sonrisa de satisfacción que valía la pena poder presenciar, y respiraba tan plácidamente como si en lugar de allí estuviese en el mismo cielo.
La sábana perfilaba su forma de manera mucho más sugerente que si la hubiese estado viendo desnuda, y con aquella luz tan extraña, su piel parecía tener un tono nacarado.
Era, sin lugar a dudas, la mujer más bella que había dormido entre aquellas sábanas.
Sí, hacía frío, y llovía, pero era una mañana fabulosa, o quizá no lo fuese tanto, y solo la presencia de aquella mujer la hiciese tan especial.
Publicado en spaces el 02 octubre 2006
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Cuentacuentos 6: ¿Recuerdas cuando mirábamos las estrellas?

¿Recuerdas cuando mirábamos las estrellas? Yo te cogía la mano, y la apretaba fuerte un poquito, luego te abrazaba y juntos mirábamos el cielo…
… estabas tan hermosa entonces… miles de diminutas lucecillas le daban más vida si cabe a tus ojos…
… y yo te quería tanto…
… no podía creer lo afortunado que era por tenerte conmigo, por poder abrazarte, por respirar el perfume de tu pelo…
¿En qué momento dejamos de mirar las estrellas? Ni siquiera me di cuenta de que nos estábamos alejando, de que te estaba perdiendo…
… poco a poco fuimos dejando de tener tiempo para el otro…
… en qué poco tiempo nos convertimos en poco más que extraños…
… dos extraños que compartían cama, pero extraños al fin y al cabo…
¿En qué momento me olvidé de nosotros para pasar al tu y yo? Lo sé, fui yo el que abrió el abismo entre los dos…
… cada vez menos tiempo en casa… cada vez menos momentos especiales…
… menos flores recién cortadas del jardín en tu almohada…
… menos llamadas para decirte simplemente «te quiero»…
… menos besos de mañana para despertarte…
… qué preciosa estabas esas mañanas, cuando el amor desbordaba en tus ojos…
¿En qué momento dejé de pensar en lo afortunado que era por tenerte? No me di cuenta de lo mucho que sufrías…
… de que no era indiferencia lo que asomaba a tus ojos cada mañana… sino dolor por perderme…
… por no comprender el por qué todo estaba cambiando…
… no me di cuenta de que seguías mirando las estrellas…
… quizá pidiéndole un pequeño apretón en la mano, un abrazo…
Pero no pude verlo, estaba ciego…
… cómo duele abrir los ojos y descubrir que ya no estás, que ya no verás las estrellas…
… que decidiste cerrar los ojos para siempre…
… y que yo tengo la culpa…
¿como voy a perdonármelo?
Publicado en spaces el 25 septiembre 2006
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Cuentacuentos 5: Una vez más, huía de su pasado

Una vez más, huía de su pasado…

… atrás quedaba su pequeño piso vacío, de todo menos de recuerdos…

Por un tiempo había sido su refugio, como un lienzo en blanco donde pintar un nuevo futuro… pero el pasado no olvida durante demasiado tiempo… debería haberse dado cuenta de ello…

Durante algún tiempo la fantasía se mantuvo, como una pequeña pompa de jabón… empezó de nuevo, nueva ciudad, nueva casa, nuevo nombre, nueva vida… incluso llegó a pensar que la vida se había olvidado de la cuenta que tenían pendiente… pero toda burbuja se rompe… y al parecer cuanto más tarda más duele…

Ahora cerraba la puerta de ese refugio temporal… y no podía pensar más que en qué iba a hacer de ahora en adelante… podría huir, pero siempre volvería a pasar lo mismo, una y otra vez… su mente se llenó de repente de imágenes de cientos de puertas cerrándose dejando atrás cientos de vidas que podrían haber sido, pero no eran, cientos mentiras, engaños…

… intentó alejarlas de su mente pero no pudo, cientos de caras decepcionadas le miraban, cientos de ojos a los que sentía haber traicionado, solo podía pensar en huir, huir, huir… y entonces lo supo, no se puede escapar lo suficientemente lejos cuando lo que te atormenta lo llevas encima… uno es el peor enemigo de sí mismo… y por mucho que corras, no hay lugar donde esconderse…

La ventana se abrió casi por si misma, mientras mirando al cielo, acababa con todo… puertas, caras, nombres, mentiras, reproches, odios, vidas falsas, pisos vacíos… todo acabó con un golpe seco y un estallido de luz en su mente.

Publicado en spaces el 24 septiembre 2006

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Cuentacuentos 4: Siempre soñé con…

Siempre soñé con convertirme en alguien realmente necesario.
– No te entiendo, ya lo eres, yo te necesito.
– No es eso, tú me necesitas, lo sé, pero si yo no existiese, tu vida seguiría adelante, habría otra persona que ocuparía mi lugar…
– No me gusta que digas ese tipo de cosas, ya lo sabes.
– Es que necesito hablar, o sino acabaré consumiéndome.
– Es que no puedo entender a qué te refieres con eso de ser realmente necesario.
– ¿De pequeño hacías puzzles?
– Dios, realmente vas a volverme loco, qué tienen que ver ahora los puzzles con lo que estábamos hablando.
– Yo de pequeña hacía puzzles…
– Empiezas a asustarme, a asustarme de verdad.
– … me encantaban los puzzles, tenía cientos de ellos… mi hermana y yo nos pasábamos horas intentando montarlos…
– ¿Escuchas lo que te digo?
– … lo que tienen los puzzles es que todas las piezas se parecen… pero en realidad son tan distintas…
– ¡¿Quieres hacerme caso?!
– … que ninguna puede sustituir a otra… y por mucho que logres encajarlas todas…
– ¡¡Me estás preocupando!!
– … al final, si te falta una sola… todo el resto no tienen sentido… el conjunto está incompleto…
– ¡Por favor! Escúchame, cálmate, todo va a ir bien.
– … yo siempre he querido ser como una pieza de un puzzle… sí, como una pieza de un gran puzzle… parecida al resto… pero totalmente diferente… ¿te he dicho que a mi me encantan los puzzles?
Publicado en spaces el 16 septiembre 2006
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Cuentacuentos 3: Qué equivocada estás, niña



» Que equivocada estás, niña»
Ahí esta otra vez, llamándome niña… y lo que más me repatea es que me encanta que lo haga, no se si es por su acento, por su tono de voz, o por la forma de decirlo, el caso es que me afloja algo por dentro…

A media tarde el teléfono había empezado a sonar, con las prisas, ni me había dado tiempo de ver quien era en la pantallita

«Hola, ¿quien eres?»
«¿No lo sabes, niña?»

Durante un par de segundos contuve la respiración inconscientemente… Dios, era ÉL!!!!…

«Ahora sí, es que no había visto de quien era la llamada»

«Jejejeje, o sea, que te he sorprendido»

¿Sorprendido? De no estar apoyada en la puerta de mi cuarto, ahora mismo estaría en el suelo…
Noto como la sangre corre a mil por hora por mis venas, como llevando a cada célula el mensaje, ÉL está al teléfono, ÉL ha llamado…

«Bah, apenas»

En algunos momentos hay que hacerse la dura… sobre todo con hombres como ÉL… tan consciente del poder que ejerce sobre mi…

«Jejejejeje, tú y tus apenas… ¿no te sorprende entonces mi llamada?»
«Mmmmmmmm la verdad, un poco sí»

Dios, dios, dios, me muerdo el labio inferior, sabiendo que ya ha empezado a tejer su red a mi alrededor…
Mis manos empiezan a temblar ligeramente, por favor, una llamadita y me pongo…
Como cada vez que me llama, a mi mente solo vienen imágenes difusas de sábanas, el calor de unos besos que solo ÉL ha sabido darme, el sabor salado de su piel…

Se ríe, con esa risa profunda que tiene el muy… seguro que sabe que me encanta, lo invoco en mi mente, su perfil, su mirada, esos ojos…

«¿Donde estás?»
«Donde casi siempre, en esta ciudad a la que tendré que pillarle algún día el gusto…»
«Al final acabará gustándote, recuerda que tiene mar ¿no era uno de los requisitos?»
«Jajajaja, veo que te acuerdas, pensé que lo habrías olvidado»

Ay! ¿pero qué me pasa? Lo estoy haciendo otra vez, estoy poniendo otra vez esa voz, ya le estoy confirmando que estoy loca por él, y aunque es verdad… no sé si me conviene que lo sepa…

» Qué equivocada estás, niña»

Ahí esta otra vez, llamándome niña… y lo que más me repatea es que me encanta que lo haga, no se si es por su acento, por su tono de voz, o por la forma de decirlo, el caso es que me afloja algo por dentro…

Y antes de que pueda evitarlo ya tengo las mejillas coloradas y un fino rastro de sudor empieza a perlarme la piel…

«Ah, ¿si? ¿Y en qué me equivoco?»

Por favooooooooor, ya estoy otra vez, poniéndole vocecita de aquí estoy, ven cuando quieras, qué tendrá ÉL para hacerme perder tanto la compostura…

Tarda un momento en contestar, momento que tardo yo en darme cuenta de que he dejado de respirar.

«Jejejeje, mmmm creo que me lo reservo, venga, te invito a unas cañas, ¿te parece?»

Ahora mismo, ni la puerta ha podido evitar que las piernas hayan dejado de sostenerme, he resbalado hasta el mismo suelo…

«Ejemmmm«

Mierda, maldita sea, ya ni me salen las palabras.

«¿Estás aquí? No sabía que volvías tan pronto»

Ya está, ya lo sabe, he vuelto a caer en su trampa…

«Jejejejeje, hay cosas que siempre tienen que ser una sorpresa niña, te paso a buscar»

Mierda, ha colgado, lo ha vuelto a hacer, el muy… y lo peor es que ahora estoy delante del armario pensando en qué ponerme para ÉL… si seré… por favoooooor si es que soy de lo peor…

Publicado en spaces el 15 septiembre 2006

(Este Cuentacuentos llega con un poco de atraso… espero que haya valido la pena)